Cortesía Aguas Subterráneas

 

 

 

La Sabana de Bogotá
se está secando

Actualmente, 17 municipios de la Sabana de Bogotá, con más de 10 millones de habitantes, utilizan las aguas subterráneas como fuente principal para usos domésticos, agrícolas e industriales. Expertos de la UN alertan sobre el desabastecimiento del preciado recurso que baja hasta 5 metros por año.

Sección esquemática que muestra el complejo acuífero Guadalupe. Los sitios más favorables para las perforaciones de pozos se hallan en el centro de la cuenca.

Tomado de la Publicación No. 27 “Aspectos Geoambientales de la Sabana de Bogotá”. Ingeominas, p. 243.

Patricia Barrera Silva,
Unimedios

Cuando pensamos en el agua que consumimos, suponemos que esta viene de los ríos, de los embalses, de los páramos o de las nubes, pero muy pocas personas consideran que buena cuota del agua que usan está siendo sacada de las entrañas de la tierra. Es el caso de la Sabana de Bogotá y la Capital del país, que subsisten en gran medida al agua subterránea.

Hasta hace algún tiempo se pensó que esta sería la reserva para las generaciones futuras, pero la realidad es que hoy se está consumiendo y de manera intensa.

La Sabana de Bogotá, un altiplano situado a una elevación aproximada de 2.600 metros en la Cordillera Oriental de Colombia, representa una cuenca que con el paso del tiempo fue rellenada por cientos de metros de sedimentos, que formaron un gran piso hidrogeológico no uniforme. Dentro de esta estructura, hay formaciones permeables compuestas por arena y gravas (que son materiales que almacenan agua), conocidas como acuíferos, y capaces de aportar un suministro útil.

Las aguas subterráneas se encuentran en estos acuíferos, bajo la superficie terrestre; pueden estar ubicadas en la parte más profunda del suelo y permanecer ocultas por miles de años, pero también pueden encontrarse a pocos metros de la superficie.

El agua subterránea incluye todo el líquido que proviene de la lluvia y que se ha infiltrado en las fisuras de las rocas más sólidas del suelo. Ese proceso de infiltración se conoce como recarga de los acuíferos, pero es muy lento y puede tardar millones de años.

En un estudio realizado por el científico holandés Thomas Van der Hammen (1998), se describe cómo la precipitación que cae sobre la cuenca de la Sabana es de 3.040 Mm3 (millones de metros cúbicos) por año, volumen del cual solo 100 Mm3 se infiltra en el suelo y constituyen la recarga de los acuíferos de la Sabana de Bogotá.

Según otro estudio adelantado por Hidrogeocol para el DAMA (2000), la recarga de los acuíferos de la Sabana es muy lenta. Se calculó que el agua puede demorar en llegar desde los cerros hasta el centro de la cuenca de la sabana unos 10 mil años, esto explica la gravedad de malgastar el agua subterránea.

El complejo acuífero más importante en la Sabana de Bogotá, desde el punto de vista de abastecimiento, es el denominado complejo Guadalupe, que se encontraría ubicado aproximadamente a 1.500 metros de profundidad, según un estudio del Instituto Colombiano de Minería y Geología, Ingeominas (1992).

El otro acuífero a destacar es el denominado Cuaternario, el más cercano a la superficie (50 metros según el mismo estudio), que tiene una relativa continuidad en la cuenca, pero está formado por arcillas, un material que no retiene agua. Por ello, este acuífero tiene muy poca capacidad de recarga.

“Lo que pasa con Cuaternario es que es una gran matriz arcillosa que es la superficie de la Sabana. Hay lentes de arena, la gente ha perforado esos lentes y ha encontrado agua, y piensa que es el acuífero principal y lo explotan. Pero llega el momento en el que se seca porque es un lente de graba, lo que conocemos como un acuífero colgante y no tiene mayor recarga”, explica Luis Camacho, ingeniero civil de la Universidad Nacional de Colombia.

Hasta 1990, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, CAR, tenía un inventario de 3.672 pozos en El Cuaternario, con una descarga total de 41.6 Mm3/año. El estudio dividió la Sabana en 9 subregiones de las cuales en 5 se registró déficit entre la recarga y la explotación del complejo acuífero. Al respecto, el geólogo Mario Valencia advierte que “hay un descenso muy pronunciado de los niveles de aguas subterráneas que han bajado hasta 5 metros por año, no es general, pero de cualquier manera significa un riesgo grande para toda la estructura acuífera subterránea de la Sabana”.

Consciente de este deterioro de Cuaternario, la CAR reglamentó el uso de aguas subterráneas y prohibió la explotación de más pozos en este nivel, abriendo las puertas para comenzar a explotar el acuífero Guadalupe. Actualmente, se han perforado un promedio de 500 pozos de esta reserva.

El inicio del fin

A comienzos del siglo XX, el nivel del agua subterránea en la Sabana se encontraba muy cerca de la superficie. A partir de los años 40, cuando se estima que se dio inicio a la exploración de aguas subterráneas, comenzó el descenso y la disminución de los llamados acuíferos colgantes, y con ellos la aparición de signos extremos de resequedad en el suelo.

“Hay personas que dicen que no hay que sacar el agua que está ahí porque qué le vamos a dejar a nuestros hijos. Nosotros no la sacamos por guardarla, el punto es que aquí hay gente que la necesita…”, defiende César Rodríguez, catedrático de la Maestría en Hidrología de la Universidad Nacional de Colombia.

El profesor Rodríguez propone utilizar el agua del acuífero Guadalupe para abastecer a los sectores de la Sabana de Bogotá en donde hay déficit de suministro o no llegan los acueductos y para tener un sistema de emergencia que surta a la ciudad. “Bogotá no está exenta de un evento como un terremoto que dañe las represas que suplen de líquido a la ciudad y en ese caso es indispensable un plan alterno”.

Otros geólogos coinciden con Rodríguez en el tema de la necesidad de explotar el acuífero Guadalupe, como el geólogo Javier Zúñiga: “Lo que sigue ahora con las aguas subterráneas de la Sabana es que hay que aprovechar el acuífero Guadalupe, pero lo que pasa es que está muy abajo, y yo no creo que nadie quiera asumir esa tarea de perforar 1.500 metros de profundidad para encontrar caudales”, asegura.

Para el hidrólogo César Rodríguez, en cambio, el problema no es la profundidad, porque igual advierte que es viable desde el punto de vista técnico y económico: “Si se perfora un pozo de 1.500 metros, quizá cueste 3 veces más pero produce un caudal de 6 a 8 veces superior, por lo cual la relación costo beneficio lo justifica”. El problema, según el investigador, es que los modelos que adoptó el DAMA para medir los niveles de deceso de las aguas subterráneas están errados y son los mismos modelos que utiliza la Agencia de Cooperación Japonesa, Jaika, para proponer el esquema de perforación extensiva del Guadalupe.

La misión Jaika está proponiendo perforar en el pie de monte oriental, de la circunvalar hacia arriba, pero el profesor Rodríguez dice que es “el sitio técnicamente menos indicado, ya que si se perfora en la zona de recarga, se va a bajar el nivel del agua y los pozos van a quedar en seco rápidamente, que si se perfora en el centro de la cuenca en donde las condiciones son más favorables”. Bajo estas circunstancias, el Acueducto de Bogotá corre el riesgo de realizar inversiones infructuosas y frustrantes, las cuales van en contravía con la Ley del Medio Ambiente, que plantea la necesidad de proteger las zonas de recarga, advierte el experto

Varios de los investigadores consultados le apuestan a la explotación de Guadalupe para asegurar el abastecimiento de agua de la Sabana de Bogotá y parte de la Capital por un promedio de 150 años.

La pregunta es, ¿qué va a hacer la Capital del país, una de las ciudades más grandes de América Latina cuando se acaben esos recursos?

“Si dentro de 200 años o menos, el hombre no ha dominado la atmosfera y hace llover donde quiera, la civilización se habrá detenido”, concluyó Rodríguez.

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