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UNP No.69
Título : Los fantasmas de la diáspora
Autor : Laura Zapata Barrera
Sección: Nación
Fecha : Enero 16 de 2005
Los fantasmas de la diáspora

Colombia ocupa el tercer lugar en el mundo en población desplazada después de Sudán y Afganistán
Foto Guillermo Flórez P.

Laura Zapata Barrera*

En medio de la descomunal afluencia de pasajeros que en la pasada temporada de fin de año arribaron al Terminal de Trasportes de Bogotá, en busca de un tiquete para viajar a visitar a sus familias y amigos, o escapar de la rutina de trabajo en la ciudad, Miriam caminó contra la corriente. La falta de abrigo para el frío capitalino con la que llegaron sus tres hijos lo ratificó. Su rostro pálido evidenció el cansancio de las casi 20 horas del intempestivo viaje que debió realizar desde una apartada vereda del Caquetá para huirle a la muerte.

Ella es una más de las centenares de personas que diariamente llegan desplazadas a Bogotá como resultado de la guerra en Colombia. Un mes después de su llegada, hoy Miriam pasa desapercibida junto a sus hijos en la esquina de un semáforo de una de las principales vías de la ciudad. El aviso que porta, escrito con modesta caligrafía, parece diluirse en el paisaje urbano: "Estoy desplazada. Vengo del Caquetá, por favor ayúdeme". Sin la compañía de su esposo, del cual no sabe nada desde el día en que un grupo armado se lo llevó en la madrugada, no sin antes amenazar a la comunidad para que abandonaran las tierras en menos de 24 horas, Miriam, acostumbrada a trabajar en su parcela, añora esos días en que el sustento diario de su familia no dependía de la buena voluntad o la lástima de otros. Y lo reclama: "Es que yo no soy desplazada. Estoy desplazada, que es diferente".

Habitantes invisibles

¿Cuáles son los factores que mantienen el desplazamiento forzado en Colombia, considerado por las Naciones Unidas como una de las crisis humanitarias actuales más graves del mundo, casi en el ostracismo nacional pese a los ingentes esfuerzos de algunos medios de comunicación, de organizaciones sociales y de derechos humanos, de algunas entidades estatales y de la comunidad internacional?

¿Qué pasa cuando en un país en guerra las personas en situación de desplazamiento terminan por convertirse en meras cifras, en habitantes invisibles de las ciudades sin rostro, en dramas individuales que solo convocan a una minoría?

¿Cuál es nuestra incapacidad individual y colectiva para colocarnos en el lugar del migrante forzado y reconocer que es una persona, una víctima, un sujeto político, un agente social de transformación?

¿Qué temores nos asaltan como sociedad al no querer profundizar en las causas estructurales de esta diáspora inacabada para así quedarnos en el letargo tranquilizador de nuestra conciencia cuando aportamos algunas monedas, o "ropita vieja de los hijos", o "dulcecitos para los niños desplazados", que guardamos en la guantera del carro"?

¿A tal punto se ha naturalizado la persistencia de la guerra en Colombia que hemos olvidado que hay víctimas porque otros han decidido que así sea?

¿Acaso opera un cierto "contagio" social que indica que quien ha sido desplazado es porque "algo hizo para merecerlo", que ha participado de la guerra y, por tanto, su sola presencia nos intimida?

Cuando las representaciones mediáticas de esta situación están atravesadas por estereotipos que diluyen el trasfondo mismo de la guerra, y distraen las responsabilidades y los poderosos intereses que sustentan el desplazamiento forzado, ¿qué sucede al centrarse exclusivamente en la condición de víctima de las personas en esta situación, vistas en la información noticiosa como individuos sin historia ni contextos y despolitizados como sujetos de derechos?

Pese a la gravedad del desplazamiento forzado interno en el país, como sociedad aún no hemos logrado construir lecturas de esta situación que superen el altruismo, la buena voluntad e incluso la lástima, cuando no la más absoluta indiferencia. La deuda social con la población en situación de desplazamiento incluye asumirlos como seres humanos con dignidad, y sujetos sociales y políticos y, en consecuencia, responder de manera adecuada con una política pública integral y "darles lugar" en una sociedad históricamente excluyente y fragmentada.

Al menos dos millones de desplazados esperan la respuesta del Estado a su dramática condición.
Foto Guillermo Flórez P.

Pareciera que en Colombia la exclusión también aplica respecto de las víctimas de la guerra, y se van configurando escalas diferenciadas de valoración al respecto. Las víctimas que logran concitar la preocupación nacional son aquellas que tienen espacio en las agendas prioritarias de los grandes medios de comunicación y poderosos sectores del país.

Considerando desde luego el secuestro como un crimen de lesa humanidad, que en Colombia reviste dimensiones extremadamente preocupantes, la movilización de opinión pública, presupuesto e instituciones para afrontar este flagelo están lejos de compararse con la manera de afrontar el drama del desplazamiento forzado (y ni qué decir de la desaparición forzada). Este sigue siendo un tema marginal de la agenda pública nacional, no obstante la magnitud, profundidad e intensidad del destierro y el despojo en Colombia.

Democracia real y ciudadanía

Tal vez, algunos de los factores determinantes del desconocimiento y la indiferencia de la diáspora interna en el país estén asociados con las dificultades de consolidar una democracia real y una ciudadanía fortalecida en el ejercicio de sus derechos y deberes, en la construcción de un proyecto incluyente y colectivo de país, en la primacía de lo público sobre los intereses privados, en la confianza en la mediación institucional, y en la ruptura con la sempiterna recurrencia a la violencia como mecanismo para dirimir intereses en pugna.

Para avanzar en la reflexión y acción colectiva referida a temas como el desplazamiento forzado interno, la crisis humanitaria y la consolidación de un estado social y democrático de derecho, entre otros, es necesaria una consideración inicial: las personas desplazadas, y todas las víctimas de la guerra en Colombia, son ciudadanos a los cuales se les debe garantizar condiciones y oportunidades efectivas de realización de sus derechos.

Mientras esto no ocurra, seguiremos pasando raudos por muchos cruces de avenidas de las ciudades colombianas sin ver a las tantas personas desarraigadas producto del conflicto armado interno y otras formas de violencia, a quienes, como a Miriam, hemos convertido, tal vez sin quererlo, en los fantasmas de la diáspora nacional.

* Comunicadora social y periodista, investigadora sobre temas de género y desplazamiento forzado.