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UNP No.57
Título : La guerra justa
Autor : Alfonso Solórzano
Sección: Ensayo
Fecha : Mayo 9 de 2004

¿Quién hace las veces de cañón en cada guerra?

La guerra justa

Para el autor del presente ensayo la guerra puede ser considerada justa si obedece a una causa justa, es el último recurso, la declara una autoridad competente con probabilidad de éxito y recta intención, además de aplicar el principio de proporcionalidad.

Alfonso Solórzano*

La reflexión normativa se relaciona con el dilema de si debe darse o no la guerra, y en caso de respuesta afirmativa, con las condiciones que esta ha de cumplir para ser moralmente justificable. La justificación moral es distinta de la política -pues esta última tiene que ver con las razones de prudencia o de poder que se invocan para hacer la guerra- o de la justificación legal, que refiere a su declaración y realización dentro de la legalidad nacional y/o internacional.

La reflexión sobre la guerra justa viene de lejos. Aristóteles y Cicerón ya analizaron el tema, y en la tradición religiosa, San Agustín y Tomás de Aquino influyeron en el pensamiento jurídico de Francisco Suárez, Francisco de Vitoria, Hugo Grocio y Emmerich Vattel. En la tradición liberal, Kant, y en nuestros días, pensadores como G. E. M. Anscombe, Michael Walzer, Barrie Paskins, Michael Docrill y Richard Norman, se han ocupado del tema.

Esta tradición de pensamiento ha enfrentado objeciones de los escépticos, relativistas y realistas, como Tucídides, Hobbes, Clausewitz, Morgenthau y Kissinger, quienes argumentan que la guerra se encuentra más allá de la moralidad y las leyes, porque en el campo de la justificación lo que es injusto para unos es necesario para otros, pues la guerra es un asunto de política, es decir, de conveniencia y necesidad, en la que lo único que cuenta es el resultado, en el que el fin (la victoria) justifica los medios (Maquiavelo), y que, respecto a la terminación de la guerra, lo que importa es que la paz lleve a la obtención de los objetivos políticos buscados.

El argumento realista ha sido debatido actualmente por Walzer en La guerra justa . Recogiendo la tradición y basado en ejemplos históricos que muestran en la práctica de la guerra los dilemas morales, señala cómo las experiencias de la humanidad en la guerra han ido creando una historia de la que se sacan enseñanzas que van construyendo un lenguaje con significados compartidos que permite argumentar a favor de que no toda razón para hacer la guerra es admisible, ni lo es todo procedimiento para librarla, ni toda terminación. Que el realismo encierra hipocresía o cinismo, o que, de hecho, muchas guerras injustas originadas por causas injustas se libran injustamente invocando razones de justicia.

El mito bélico ha logrado seducir a hombres de todas las épocas.

La moralidad provee justificaciones políticas a la guerra, al arroparla con un manto de corrección destinado a que sea aceptada por los concernidos. Creer que la causa es justa es razón para que muchos emprendan una guerra, mostrar que el oponente usa métodos inaceptables en la lucha permite demostrar la superioridad moral. Los códigos de la guerra recogen las experiencias y lecciones para humanizarla.

El 19 de febrero de 2002, intelectuales norteamericanos, de izquierda y de derecha, provenientes tanto del mundo religioso como del laico, Enola Aird, Samuel Huntington, Walzer etc., en un pronunciamiento sobre el derecho norteamericano a defenderse luego de los atentados del 11 de septiembre, invocan el concepto de guerra justa. En la consideración sobre la guerra en Irak del 2003, de nuevo, la 'guerra justa' está en el centro de las argumentaciones de quienes la rechazan.

Pero la justeza de la guerra, aun entre quienes admiten esa posibilidad, es algo abierto. En el siglo XVIII, Vattel pensaba que si bien una guerra no puede ser justa para ambas partes, pues mientras un contendiente se atribuye el derecho a hacerla otro se lo niega, puede ocurrir que ambos actúen de buena fe, sin que se pueda determinar quién tiene el derecho, por lo que habría de tomarse una actitud neutral y considerar a las dos partes legítimas hasta que se decida la causa. Ahora, de que esta no pueda ser justa para ambas partes, no se sigue que no pueda ser injusta para los dos bandos.

La reflexión sobre la guerra justa se centra en tres momentos: a) la justicia del recurso a la guerra, el ius ad bellum ; b) la justicia en los procedimientos de la guerra, la ius in bello , y c) la justicia respecto a la terminación de la guerra, la ius postbellum . Los tres momentos están relacionados, pues una guerra cuya causa es justa ha de ser librada por procedimientos justos y llevar a un justo final. Si estos tres elementos no concurren, puede suceder que una guerra justa de causa sea librada por procedimientos injustos por parte de quien tiene de su lado la ius ad bellum , y/o termine injustamente, al imponer este una paz injusta; o que una guerra sea llevada a cabo con procedimientos justos por un contendiente cuya causa sea injusta. Aquí solo se hará referencia al primero, por razones de espacio.

La ius ad bellum

 

La justicia de la guerra ha sido tradicionalmente definida por seis elementos: 1. obedecer a una causa justa: Solo es lícito luchar para reparar una injusticia. Es el más importante de los seis elementos, pues determina si tiene justificación moral iniciar y librar una guerra. Se entiende por causa justa la defensa ante una agresión. La respuesta a un acto de agresión es un acto de legítima defensa. Aunque el crimen de guerra es la agresión, esta es una noción abierta. En una guerra entre Estados, ¿se trata de repeler una agresión física (a gran escala y continua) de un Estado con el objetivo de golpear un enemigo colectivo representado en otro Estado? ¿De castigar un insulto (una agresión de gran contenido simbólico que atenta, por ejemplo, contra el honor nacional)? ¿De responder a una acción económica de graves consecuencias, como un embargo? o, incluso ¿simplemente de prevenir una posible agresión física grave, como en la guerra de Irak?

Mientras que las razones ofrecidas para justificar una guerra con base en la ofensa y en la agresión económica son muy discutidas, hay, en cambio, consenso entre los teóricos sobre que la agresión física, es decir, iniciar el uso de la fuerza física de tipo militar constituye una grave injusticia (mal), que, en principio justifica el derecho a defenderse mediante la guerra. No obstante, no hay consenso sobre si la posibilidad de agresión física es justificativa del uso de la fuerza física, es decir, no hay consenso sobre el estatus moral de la guerra preventiva. Por eso, aquí solo se trabajará la agresión física realizada, como causa justa. Cicerón distingue dos causas justas posibles: repeler una agresión y expulsar un invasor. En ambos casos se ejerce el legítimo derecho a autodefenderse, lo que se llamará en este artículo la justicia de la rebelión, y su ejercicio, el derecho de rebelión.

La intervención humanitaria armada, que desde los años noventa ha sido frecuente, es un caso distinto, pues la comunidad internacional va en ayuda de un pueblo que está siendo oprimido, en gran escala, por su propio Estado. Si una intervención de este tipo verdaderamente cumple con el requisito de recta intención (del cual se hablará más abajo) y es declarada por la autoridad internacional legítima (en particular por el Consejo de Seguridad de la ONU, siguiendo su Carta Constitutiva) y se libra siguiendo los procedimientos justos, es una guerra justa, pues se trata de asistir a un pueblo para que repela la agresión de la que es víctima por parte de su propio Estado. Una intervención humanitaria de otro orden se establecería cuando la comunidad internacional ayuda a un Estado, que considera legítimo, a controlar el orden interno de su país, gravemente afectado por un agudo conflicto interno, como ocurre en Afganistán, luego de la caída de los talibanes, cuyo Estado resiste la acometida de estos y de Al Qaeda.

 2. ser el último recurso: Si hay probabilidades razonables de solucionar un conflicto por la vía pacífica, podría ser moralmente inadmisible comenzar una guerra. Lo que este principio resalta es que si no se agotan todas las vías no violentas antes de iniciar la guerra habrá una grave responsabilidad moral y política por la muerte, el dolor y la destrucción que se produzcan en su ejecución. No obstante, puede ser un criterio difícil de ponderar, ya que depende, en gran medida, de las apreciaciones subjetivas de quienes están involucrados en un conflicto.

 3. ser declarada por autoridad competente: Incluso en los casos en que la causa es justa, la guerra no debe ser declarada sino por una autoridad reconocida como legítima dentro de la sociedad en cuestión y por la comunidad internacional. Con base en el principio de soberanía, esa autoridad es el Estado. Pero esto solo tiene validez si no se trata de un Estado arbitrario, pues en este caso, el principio es claramente irrazonable. En casos graves de Estados criminales y/o expansivos, la comunidad internacional puede, a través de los mecanismos estipulados por la legalidad internacional, realizar una intervención armada.

 4. tener probabilidad de éxito: En ocasiones, la defensa es tan costosa en vidas y recursos económicos y de otro tipo, que no pueden ser desperdiciados en una lucha en la que se perderán inexorablemente unas y otros.

 5. tener recta intención: La guerra justa tiene como único objetivo lícito terminar con la situación de injusticia y no por razones de interés propio y/o ampliación territorial. Así, un autor como Calegoropoulos-Stratis liga la recta intención al propósito subjetivo del que hace la guerra, al rechazar como criminal e ilegal toda guerra que se emprenda teniendo como finalidad la venganza o la excesiva ambición personal. En especial, el argumento del "interés nacional" no sería admisible como recta intención si se usa como criterio supremo para justificar una agresión. Pero esto ha sido discutido. Una interpretación fuerte de este principio es la kantiana, que argumenta que la recta intención de la acción, independientemente de las consecuencias que se sigan de ella, es la única motivación válida de la acción moral. No obstante, esta interpretación ha sido contestada con el argumento de que el autointerés no necesariamente es egoísta y por lo tanto no es siempre separable de la recta intención. De ahí que una interpretación que tenga en cuenta las cuestiones de hecho y las consecuencias de las acciones es más deseable que la kantiana.

 6. Aplicar el principio de proporcionalidad: El objetivo de la guerra ha de ser proporcional al daño sufrido, es decir, ha de ser proporcional a la justa causa, lo que significa que los objetivos de la guerra no han de ir más allá de restaurar o crear una situación de justicia, y no de infligir al oponente un daño desproporcionado a su ofensa. Este principio liga con el de proporcionalidad en la ius in bello , que prohíbe usar la fuerza más allá de la que es necesaria para alcanzar el objetivo, siempre limitado, de reparar la injusticia sufrida.

* Docente Universidad de Antioquia.