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¿El final de la era republicana?

Sydney Blumenthal, ex asesor y consejero de la Casa Blanca, sostiene que con la llegada de la senadora Hillary Clinton como firme candidata a la Presidencia, los republicanos temen el fin de un reinado que comenzó con Nixon y terminaría con los graves errores de Bush.

Sydney Blumenthal,
Open Democracy

En las actuales condiciones de crisis mundial, el próximo Presidente de los Estados Unidos requerirá un mando político a un nivel mucho más alto. La burla que ha sufrido nuestra seguridad y los intereses económicos, así como la incapacidad de los departamentos y organismos del gobierno federal para cumplir con sus funciones, por ejemplo, la Agencia Federal de Emergencias, Fema, han generado una caída sin precedentes del prestigio de los norteamericanos.
Lo más irónico es que el mismo Presidente ha tenido que responder al caos que él mismo ha promovido y los más republicanos aún lo apoyan como un pilar de fuerza a su alrededor. Su rechazo en admitir el error y, por el contrario, en redoblar los errores es considerado como una prueba de la dureza de su carácter. Pese a su baja posición en las encuestas del momento, su obstinada adhesión al fracaso es admirada como una prueba de su potencia.
La perversa noción de que la debilidad es fuerza es la base de la credibilidad que le queda a George W. Bush en su partido. Su abuso del poder presidencial es visto por algunos como su gran activo, pero es más bien una debilidad duradera. Pero cuando el Presidente asume toda la responsabilidad, él también recibe toda la culpa, que se hace de manera unilateral.
El juez de la Corte Suprema de Justicia Robert Jackson declaró el principio constitucional en el caso Youngstown Steel, en 1952: “cuando el Presidente toma medidas incompatibles o en contra de la voluntad expresada por el Congreso, su poder está en el nivel más bajo. La demanda presidencial debe ser expuesta con precaución, porque lo que está en juego es el equilibrio de nuestro sistema constitucional”.
En su año de declive, Bush es indiferente a las consecuencias de su derrumbamiento. Según los que lo han tratado recientemente, él se considera un noble idealista que toma decisiones morales justificado por las actuales generaciones. A pesar de los defectos obvios de sus políticas ha tenido un alarmante éxito en la reforma del ejecutivo, bajo una presidencia inexplicablemente imperial. La presidencia de Bush es ahora aceptada como la única versión plausible para los principales candidatos republicanos que aspiran a sucederlo. Todos ellos han prometido ampliar sus poderes arbitrarios. Su influencia hace de las elecciones del 2008 un punto decisivo en el gobierno constitucional.

Presidente imperial

Esta campaña está marcada por dos partidos diametralmente opuestos frente a la concepción de la Presidencia y de la Constitución. No ha habido una divergencia tan aguda en la fundación del sistema federal quizás desde la elección de 1860.
Dos modelos de presidencia están contrapuestos. Uno, cuyo padre fundador era George Washington, y el otro, cuyo padre fundador fue Richard Nixon. Bajo los auspicios de Dick Cheney, que consideró el escándalo de Watergate como un truco político para derribar a Nixon, la visión original ha sido ampliada. Cheney es el hombre pluscuamperfecto, que comenzó como ayudante de Donald Rumsfeld en la Casa Blanca bajo la presidencia de Nixon y que era llamado por los servicios secretos el Backseat, el poder detrás del poder, cuando asumió como jefe de gabinete en el mandato de Ford.
Como Nixon, Bush y Cheney actúan sobre la idea de que ellos operan fuera del sistema constitucional. Pero, a diferencia de Nixon, ellos son voluntariosamente despectivos, creyendo que tienen la autoridad para crear o imponer su propio poder. Bush y Cheney han simplificado el concepto de Nixon, purgándolo de su realismo y flexibilidad. No habrá apertura a Irán como había una apertura a China. En la presidencia imperial de Bush, el neoconservatismo encuentra su justificación en el nixonismo, la ideología que proporciona el alto concepto de política de bajo perfil.
Bush ha reducido toda su presidencia y sus funciones a un comandante en jefe en tiempos de guerra. Y para sostener este rol, él ha proyectado una guerra interminable contra un enemigo distante, anónimo, ubicuo y letal. El miedo y el pánico llegaron a ser las principales armas de persuasión democrática para tramar el consentimiento del gobernado.
El presidente imperial debe ser por definición un líder infalible. Sólo él puede determinar qué es un error, porque él es infalible. Stephen Bradbury, director de la Office of Legal Counsel, OLC, del departamento de justicia, que además escribió notas secretas que justificaban la política de tortura en el 2005, definió la doctrina de Bush en un testimonio ante el Congreso en el 2006 de la siguiente manera: “el Presidente siempre tiene la razón”. Poniendo su declaración en contexto, Bradbury explicó que se refería ‘al paradigma de la guerra’, la idea neoconservadora de la presidencia de Bush de ‘La Ley de Guerra’.
Esta noción parece medieval, pero es fundamental en la nueva noción radical Republicana de la presidencia. Cuando Bradbury pronunció su observación, no pensó que decía algo insólito. Su declaración, después de todo, era sólo una consecuencia de la infame entrevista dada por Nixon después de su dimisión, “Cuando el presidente lo hace, significa que no es ilegal”. Bush excede a Nixon en su reclamación de inspiración divina del Gran Padre.
Cada política ejecutiva no existe sobre su propio mérito, pero sí como parte de un plan para establecer quién gobierna. El hacer cumplir estas políticas es estropear la resistencia al engrandecimiento del poder inexplicable para la presidencia. La desautorización doméstica es un caso puntual de ello.

Modelo autoritario

La tortura es el eje del nuevo argumento Republicano sobre el poder presidencial. El abuso de los detenidos es la metáfora para engañar al público y apoyar el abuso de la Presidencia. La proyección de la violencia contra los terroristas acusados en una guerra sin fin es una profunda estrategia política de forjar y fortificar un nuevo régimen. Esta forma nueva de gobierno, nunca antes instalado en los Estados Unidos, está siendo fortalecida, de modo que su penetrabilidad y retiro lleguen a ser extraordinariamente difíciles.
Los que emprenden la tarea de reconstruir la estructura serán vulnerables a duros ataques políticos, como apátridas y subversivos. Así las cosas, la restauración del gobierno constitucional americano después de Bush exige un genio político y burocrático más estratégico.
Todos los principales candidatos republicanos a la Presidencia han abrazado el modelo imperial de Bush, pero ninguno ha sobrepasado en su fervor a Rudolph Giuliani. La posibilidad de sostener el poder inexplicable y conducir una presidencia sobre el equilibrio de lo que uno de sus consejeros más cercanos, el experto en política exterior Norman Podhoretz, ha llamado ‘la cuarta guerra mundial’ lo ha excitado.
Si Giuliani llega a ser nominado o no, él ha definido claramente los temas que vienen en la campaña republicana del 2008. Su premisa política como alcalde de Nueva York era que la ciudad estaba bajo sitio, amenazada por el crimen y el caos. Su respuesta al crimen fue su nuevo comisionado de policía, Bernard Kerik.
La imagen de Giuliani en Nueva York se transformó en una imagen del país sitiado desde dentro y desde fuera. Como alcalde, alimentó la confrontación racial. Su estilo acalorado y paranoico llegó a nivel internacional. Para el cinismo, pocos episodios exceden su enfrentamiento en el 2000 con el Museo de Brooklyn por una pintura de un artista británico nacido de descendientes nigerianos, que retrató una Virgen María negra, usando el estiércol de elefante como material. Si él se hace el candidato republicano o no, él ha ayudado a consolidar el modelo autoritario de Bush como el único aceptable para los republicanos.

Ganar y gobernar

Creo que la razón por la que los republicanos han promovido la idea de que la senadora Hillary Clinton es inelegible es porque temen que ella, más que cualquier otro candidato, pueda crear una coalición de la mayoría, ganar y gobernar. Temen más que la pérdida de una elección, temen el final de la era republicana que comenzó con Nixon. Saben que ella tiene el conocimiento, la habilidad y la capacidad de gobernar.
Así como la desintegración de los demócratas causó la subida de los republicanos, el derrumbamiento de los republicanos ha creado una apertura para los demócratas. Pero los demócratas han sido víctimas de su propia falsa euforia y de las ilusiones de antes. Nixon, Reagan y Bush eran todos los beneficiarios del desorden democrático y de la incompetencia estratégica.
No obstante, la lucha requerirá una dirección política más capaz, para emprender las tareas más difíciles y bajo presión.
La perversa noción de que la debilidad es fuerza es la base de la credibilidad que le queda a George W. Bush en su partido. Su abuso del poder presidencial es visto por algunos como su gran activo, pero es más bien una debilidad duradera. Pero cuando el Presidente asume toda la responsabilidad, él también recibe toda la culpa.

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