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‘Shibboleth’, la grieta de 147 metros de largo que realizó la bogotana Doris Salcedo en el hall de entrada de la Galería Tate de Londres.

AFP

 

 

La grieta
de la indignación

Fabián Sanabria,
PhD, Director del Grupo de Estudios de las Subjetividades y Creencias Contemporáneas, GESCCO.

Desafortunados, por no decir mezquinos, resultaron por procuración los comentarios en días pasados de Ana María Escallón a la significativa obra de la primera artista latinoamericana que expone en la Tate Gallery, de Londres, cuyo título ‘Shibboleth’ traduce cierta consigna lingüística para clasificar a los seres humanos como indignos o no de pertenecer al grupo de los ‘elegidos’ o al de los ‘despreciables’ en las sociedades actuales.

Para comenzar, la señora Escallón afirmaba en el diario El Tiempo que el arte conceptual oscila entre un compromiso con la realidad y un sentido muy personal, olvidando que si el artista reflexiona sobre hechos sociales o políticos lo hace formalmente para contribuir a una mejor comprensión de su trabajo... no para fungir de sociólogo o politólogo, y mucho menos para imponer una ‘subjetividad’ a quienes se aproximan a su obra.
En ese horizonte, la extraordinaria grieta de 147 metros —que atraviesa el ‘templo del arte moderno’ en Londres— de la artista colombiana Doris Salcedo, independientemente de su valor ético, es estéticamente la mejor manera de mostrar la división que, generalmente con ‘acciones condescendientes’, separa el arte de los ‘consagrados’ del de aquellos que se atreven a transgredir el implícito que con toda la violencia simbólica del mundo señala: esto no es para ustedes.
Ahora bien, una grieta puede ser comprendida de múltiples maneras, pero específicamente como evocación de una ‘ruina’. De modo que así como las ruinas de Lisboa, de Atenas o de Roma ofrecen una visión fuerte y elocuente del paso del tiempo y el deterioro de los espacios..., algo similar pretende nuestra compatriota colombiana en la Tate Gallery. ¿No será que los templos del arte también ‘se arruinan’ cuando acogen a ciertos artistas que hablan con otro acento el lenguaje de lo sagrado?

Al mismo tiempo resulta inadmisible que por estar en ruinas ciertos lugares pierdan sus valores. Dicho sea de paso, las instituciones artísticas jamás han juzgado las ruinas de manera negativa. Tanto, que una obra de arte puede estar destruida y costar más que como objeto de restauración. En esa perspectiva, cuando se acabe la exposición, tapar la grieta de Doris Salcedo es lo que debe causar polémica sobre el valor de la obra.

En cuanto a la labor de los patrocinadores dispuestos a tapar la grieta, habría que invitarlos a escoger: si reconstruir la galería para destruir la obra de la artista o si dejar la obra a pesar de su violencia indiscutible contra el espacio donde ha sido elaborada.
Antes de responder, los representantes de Unilever —la multinacional que financia la restauración— deben saber que el diseño original de Sir Guilles Scott fue transformado para que una vieja central eléctrica se convirtiera en el 2000 en una galería de arte y, por lo tanto, la Tate Gallery, de Londres, no es un edificio original, sino una obra reformada y un espacio adaptado a las necesidades del momento.
Finalmente, ¿qué sentido tiene decir que el precio que van a pagar los ‘restauradores’ por esos arreglos podría ser utilizado para financiar otras obras? Esa afirmación refleja un pensamiento mercantil si nos quedamos en el nivel técnico del problema. Habría que ver más bien cómo se juzga la obra artística de Doris Salcedo: si por encima de los criterios de una firma de arquitectos o por debajo del precio del suelo de una galería que atraviesan diariamente cientos de caminantes, que también pueden haber pisado estiércol antes de ingresar, y no tienen por qué pagar el aseo del piso. En realidad, la Tate Gallery debería pensarlo dos veces antes de enviar su cuenta de cobro a Unilever pues, afortunadamente no hay cemento que cubra completamente esa grieta.

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