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UNP No.60
Título : Un bocado ancestral
Autor : Nelly Mendivelso R.
Sección: Medio Ambiente
Fecha : Julio 11 de 2004

Un bocado ancestral

Más que carne de monte, el armadillo encierra un saber popular. Así lo confirmó un estudio que en comunidades indígenas y campesinas halló la belleza oculta del gurre.

Nelly Mendivelso R.*

"Es un animal manso y noble" dicen los indígenas, que poco a poco lo han adaptado a la vida familiar. Foto: Archivo

Reconocer que el armadillo es un fósil viviente, intacto durante los últimos 80 millones de años en el planeta, que la hembra pare cuatro gemelos idénticos y ha motivado investigaciones médicas sobre nacimientos múltiples o que científicos le siguen la pista como modelo experimental a fin de hallar medicamentos para contrarrestar la lepra, desnudó la curiosidad del zootecnista Luis Gerardo Parra por las relaciones que las comunidades indígenas y campesinas han establecido con el gurre, jerre-jerre, tatú o mulita, o a secas, armadillo.

De aquello poco se había dicho. Por eso Parra se interesó por el saber ancestral que sobre este animal silvestre tiene la cultura criolla, por su biología, ecología, usos y, sobre todo, por lo que representa en medio de la amenaza de la soberanía alimentaria. En un diálogo con indígenas guambianos, yanaconas, uitotos, y campesinos de San Antonio del Tequendama, Nocaima (Cundinamarca) y Montenegro (Quindío), el joven zootecnista se aproximó a la cultura que existe en torno al gurre.

Existen 21 especies de armadillos distribuidas en América Latina y el sur de Estados Unidos, así como en la isla de Trinidad y Tobago. Colombia goza el privilegio de tener seis: el común, el gigante, que llega a pesar más de 40 kilos, el montañero, el rabodepuerco, el cachicamo sabanero y el cabasú. Estos mamíferos pertenecen al orden de los Xenarthra (extraño) arthos (articulación) caracterizados por una unión extra en la zona lumbar que les ayuda a excavar la tierra de manera más eficiente.

No en vano son reconocidos como arquitectos del suelo. Sus hábitos excavadores están reforzados por las grandes uñas y el caparazón con los que moldean cuevas o madrigueras profundas, que lejos de ser simples huecos, obedecen a necesidades de buscar alimento, huir de depredadores o resguardarse del frío. Según Parra, "como la temperatura de los armadillos oscila entre 32 y 34 ºC, menor a la del promedio de mamíferos, ellos acumulan hojarasca dentro de sus guaridas para enfrentar la adversidad del clima.

A este animal, solitario por excelencia, indígenas y campesinos lo ven comer insectos, hormigas, termitas, cucarrones. Y aunque a veces por buscar chisas escarba los cultivos de papa, "esos pequeños daños, ante el respeto que infunde, pasan desapercibidos". Juan Muelas, indígena guambiano, argumenta que "el indio siembra para todos, y así el armadillo coma maíz o yuca, no se le persigue por esto", pues "un animal que sirve de medicina y alimento jamás es un enemigo".

Buen bocado

El siete sabores, como se conoce en el argot popular al armadillo, porque su carne se encuentra entre la exquisitez del pollo, el lechón y el pavo, ha hecho parte desde épocas muy antiguas de la dieta de las comunidades tradicionales. En la Amazonia constituye el 10% del total de biomasa cazada en un año, mientras en el nororiente santandereano es la tercera especie silvestre de mayor consumo. Y no es para menos, pues su valor proteico es del 29%, superior al de bovinos y cerdos. También aporta calcio, fósforo y hierro, así como las vitaminas riboflavina y tanina, según registran algunos estudios.

De hecho, una forma peculiar de apropiarse del armadillo es a través de la gastronomía, dice el zootecnista. Son famosas recetas como la del campesino de Nocaima, Alfonso Chimbí, quien recomienda el gurre a la brasa: se abre el animal, una vez fuera sus vísceras, se aliña y asa en su mismo caparazón. Otros lo prefieren frito, mientras los indígenas lo saborean en sancocho con yuca, papa y plátano; guisado, luego de tres días de adobado; y moqueado, en un proceso en el que la carne se deja sobre la brasa hasta que el humo la seque.

Se consume pero con mesura. Don Aníbal Guana, de Nocaima, reconoce que en aras de no agotar la especie, él procuraba capturar al macho y dejar libre a la hembra como cimiento de la fertilidad. El abuelo uitoto Eusebio Mendoza, del resguardo Monochoa, concibe la casería así: "la presa debe ser cultivada, consentida, mimada, y dejarla crecer, engordar, para después consumirla".

En grupos campesinos, Luis Gerardo constató la necesidad de volcarse sobre la poca fauna silvestre para calmar el hambre. "La pérdida de soberanía alimentaria y las precarias condiciones económicas en ciertas zonas hacen de animales como el armadillo la única esperanza de alimentación". A lo que don Deogracias Reina agrega: "con esta situación, uno agarra lo primero que se le atraviese". Pero el uso del armadillo no se limita solo a su caza y consumo, pues su valoración es más compleja.

El armadillo no es recurso a explotar sino fuente de significaciones para las comunidades tradicionales.
Foto: Archivo

Fuente de significados

"Eso dijo el armadillo sembrando sus arracachas, agua caliente pa´las viejas y besos pa´las muchachas". En la copla cundiboyacense el armadillo es consejero y símbolo de la picardía y el doble sentido de los campesinos. Referirse a quienes son poco agraciados (en especial a las mujeres menos atractivas) con comentarios como "es un gurre de vieja" ya hace parte del sentir popular.

Ni los libros de paleontología, ni los de filogenia han podido determinar el origen del armadillo, como sí el abuelo Eusebio. "Una indígena comisionada para cuidar la comida, se quedó dormida. La gente hormiga entró a la maloka, le quitó el alimento y se fue. El dios Jutiñamu castigó su error convirtiéndola en armadillo".

Para los indios desana la condición de excavador que tiene el animal representa la introspección, la meditación, de ahí que los bancos en que se sienta el payé o sabio de esta cultura del Vaupés tengan la forma de armadillo, según el antropólogo Reichel-Dolmatoff. En las tribus del chaco, fue él quien enseñó a sembrar a los hombres. De igual manera se lo asocia con la fertilidad de los cultivos, en especial el del maíz.

Pero también del armadillo se obtienen diversos remedios. Según los yanacona cura enfermedades de frío como la bronquitis o el asma. La abundante grasa de su cuerpo sirve para tratar el reumatismo y su orina es útil para aliviar los dolores de oído. Para el abuelo Eusebio este mamífero se percibe como perezoso, por ese motivo a los niños de brazos no se le da su carne, para evitar que sean adultos flojos.

En la cultura occidental, la capacidad de la armadilla de engendrar cuatro gemelos idénticos (fenómeno reproductivo denominado poliembrionía), único caso entre los vertebrados, ha sido base de estudios sobre nacimientos múltiples. Por su parte, el armadillo de nueve bandas se ha convertido en el animal de elección para el estudio experimental de la lepra. Según registros, con él se prepara lepromina, un antígeno que hasta 1971 solo se había obtenido a partir de lepromas de casos avanzados que no habían recibido tratamiento alguno.

El armadillo no es un animal doméstico, por lo que este reconocimiento cultural, simbólico y biológico es el primer paso para acercarse a las potencialidades de la especie silvestre. Cualidades como la mansedumbre y la flexibilidad alimentaria le dan luces a Luis Gerardo Parra para proponerlo como especie promisoria . No obstante, el zootecnista avizoró dificultades como la socialización a la hora de someterlo al cautiverio, y según la experiencia de los campesinos, resulta complicado reproducirlos durante el encierro. "Es necesario profundizar en la ecología y la biología de las diferentes especies de armadillo que existen en Colombia, con miras a su conservación y posible cría", concluye Luis Gerardo, pero "solo un diálogo entre el saber académico y el tradicional permitiría potenciar las cualidades que tiene el armadillo como especie fundamental en la biodiversidad y en la soberanía alimentaria".

* Periodista Unimedios.