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Al toro por los cachos

Desde cólicos, heridas, problemas respiratorios y hasta casos de ortopedia son atendidos en la Clínica de Grandes Animales de la Universidad Nacional. Esta vez el turno en el quirófano fue para un toro con una lesión en el prepucio.

Magda Páez Torres,
Unimedios

“Pepe Luis”, como llaman cariñosamente los estudiantes de Medicina Veterinaria de la UN al toro que tendrá que enfrentarse por segunda vez en menos dos semanas a una nueva cirugía, es por estos días el paciente más consentido de la Clínica de Grandes Animales de la Universidad Nacional.
El toro, raza Gyr, fue traído desde San Martín, Meta, por una lesión en el prepucio (piel que recubre el glande del pene) que le causó inflamación. Sus dueños lo enviaron a la clínica por su importancia genética y, por tanto, para conservarlo como reproductor.
Después de la primera operación, el órgano afectado se inflamó, por lo cual le harán de nuevo la cirugía, para retirar el tejido dañado. El profesor Gonzalo Mejía, cirujano del animal, cree que ello se debió a que le entró un poco de aserrín en la herida.
“Pepe Luis” no parece reacio y recibe amigablemente a los dos estudiantes que entran para llevarlo a la sala de cirugía. Se deja amarrar sin oponer resistencia, pero se ve soñoliento y se niega a levantarse.

“¿Él se ha vuelto muy tranquilo o ustedes se han vuelto muy confiados?”, pregunta el profesor Mejía a sus ayudantes, y con un cariñoso “toro, torito… vamos” lo insta a salir.
El animal finalmente obedece y sale tranquilamente. El profesor Mejía, mientras supervisa el proceso, comenta que el toro es muy calmado, lo que él atribuye a que quizás es una animal de ferias.
No obstante, dice que, en principio, el bovino estaba un poco nervioso, debido al cambio de clima, de alimentación y de ambiente en general, porque este toro viene de un sitio con características bastante disímiles a las bogotanas.

En sala de cirugía

Aunque en principio el toro opone resistencia para acostarse en la camilla, después de varios intentos, logran que obedezca, con una expresión semejante a la de un hombre que ingresa a una clínica sin saber si va a salir con vida.
El profesor Mejía, ya con el vestuario indicado, un traje enterizo y una faja, da la orden de poner la camilla en posición horizontal, después de sujetar con las cinchas al toro. El animal cambia su expresión de susto por la de resignación. Parece inmutable.
El cirujano valora al paciente e indica a uno de los estudiantes que traiga la anestesia. Antes, limpia con alcohol y gasa el área afectada del animal. Luego, lo anestesian.
La primera tarea es retirar el tejido muerto, para volver a suturar. Con el mismo cuidado con que se haría con un humano, pero con la práctica evidente de quien ha repetido esta operación miles de veces, Mejía empieza a soltar los puntos.
Alexandra Gamboa, una de las estudiantes que se acerca para ayudar en la desinfección, mira a sus compañeros con cara de preocupación y exclama: “está hirviendo. Está muy caliente” y agrega: “pobrecito, ¿cierto? Y no es para menos la preocupación de Gamboa, pues es la primera vez que está en una operación de este tipo con un toro. Aunque ya en 10 semestres de su carrera ha presenciado varias cirugías.
El profesor está listo para empezar la tarea más compleja. Pide que ubiquen mejor la luz. “Listo, instrumental”, indica después de ponerse los guantes, y empieza a cortar. El toro sólo hace un leve movimiento, como si supiera que de nada le sirve rebelarse.
Mientras el cirujano hace lo suyo, dos estudiantes contemplan compasivas el rostro del toro y una de ellas le acaricia una oreja como tratando de hacerle más llevadera la cirugía.
Con la sutileza de quien sabe que en sus manos está la propagación de la raza de este animal, el cirujano, casi describiendo un círculo, sigue cortando la parte más enrojecida que se torna en un escarlata acentuado. Se ayuda de pinzas y tijeras, en algunos casos.
Este no parece un procedimiento animal, ni por la rigurosidad de cada paso, ni por la expresión del toro.
“Regálenme la salina”. “Necesito una solución yodada suave”. “Préstenme la pinza”. “Tiene buena irrigación, así que no me preocupa”. “Es que hizo un anillo bastante grande”. Estas son las frases que definen la dinámica de la tarde en la Clínica.
El profesor empieza a suturar, pero apenas clava por primera vez la aguja, el animal hace un movimiento brusco, de dolor. ¿Qué le pasa ‘niño’?, pregunta el profesor con cariño, para tranquilizarlo.
Un estudiante sostiene con unas pinzas el tejido, mientras el profesor sigue suturando. “Mosquito… ahora sí tijera”. Corta un poco más. “No quiero perder más tejido. Ya nos tocó perder bastante en la cirugía pasada”, dice con seriedad.
Están por terminar, cuando el toro se mueve otra vez, haciendo alejarse a los observadores. El cirujano espera que se calme y sigue suturando. Pero “Pepe Luis” parece no resistir más y vuelve a moverse bruscamente.

Doctor, ¿le ponemos otra dosis de tranquilizante?
- Sí, pero sólo medio centímetro.
La estudiante corre presurosa y levanta con la ayuda de un compañero el rabo del animal para inyectar el calmante. El profesor continúa su tarea, con el toro más tranquilo.

Fin de la operación

Ya en esta última fase, el animal empieza a sangrar. Mientras resbalan las gotas rojas por el prepucio del toro, éste ni se inmuta. Al compás de la sangre también caen de la boca entreabierta del animal pequeñas cantidades de saliva. “Pepe Luis” está impávido. Sus ojos ni se mueven.

El profesor da la última puntada, como quien concluye una obra de croché, tejida con todo profesionalismo. El calvario del procedimiento quirúrgico terminó para el toro. Su cara ahora es lo más parecido a un paciente en el hospital, después de salir de una operación.
Voltean la camilla, pero “Pepe Luis” no se mueve, ya que está todavía bajo el efecto de la anestesia. Hay que esperar unos minutos. Aquí no hay gelatina, ni caldos. Lo único que lo espera por el momento es un establo del que se aisló toda muestra de aserrín, para evitar una nueva infección.

El cirujano se quita los guantes, con actitud de triunfo, como cuando un luchador sale del cuadrilátero, después de noquear al adversario. Él sabe que la faena del día no concluye ahí, pues son apenas las 4:00 p.m. y resta tiempo para atender cualquier emergencia que se presente. Como en el caso de la noche anterior, que tuvo que realizarse una cirugía desde la media noche hasta la madrugada.
En el 2007 se atendieron 360 casos en la Clínica de Grandes Animales de la UN, que nació en 1938, pero su proceso de modernización empezó en 1993. El 92% de los pacientes anuales de la clínica son hospitalizados y, en promedio, diariamente se lleva a cabo una consulta. Los casos más frecuentes son cólicos en equinos, heridas, problemas respiratorios de vías aéreas superiores y ortopedia. La mayoría de animales requieren de hospitalización o cirugía, es decir, pocos llegan sólo para consulta.

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Publicación de la Unidad de Medios de Comunicación -Unimedios- de la Universidad Nacional de Colombia.

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