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UNP No.54
Título : Enseñar y cantando y amando, recuerdo de Carmiña.
Autor : Aureliano Hernández Vásquez.
Sección: Cultura
Fecha : Marzo 7 de 2004

Enseñar y cantando y amando, recuerdo de Carmiña

Carmiña Gallo
Foto: Guillermo Flórez

Por Aureliano Hernández Vásquez


En 1964, cuando el Conservatorio de Música de la Universidad Nacional funcionaba en dos sedes, Carmiña Gallo, quien iniciaba su carrera como instructora del Conservatorio, mostraba ya su inmensa energía, sustentada por la vocación académica que nunca la abandonó, para recibir u ofrecer clases. Ya ostentaba uno de sus tres títulos universitarios, expedido por la Universidad Nacional, y prodigaba su calidad humana a quienes la rodeaban, queriendo así dar una formación integral a los estudiantes que acudían a ella, movidos por esa fuerza interna e inexplicable que obliga a expresarse a través del canto y que ella entendió y compartió con todos. Luis Macías, Álvaro Guerrero y Carmiña Gallo conformaban, en ese entonces, la planta de docentes de canto de la Nacional. En el Conservatorio, en la Coral Bach y en la Orquesta Sinfónica de Colombia, se luchaba para que la música clásica europea tuviera un mayor reconocimiento institucional.

Fue un tiempo para soñar, interpretando canciones románticas, ya fueran europeas o de raigambre latinoamericana y popular. Cuando para cantar era más importante la calidad de la voz y las dotes artísticas que el físico. Los intérpretes de canciones populares habían tenido, en general, estudios de técnica vocal. Los estudiantes de la Nacional, a la hora del almuerzo, en la cafetería central, sabían apreciar a Alfredo Kraus en sus interpretaciones de clásicos del repertorio latinoamericano, italiano y español. La Carmiña de esa época ya sabía que también podía haber calidad en la canción llamada popular, y así disfrutaba de un vallenato y un bambuco, lo que no era bien visto por los círculos académicos ni por quienes se consideraban parte del público selecto del Colón.

Como líder natural, la profesora Gallo organizó en 1965 una versión de concierto del acto primero de Las Bodas de Fígaro, con la orquesta del conservatorio bajo la dirección del maestro Rothstein. Desde luego, Carmiña se ocupó de que todo resultara de muy buen nivel, afanándose por todos los detalles, desde la presentación personal de los cantantes hasta la expresión corporal y, desde luego, por lo puramente musical. Fue una pionera de la academia puesta al servicio del arte vocal, capaz de conjugar el necesario rigor de la ejecución musical con la calidez de la interpretación de compositores de mayor o menor reconocimiento, entregados a auditorios muy diversos.

Su visión pedagógica era integral, con una característica muy especial: amaba su trabajo y entregaba a sus estudiantes todo lo que era menester en lo técnico y en lo humano.
Pero también buscaba surgir como cantante solista, y así lo hizo. Con singular tenacidad y disciplina, conocía y manejaba cada vez mejor su voz, sorprendiendo a propios y extraños por el extraordinario dominio del arte de pasar del forte al pianissimo y viceversa en el registro agudo. Cuando la partitura exigía expresar ternura, complementaba el matiz explicado, con la calidez de su encantadora personalidad.

Por todo ello, encantó y definió en parte el futuro del intelectual, musicólogo y emprendedor abogado antioqueño Alberto Upegui. Desde los años setenta, los dos fueron fundamentales para la reinserción en la cultura musical colombiana del gusto por el canto lírico, mediante la organización de las temporadas de ópera en Bogotá y Medellín, principalmente. El aporte de estas dos personalidades de excepción, se extiende a la difusión de un vasto repertorio de la literatura musical universal.

El afán de superación de Carmiña la llevó a estudiar diversos géneros musicales, desde la canción romántica alemana, hasta las óperas de Mozart y Verdi, con artistas consagradas como Elizabeth Schwarskopf y Zinca Milanov, entre otros. Su convicción y compromiso con la música vocal universal la llevaron a incursionar en géneros diversos en compañía de sus alumnos, lo cual se hizo una realidad de manera exquisita en la admirable empresa de mantener junto con su esposo un coro y orquesta estables durante años, en los conciertos semanales, con presentaciones en vivo de las “Clásicas del amor”. Estos conciertos han permanecido desde 1995.

Carmiña le dio dignidad a una profesión que aún tiene poco reconocimiento social en Colombia. Enseñó al público a entender que es tan respetable un cantante con formación musical de nivel universitario, como cualquier otro profesional. El público la escuchaba en silencio al percibir el sagrado respeto que Carmiña le tenía a la música y en virtud de la seriedad, calidad y amor plasmados en sus interpretaciones.

Carmiña deja escuela en la interpretación de la música vocal y en la formación de artistas de manera integral. Muchos de los cantantes colombianos que actúan con solvencia en los escenarios del mundo recibieron un aporte importante suyo.

Hacia el mes de Mayo de 2003, nos encontramos con Carmiña, por casualidad, en las escaleras del Edificio Uriel Gutiérrez. Venía muy triste, pues acababa de presentar renuncia como Profesora Titular de la Universidad Nacional de Colombia. Finalmente, esa renuncia no se hizo efectiva, pero hoy nos abandonó para siempre, llevando aún en su alma lo que la llenó de felicidad: ser portadora del sublime arte de comunicar cantando, de enseñar cantando y ante todo, amando.