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UNP No.70
Título : Cambio de guardia en los Emiratos Árabes Unidos
Autor : Federico Vélez
Sección: Internacional
Fecha : Febrero 6 de 2005

Cambio de guardia en los Emiratos Árabes Unidos

Una perspectiva histórica explica cómo la conformación de los Emiratos Árabes se convirtió en un salvavidas para las políticas económicas del Golfo y le ofreció un inesperado peso político a la zona.

Los líderes del Emirato mantuvieron relaciones con el régimen talibán, hasta la invasión estadounidense a Afganistán.

Federico Vélez*

"Zayed bin Sultan Al Nahayan ha muerto". Un informe oficial interrumpía la programación televisiva en los Emiratos Árabes Unidos ocupada, como el resto del mundo, en saber los pormenores de las elecciones en los Estados Unidos el pasado dos de noviembre. Minutos después se cancelaban las celebraciones vespertinas por el final del diario ayuno durante el mes sagrado de Ramadán y, desde los minaretes de cientos de mezquitas en todo el país, se llamaba a rezar por el alma del octogenario líder. Siguiendo las prescripciones islámicas, su cuerpo era enterrado 24 horas después en una sencilla ceremonia religiosa a la que asistían emires, reyes y presidentes de toda la región, quienes ha-bían llegado a Abu Dhabi, la capital de esta confederación de emiratos.

Zayed es venerado allí como el padre de la patria y el gestor de un imposible al haber convertido esta esquina del Golfo Pérsico en uno de los países per cápita más ricos del mundo, y de haber instaurado un oasis de estabilidad política y tolerancia religiosa, a pesar de las fuerzas extremistas de todo tipo que han afectado a sus dos poderosos vecinos: Irán y Arabia Saudita.

Proyección petrolera

Diez años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando las regalías petroleras comenzaban a generar cierta prosperidad en Arabia Saudita, Kuwait, Qatar y Bahrein, Abu Dhabi era una pau-pérrima y pequeña villa de pescadores artesanales hacinados en casas de barro entre el mar y un desierto inclemente. En 1958, el mismo mar que había garantizado la subsistencia de la mayoría de la población hasta el momento, ofrecía la posibilidad de un futuro completamente diferente al declararse oficialmente el hallazgo de petróleo en la plataforma marina. Cuatro años después comenzaba la exportación en firme y la industria petrolera se mostraba optimista con proyecciones de producción en todo el emirato de Abu Dhabi.

Sin embargo, el problema del emirato dejaba de ser económico y se convertía en político. El gobernante del momento, el jeque Shakhbut bin Sultan Al Nahayan, se negaba a seguir el camino de sus vecinos, sospechoso de los inversionistas extranjeros que se volcaban sobre su gobierno, y paralizado por el espejismo de una movida militar saudí sobre su territorio. El 6 de agosto de 1966, un concejo de la familia Al Nahayan, apoyado por fuerzas omaníes comandadas por oficiales británicos, puso fin a los 28 años de gobierno de Shakhbut instalando en su lugar a su hermano menor Zayed bin Sultan, el hombre que ahora el país entierra. El nuevo líder transformó la política económica del emirato. La villa de Abu Dhabi, y todo el emirato que lleva su mismo nombre, vio la construcción de los primeros hospitales, y la puesta en marcha del primer plan de educación pública universal y obligatoria. En muy poco tiempo, la materialización de la riqueza del emirato se tradujo en un innegable poder político que llegaba en un momento crucial para la historia moderna de la zona.

Zayed bin Sultan no gobernaba solo. El Golfo Pérsico era uno de los últimos vestigios del poderío colonial británico en Medio Oriente, pero Londres estaba en retirada. La carga económica que significaba mantener la defensa externa y guiar las relaciones internacionales en aquellos territorios se hacía insoportable para las finanzas de la corona. Kuwait fue el primero de la lista en recibir su independencia formal en 1961, siete años después los británicos liquidaron su base en Adén (Yemen). Bahrein, Qatar, Abu Dhabi, Dubai y otros cinco emiratos menores esperaban mantener algún lazo con Londres.

Mientras los británicos desmontaban sus bases militares y entregaban algunos sectores de la administración civil que todavía controlaban a las autoridades locales, desesperadamente buscaban convencer a los líderes de la zona de los beneficios de crear una alianza política y formalizar la creación de un solo estado entre los nueve emiratos del Golfo. Qatar y Bahrein entrados en pleno en la era de la producción petrolera, finalmente rechazaron formar una unión con emiratos que, excepto por Abu Dhabi y Dubai, no tenían reservas de minerales comprobadas y que serían una carga financiera y militar.

Los emires han logrado posicionar a su país como una de las regiones con mayor ingreso per cápita del mundo.

Boicoteo saudí y Occidente

Quedó en hombros de Zayed bin Sul-tan el formar una unión entre Abu Dhabi y los restantes seis emiratos vecinos: Dubai, Sharjah, Ras Al-Khaima, Umm Al-Quwain, Ajman y Fujaira. A pesar de la evidente disparidad en sus ingresos económicos, les unía la pobreza pasada, y un futuro incierto si permanecían divididos tras la retirada inglesa. Los siete, también conocidos como los Estados de la Tregua, por los acuerdos impuestos a cada uno de sus gobernantes por Gran Bretaña en el siglo XIX que los obligaba a cesar la piratería marítima en el Golfo como forma de sustento a cambio de protección política y la garantía de la defensa militar, se encontraban en una carrera contra el tiempo para lograr formar algún tipo de alianza. Luego de tres años de negociaciones, Zayed bin Sultan logró formar una confederación de monarquías en la cual Abu Dhabi asumía la carga financiera del desarrollo económico del país y subsidiaba la nueva vida de sus élites locales, a cambio de tener la presidencia del Consejo Supremo compuesto por los jeques de cada emirato. Seis aceptaron el plan, Ra's al-Khaima se uniría más tarde, y el dos de diciembre de 1971, al mismo tiempo que partían los ingleses, nacían los Emiratos Árabes Unidos.

A los dos años de creado el país, Zayed se unía al boicoteo saudí del petróleo que se vendía a Occidente en protesta por el apoyo de los Estados Unidos a Israel en la guerra de 1973. El petróleo se convertía ahora en un salvavidas para las economías de la zona y en un arma diplomática que garantizaba al nuevo país un inusual peso político en la zona. El boicoteo trajo además unas consecuencias económicas imprevisibles en su momento. El pánico causado disparó los precios del petróleo de 2,74 a 11,65 dólares el barril. En 1974, esta alza representaba unas regalías de 4.000 millones de dólares para un país que no llegaba al medio millón de habitantes. Inesperadamente, los Emiratos Árabes Unidos se convertían, per capita, en la nación más rica del mundo.

Con una población más reducida que la de sus vecinos, ninguna ambición de po-der regional, y poco apetito por excesivos despliegues de riqueza, Zayed bin Sultan se dio a la tarea de modernizar vertiginosamente la vida material, preservando las estructuras sociales del país. Libre del ex-tremismo Wahabi -la secta religiosa a la que pertenece la familia real de Arabia Saudita-, las jerarquías religiosas aceptaron la presencia de miles de trabajadores foráneos ante los beneficios que se derivaban de su contribución material al progreso del país. Para 2003, de los 3.7 millones de habitantes del país, el porcentaje de hindúes, pakistaníes, árabes de otras regiones y occidentales llegaba al 80%, quienes atraídos por las oportunidades de trabajo y la tolerancia social impuesta por Zayed bin Sultan habían transformado las antiguas villas en ciudades cosmopolitas perfectamente conectadas con la economía mundial.

No todas las casas reales de la zona corrieron con la misma suerte y rápidamente el Golfo entero se convirtió en una de las zonas políticamente más inestables del mundo. En Irán, la monarquía Pahlevi, en cabeza de Mohamed Reza Shah, cayó en febrero de 1979 ante los ataques de la jerarquía religiosa en compañía de las clases medias iraníes hastiadas de ver la inequidad en la distribución de la riqueza, el despilfarro, la corrupción y la cons-picua alianza con los Estados Unidos, un país al que acusaban de corromper los valores centrales de la sociedad musulma-na. Su nuevo líder, el Ayatollah Ruhollah Khomeini promulgaba una república basada en los preceptos islámicos y llamaba al mundo musulmán a deponer las monarquías de la zona acusándolas de ser agentes corruptos, que como el Shah, garantizaban su estancia en el poder gracias a la fuerza militar de los Estados Unidos. Por fortuna para los Al Nahayan y las otras casas reales del Golfo, la invasión iraquí a Irán frenó los ímpetus revolucionarios de Kho-meini enfrascando a Irán en una guerra de ocho años y un millón de muertos contra el ejército de Sadam Hussein.

Meses después de la revolución iraní, los soviéticos invadieron Afganistán a finales de 1979 incrementando las tensiones en-tre las superpotencias de la Guerra Fría, al poner al ejército rojo a un paso de los depósitos de petróleo del Golfo. Neutralizados tanto iraníes como soviéticos, Saddam Hussein se lanzó sobre Kuwait en el verano de 1990 con la esperanza de hacerse al con-trol del Golfo Pérsico. Zayed bin Sultan y los demás líderes de las monarquías, aceptaban la fragilidad de su poder militar ante los embates de los iraquíes y daban la bienvenida a las fuerzas norteamericanas que liberaban Kuwait. Una década después, el fundamentalismo islámico fomentado por el régimen saudí se volvía contra los Estados Unidos y el gobierno de Riyadh, atacando la legitimidad de la casa real y lanzando una campaña de terror contra la presencia de occidentales en el reino. Continuidad y nuevas perspectivas.

Zayed Bin Sultan, el hacedor del milagro de los Emiratos.

La supervivencia de esta alianza de monarquías queda ahora en hombros del jeque Khalifa bin Zayed Al Nahayan, con-firmado horas después del entierro de su padre por los líderes del Consejo Supremo como el nuevo presidente de la federación de Emiratos. La primera transición política en la historia moderna de este país parece confirmar la suficiente madurez de las instituciones políticas creadas con la fundación de los Emiratos Árabes en 1971. Los rumores de que el Vicepresidente del Consejo Supremo de líderes, el carismático jeque del pujante emirato de Dubai, Maktoum bin Rashid al Maktoum se alzaría con la presi-dencia resultaron completamente infundados. Al parecer, Al Maktoum está satisfecho con su rol en la federación y ocupado en continuar transformando su pujante emirato en la nueva Singapur del Medio Oriente, mientras los Al Nahayan se ocupan de la administración del aparato estatal.

Khalifa bin Zayed parece estar listo para continuar la línea trazada por su padre en la búsqueda de la modernización de su país rechazando tanto las fuerzas fundamentalistas islámicas, como los llamados a adoptar las instituciones políticas occidentales. Dos objetivos parecen estar en la mira del nuevo gobernante: continuar con un agresivo programa de educación que permita la transferencia de altos cargos directivos -de instituciones públicas y privadas- de manos extranjeras a locales, y obtener una participación más activa de la mujer en la vida del país.

Las dificultades futuras que Khalifa ten-drá que afrontar habrán de ser de la talla de las que su padre tuvo que sortear durante sus 33 años de gobierno si la inestabilidad creada por los Estados Unidos en Irak continúa sin solución, si el fundamentalismo islámico no se detiene en la zona, especialmente en Arabia Saudita, y si Irán continúa adelante desafiando las indicaciones de la Agencia de Energía Atómica de las Naciones Unidas de detener el desarrollo de su programa nuclear.

* Profesor asistente del Colegio de Artes y Ciencias de la Universidad Zayed, Abu Dhabi (E.A.U.).