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La violinista bogotana Angélica Gámez brilló con luz propia en el II Festival Internacional de Música de Cartagena.

Fotos: Ricardo González / Unimedios

 

 

 

Angélica Gámez,
la diva del violín

Fue la única solista colombiana en el II Festival Internacional de Música de Cartagena, que reunió el mes pasado a consagrados exponentes mundiales del género clásico. UN Periódico dialogó con la bogotana, que goza de enorme reputación en el exterior.

José Luis Barragán Duarte,
Unimedios

A los ocho años de edad, Angélica Gámez emprendió una aventura que le marcó la vida. En la casa, donde su mamá trabajaba en las labores domésticas, un día cualquiera decidió desobedecer una orden de la dueña, que era nadie más ni nadie menos que Ruth Lamprea, la violinista estrella del momento en el país y esposa de Ernesto Díaz, fundador de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Colombia. Ella prohibió que nadie, por ningún motivo, podía tocar ni tomar sus instrumentos.
En una ocasión, cuando no había nadie en la casa y, a escondidas de su mamá, la niña Angélica, decidida y sin reparar en las consecuencias, tomó el violín de Ruth Lamprea e interpretó el Himno Nacional. Horas más tarde, le dio la sorpresa a la reconocida violinista que, antes que regañarla por tomarlo sin permiso, la increpó porque no lo estaba interpretando de manera correcta.
“Toqué y de una vez me dijo: súbale al do, bájele al mí, coja bien el arco. Esto fue un ataque de emoción y ahí empezó todo. Dije, lo cojo o no lo cojo”. De esta manera, relató cómo se sorprendió por la respuesta de la Concertina y cómo dio su primer paso hacia el mundo de las fusas, semifusas y musas.
Hoy, 23 años después de aquél momento, su vida artística se ha forjado, según ella, gracias al contacto continuo con maestros de la música, a su inquebrantable disciplina y al entrenamiento diario, al que le dedica más de 14 horas: “Si tú dejas de estudiar un día te lo cobra tres o más días. Esto me lo he ganado por tener uno, dos o tres brazos y ser un pulpo”. Con esta receta, Angélica Gámez se ha ganado un sitio de honor en la música colombiana, siendo uno de sus principales exponentes del género clásico en los escenarios del mundo.
Con una estampa física que deja ver a una joven no mayor de 22 años y con una vestimenta muy informal, la violinista bogotana pasó inadvertida en medio de los connotados exponentes de la música clásica, procedentes de tres continentes, que visitaron Cartagena, el pasado mes de enero, para participar del II Festival Internacional de Música.
Allí, en la capital bolivarense, en medio de figuras mundiales como el francés Jean-Yves Thibaudet, la estadounidense de origen finlandés Elina Vahala o la coreana Livia Sohn, entre otros más, con sus rostros de sofoco y su hablado extranjero, Angélica Gámez se convirtió en la única colombiana que compartió con ellos el rótulo de solista. Para compartir escenario con estos personajes, los méritos teóricos y prácticos de esta mujer de 31 años son innegables.

Una niña entre adultos

A los 10 años ya daba recitales y, en 1994, a los 14, comenzó su capacitación formal en la escuela de música de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Colombia. Por espacio de 24 meses representó a Colombia en la Orquesta Mundial de Juventudes Musicales.
Desde la experiencia vivida con la violinista estrella de Colombia en las décadas del ochenta y el noventa, la vida de Angélica Gámez ha dado varios giros. Ya recorrió varios continentes, estando en lugares como Austria, donde estudió, y Japón, donde fue escogida como uno de los 130 mejores músicos del planeta.
El tiquete para iniciar su periplo por Salzburgo, la ciudad de origen de Wolfgang Amadeus Mozart, se lo ganó al obtener el Premio Joven Músico Colombiano, en 1994. Ese año, siendo la primera menor de edad que integraba la Orquesta Filarmónica de Bogotá, la bogotana viajó hacia uno de los lugares emblemáticos de la música clásica, lugar en el que compartió lecciones con maestros de talla mundial como Helmut Zehetmeier, Skow Larsen Lavard y Ruggero Ricci.
“Se presentaron aproximadamente cien violinistas del mundo y había cinco plazas y una de ellas me la gané. Vivía en un castillo, en el mismo donde se grabó la Novicia rebelde. Allí estábamos todos los becados del Mozarteum. Aprendí muchísimo, fue una experiencia maravillosa”, explicó Gámez.
No ocultó que debió realizar muchas peripecias para sostenerse económicamente en Salzburgo: “Allá, además, el tema del rebusque era difícil, entonces vendí panes en una bicicleta toda destartalada, corté cebollas, lavé baños públicos e hice de todo para salir adelante”, comentó.

Diez años más tarde, en Japón, fue la única colombiana en participar del Pacific Music Festival, en Sapporo, donde compartió escenario con reconocidos artistas como Valery Gergiev, Fabio Luissi y con otros de orquestas filarmónicas de ciudades como Berlín, Chicago, Filadelfia y Viena.

Hija pródiga vuelve a casa

Luego regresó a Colombia y volvió a ser reconocida: ganó el Premio del Banco de la República en la categoría superior. Este momento le sirvió para interrogarse sobre su futuro en la música. Factores como el económico, principalmente, le indicaban que como solista “no podía vivir”. Sabía que el futuro estaba en una orquesta y tiempo atrás se había acabado la Orquesta Sinfónica Nacional.
Poco después se creó la nueva orquesta sinfónica y realizaron las convocatorias para su conformación. Angélica Gámez comenta que pasó como principal de segundo violín y dos años más tarde ganó el Concurso de Concertino de la Sinfónica: “Mi violín es el tiquete a todas las partes que he visitado y el que me ha abierto las puertas a un mundo mejor, difícil y competido. Hay envidias, mucho elitismo, mucha clasificación, pero así son todas las profesiones”, dijo.
Actualmente, como asistente de concertino de la Orquesta Sinfónica y trabajando como integrante del Cuarteto Manolov, Angélica Gámez vive una etapa de la vida en la que su objetivo es “dejar huella y hacer escuela” con las nuevas generaciones.
En ese proceso se ha desempeñado como docente. Aunque destacó el nivel y emprendimiento de los estudiantes del Conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia, en su labor como formadora se ha encontrado con sorpresas negativas: “Los muchachos que tengo de alumnos en las universidades los veo muy perdidos y muy desubicados. Hay un abismo entre mi generación, la generación de mi hijo y las viejas, a las que les debemos mucho”.
Casualmente, entre sus alumnos figura Nicolás, su hijo de ocho años, que está dando los mismos pasos de su mamá. Él toca violín, por iniciativa propia y por el ambiente en que se formó y, además, recibe clases diarias de parte de su progenitora.
“No creo que haya sido una niña prodigio, sino que simplemente la vida me dio los recursos, las herramientas y el talento, que es notorio, pero eso está alimentado de una disciplina diaria”, dijo la violinista bogotana.

Aunque ha descartado frecuentes insinuaciones de maestros de orquestas extranjeras para que se radique en Europa o en Estados Unidos para proseguir su exitosa carrera musical, Gámez aseguró que, por ahora, continuará en el país, demostrando, ante sus compatriotas, por qué es una de los mayores representantes de la música clásica colombiana en el mundo.

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Publicación de la Unidad de Medios de Comunicación -Unimedios- de la Universidad Nacional de Colombia.

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