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UNP No.60
Título : Contra la proliferación de "ciegas estúpidas"
Autor : Fernando Cubides Cipagauta
Sección: Coyuntura
Fecha : Julio 11 de 2004

Contra la proliferación de "ciegas estúpidas"

La elevada movilidad de los actores armados en Colombia convierte en un contrasentido el uso de minas antipersonales, artefactos cuya siembra no se produce en territorios bajo control permanente.

Fernando Cubides Cipagauta*

La expresión es "políticamente incorrecta", desde luego, y en muchos sentidos, sobre todo ahora que se ha impuesto el uso del eufemismo para referirse a todas las discapacidades. Pero fue acuñada por alguien muy calificado para referirse al asunto: Ernst Jünger, soldado y literato, se refería así a las minas terrestres, considerándolas un arma muy primitiva, pues por su concepción misma están hechas para eliminar la posibilidad de distinguir entre el enemigo armado y el hombre inerme. Jünger, quien viviera a fondo las experiencias de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y como producto de la primera -en la que fue herido catorce veces- escribió la que Andre Gide, tan poco sospechoso de belicismo, considera la mejor novela que se haya escrito sobre la cuestión de la guerra: Tempestad de acero, comprobó sobre el terreno el primitivismo de un artefacto como la mina, diseñada en principio para defender trincheras y bastiones, áreas muy circunscritas y en guerras de posición (y si ha habido una guerra de posiciones, esa fue la Primera Guerra Mundial, la mayoría de cuyas batallas consisitieron en avance y retroceso de unos pocos metros a un costo gigantesco, y una proporción significativa de la montaña de cadáveres que produjo se debió a las minas), pero cuyo carácter más letal proviene del azar, del tiempo, pues su duración supera con mucho la del conflicto para la que se usó en principio. La mayor parte de las víctimas que las minas antipersonales producen en cualquier latitud son las más inadvertidas, se hallan precisamente entre quienes por carecer de cualquier intención ofensiva resultan más expuestos. Empleada luego de manera más general, su carácter pernicioso se acentúa al ser usada en conflictos internos, sobre todo cuando se trata de una guerra irregular en la que las demarcaciones territoriales son fluidas o inexistentes. Internacionalmente, el caso más conocido por la densidad del minado y la multitud de víctimas es el de Camboya. La definición que da de ellas la Convención de Ottawa, suscrita en 1997 y que trata de proscribirlas en adelante es clara: "Artefacto explosivo diseñado para que explote por la presencia, la proximidad o el contacto de una persona, para que incapacite, hiera o mate a una o más personas, de un modo indiscriminado". Aún cuando algunos de sus modelos incluyan componentes eléctricos o electrónicos, su primitivismo está dado por la alta probabilidad de equivocar el objetivo. En ese sentido, se la puede equiparar a la artillería hechiza o a los cilindros de gas: le apuntan al Palacio presidencial y le dan a la calle del Cartucho.

La utilización de minas en el campo militar es eficaz y debajo costo (tres dólares unidad), pero se necesitan entre 200 y 1.000 dólares para localizarla, desactivarla y removerla.
Foto: Archivo

Para el caso colombiano, aun aquellos analistas que conocen sobre el terreno la situación regional y cuentan con la información más consolidada se cuidan de señalar con precisión los dominios territoriales de uno y otro de los actores armados. La geografía de la guerra ha devenido una especialidad, al servicio de la cual se encuentran las herramientas más sofisticadas (sistemas de información geográficos, SIG, y todos los recursos de la cartografía informática), sin que ninguno pretenda por ello demarcar con nitidez los contornos de la presencia de uno u otro actor armado, dada su trashumancia, su movilidad. Más aún, quienes están en condiciones de comparar, o han examinado al detalle el modo como ha evolucionado la presencia de uno u otro protagonista, y procuran sacar inferencias de ello, constatan que la diversidad regional, el relieve, la orografía, la gran variedad en cuanto a densidad poblacional de los distintos territorios, son otros tantos factores o "ventajas comparativas" que han contribuido a la persistencia del conflicto. Es un contrasentido, entonces, que los actores de una guerra irregular hayan empleado con tal frecuencia, empleen y pretendan justificar todavía el empleo de ese recurso reivindicando una relativa adscripción territorial de sus dispositivos, a la vez que son renuentes a abandonar la trashumancia, la movilidad, la ubicuidad que es una de sus mayores ventajas tácticas.

Es, pues, otro anacronismo nuestro el gran número de minas terrestres antipersonales que se han ido sembrando. Las estadísticas acerca de las víctimas son más que elocuentes, y al considerarlas es difícil no conmoverse: la mayoría son pobladores civiles, inermes, muchos de ellos menores de edad y los más pobres entre los pobres, y con la menor capacidad de representación de sus intereses. He ahí por qué hay una relativa insensibilidad al respecto: si las cifras parecen pequeñas en relación con otros parámetros, una segunda mirada constata la asimetría y la desproporción como características: según estimaciones de una ONG por encima de toda sospecha, Appel de Genève (Llamamiento de Ginebra), "el 80% de la población indígena que ha sido desplazada fue como resultado directo de las Minas Antipersonales, la presencia de esas minas hace que su retorno no sea fácil ", y otro: en 2003, 1.257 incidentes, con 377 víctimas, la mayor parte de ellas civiles no combatientes (Publicación 001, Junio de 2004.) Otra desproporción nítida, indicio de su irracionalidad, está dada por los costos que genera: su compra o fabricación no cuesta más de tres dólares por unidad, en tanto que la desactivación puede llegar a los 1.000 dólares.

El de las minas es un asunto en el que el gradualismo, por bienpensante y bienintencionado que sea (por el estilo de "solo en torno a objetivos militares" o "contra objetivos militares" ), es muy poco práctico, y de ahí que muchas de las recomendaciones así inspiradas de lo puro tibias terminan siendo inocuas. Resulta simple cuestión de humanidad, apremiante, elemental, y que puede y debe ser previa a cualquier negociación del conflicto, que Colombia deje de ser el único país latinoamericano que produce y emplea tales minas y logre un acuerdo que proscriba su uso.

* Director (e) Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri), Universidad Nacional.