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UNP No.70
Título : ¿Cambió todo la revolución venezolana?
Autor : Iván Briscoe
Sección: Coyuntura
Fecha : Febrero 6 de 2005
¿Cambió todo la revolución venezolana?

Después de ganar dos elecciones y un referendo, de derrotar un golpe y de sobrevivir a cuatro huelgas generales, el nada convencional presidente de Venezuela Hugo Chávez parece invulnerable. Pero, ¿hacia dónde va su "revolución bolivariana"? Iván Briscoe informa desde Caracas sobre este experimento social revolucionario, divisionista y obsesionado por la historia.

Iván Briscoe*

Los simpatizantes del mandatario venezolano han demostrado una gran cohesión interna. ¿Hasta cuando?

En una ciudad llena de contradicciones flagrantes, las paredes de Caracas dejan una primera e inquietante impresión. Los conductores en las avenidas de los suburbios más ricos miran a través de los vidrios ahumados un ocasional "SÍ" pintado en las paredes, pequeñas huellas del referendo apasionadamente disputado de agosto de 2004, cuando enormes pancartas anunciaban el mismo "SÍ" junto a una modelo desabotonándose los jeans. Pero en las zonas pobres, donde las paredes parecen contener corrientes heladas de covachas de lata o ladrillo que caen desde la cima de los montes, solo hay un réplica, pintada una y otra vez en rojo con convulsiva furia, y cubriendo kilómetros y kilómetros de concreto. Aquí, el "NO" es la única alternativa. "Muerte a los escuálidos. Chávez no se rinde".

La solución ideal al fenómeno de Hugo Chávez, dijo un ex presidente de Venezuela antes del último referendo, sería que él "se muriera como un perro". Pero como lo preveían las paredes de las barriadas, el presidente Chávez sigue invencible después de un golpe, dos huelgas generales y ocho elecciones diferentes desde la primera en diciembre de 1998 -y es perfectamente comprensible que se encuentre en forma deslumbrante-.

En diciembre de 2004, finalmente seguro de su control del poder y de su posición como uno de los principales azuzadores de Washington, volvió a Caracas después de un viaje de una semana por los palacios de líderes simpatizantes. Hubo una enor-me recepción en Madrid, donde el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero simpatiza mucho más con Chávez que con su predecesor conservador; un "premio de derechos humanos" del coronel Muammar Gadafi; una charla íntima con Vladimir Putin en el Kremlin; y el descubrimiento de un busto del líder libertador de la independencia latinoamericana Simón Bolívar en Teherán.

La adoración de Chávez se ha vuelto global. Para toda clase de políticos y activistas radicales, este ex oficial y líder de los 25 millones de venezolanos es el héroe de una época marcada en el norte por un resurgimiento de la derecha. Desde que Chávez alcanzó el poder en 1998 con una plataforma de redistribución de la riqueza y de justicia social, han ganado las elecciones candidatos de izquierda en Latinoamérica, entre ellos Luiz Inacio "Lula" da Silva en Brasil. Varios de estos gobiernos, sobre todo el de Lula, se han mostrado cautelosos y complacientes ante las demandas de las altas finanzas y del blo-que del G8, decepcionando de paso a muchos de sus partidarios. Chávez, sin embargo, parece haberse vuelto más duro.

El día de su regreso del viaje por el mundo y sin muestras de fatiga, Chávez hace su entrada en una asamblea de "intelectuales" izquierdizantes, con grandes abrazos y palmadotas en la espalda a sus aliados más cercanos y mostrando las mejillas para cada beso. Desde su estrado, saluda a los huéspedes de honor de todo el mundo. El hijo de Fidel Castro está allí, vivo retrato de su padre ("Va a haber Fidel Castros por muchos años", dice radiante el presidente); Daniel Ortega, el líder sandinista de los años ochenta en Nicaragua; el héroe de la independencia de Argelia, Ahmed Ben Bella; y Danny Glover, la coestrella de Arma mortal.

El público en el vasto auditorio guarda silencio. Afuera, uno por uno, y bastante disgustados, los canales privados de televisión interrumpen sus novelas, cuñas de cirugía estética y transmisiones de béisbol programadas, para dar paso a los anchos hombros y los cuentos y divagaciones del presidente. Nunca ha hablado poco y hoy tampoco lo va a hacer. "La mejor forma de defensa -empieza a decir-, es el ataque".

Aunque los intelectuales presentes se ríen y aplauden, a ojos de los críticos venezolanos de Chávez las dos horas que siguen son una especie de agonía existencial. Cada palabra que dice -ya sea sobre la "defensa de la humanidad", sus tontos percances en las cumbres, su gusto por el jugo de pera o el estribillo de una canción popular favorita- les huele a mentiras, comunismo y, sobre todo, vulgaridad. "Yo vi al vicepresidente de Chávez en una visita a una fábrica de cerveza", me cuenta un afiebrado activista de la oposición. "Se tomó un trago y eructó, en la televisión. Fue una vergüenza. ¿Dónde más en el mundo se ve algo como eso?".

"Es como tener a un jardinero de presidente", dice con gracia Tomás Suárez, un académico pro gobierno de la Universidad de los Andes en Mérida. Pero los "escuálidos" de la oposición, un término con el que ahora hablan de sí mismos con un pliegue de tristeza en los labios, se tienen que tragar sus palabras -por lo menos en público-.Convencidos como estuvieron una vez de su victoria sobre Chávez, el movimiento de oposición simplemente se ha desintegrado desde que perdió el referendo de agosto de 2004 por un margen de 17% del bando "NO" pro gobierno. La reciente ocupación de la hacienda ganadera Vestey de 13,000 hectáreas, demostró que el gobierno envalentonado está a la ofensiva y que se está embolsando el trofeo más preciado: una revolución social posguerra fría.

Un cambio concreto

La prueba más tangible de que se está desarrollando una especie de revolución se puede encontrar ahora en los edificios altos de la capital. Construidos en los años sesenta y setenta con ayuda de los petrodólares y de los trabajadores baratos que afluían de las áreas rurales -y que construirían de noche las casuchas de los cerros circundantes-, los vigías de concreto del centro de Caracas han sido testigos de muchas cosas: el lavado de dinero, la megalomanía, la atracción de las cosas gringas y, sobre todo, el poder y la riqueza de una sola empresa.

La primera empresa de Venezuela es PDVSA, la compañía petrolera estatal, responsable del 50% de los ingresos del gobierno, y de cerca del 80% de las ex-portaciones del país. Otrora el eje de un paraíso de corporaciones altamente subsidiadas y dirigidas por amigos de los potentados, también fue, lo que no tiene nada de sorprendente, un club privado de la intocable y blanca élite venezolana: según Henry Maneiro, editor de la revista política Exxito, era "la clase de lugar en el que uno podía encontrar un puesto para un hermano estúpido o una hija chiflada". Y aunque siguen bombeando los indispensables petrodólares en las arcas de Chávez, su gloriosa ostentación se ha acabado. De sus cuatro edificios en Caracas solo le queda uno; dos de ellos están ahora llenos de estudiantes radicales de los tugurios. Se han convertido en universidades "bolivarianas".

El mismo cambio de manos ha ocurrido en todo el centro de la ciudad: los almacenes sobre las calles están ocultos por una hilera interminable de puestos con techos de plástico, donde se escucha salsa a todo volumen y venden copias baratas de todos los productos imaginables, mientras en los pisos superiores las oficinas de seguros y los bancos le han dejado el lugar a las falanges del sector público. Desde el piso 21 de lo que antes era la sede de uno de los principales bancos, Yadira Córdova, una dentista titulada que ahora es ministra de ciencia, despacha rodeada por una vista espectacular de Caracas, con sus torres y barriadas, tan vasta e imponente a nivel de la calle, coronada por estelas de neblina que se desprenden del bosque húmedo que sube empinado hacia el norte.

El banco en cuestión, junto a casi 18,000 ejecutivos de PDVSA y de miles de compa-ñías más pequeñas, marcharon con arro-gante seguridad hacia su propia aniquilación. Las huelgas generales de diciembre de 2002 y de enero de 2003 trataron de desbancar a Chávez, pero solo tuvieron por resultado bancarrotas y una emigración masiva de la clase media del país. Como muchas otras sedes de empresas, las vistas de ensueño y los lujosos tapizados de cuero fueron vendidos a precio de huevo al gobierno. El lenguaje de "la nivelación" se impuso. "Durante décadas esta fue una economía de rentistas, en la que la producción no tenía ningún papel", explica Córdova, cuyo ministerio está promoviendo técnicas agrícolas básicas para reducir el 80% de alimentos que se importan actualmente. "Ahora estamos poniendo el conocimiento en manos del pueblo".

La situación política del vecino país ha trascendido su territorio. Detalle de una marcha de venezolanos en Ciudad de Panamá.

Fuera del sarcófago

Todos los empleados públicos, oficiales y activistas involucrados en lo que ahora llaman simplemente "el proceso", expresan sentimientos idénticos. Si necesitan principios guía, blanden la Constitución de Venezuela redactada bajo Chávez y aprobada por voto popular en 1999; el presidente la lleva siempre en el bolsillo de la camisa. Todo lo que las sociedades latifundistas latinoamericanas poscoloniales requerían profundamente recibe su merecido: la equidad, la justicia, la democracia, la participación, el empleo. Sobre cada objetivo, entretanto, se levanta la figura de Simón Bolívar (1783-1830), desenterrado de su panteón en Caracas para darle una identidad al revolcón nacional de Chávez.

Los hechos de Bolívar como libertador de la "Gran Colombia" del yugo imperial figuran entre las mayores hazañas de la historia militar, no menos los múltiples, suicidas cruces más inhóspitos de los Andes para sorprender la retaguardia española. Nacido en Caracas en 1783, era un aristócrata, pero con trazas de sangre negra en sus rasgos; era un tenorio, un líder que da-ba ejemplo, un obsesivo de la higiene dental, y un maníaco creyente en sí mismo. Son estas cosas de la leyenda y las anécdotas. Pero buscar tras esto una ideología sólida es tarea más difícil.

No hay duda de que Bolívar simpatizaba con los pobres, que después de todo eran el grueso de sus fuerzas -sobre todo los temibles y semidesnudos llaneros, cuya capacidad para sobrevivir comiendo carne cruda, salada por el sudor de sus caballos, fue de gran provecho en las campañas lunáticas de Bolívar-. Hacia el final de su vida, al dividirse en tres la Gran Colombia, reservó también un intenso odio hacia las élites locales dedicadas a tomar el lugar de los españoles sin tocar los estratos bajos de la sociedad. Pero esto no quiere decir que Bolívar fuera igualitario, o incluso de-mócrata. En 1818 habló de "nuestros débiles ciudadanos" que tendrían que fortalecer mucho su espíritu para recibir el "saludable alimento de la libertad", y que "sería mejor para América del Sur adoptar el Corán que la forma de gobierno de los Estados Unidos, aunque sea la mejor del mundo".

Esencialmente, Bolívar creía en un go-bierno práctico, que pudiera transformar a los siervos y vasallos "infantiles" del gobierno imperial español en ciudadanos que pensaran libremente, incluso si el costo era un breve período de despotismo. No busquemos el mejor sistema de gobierno, sino el más asequible, escribió en su famosa Carta de Jamaica: palabras enigmáticas que han inspirado a decenas de dictadores latinoamericanos.

Las "misiones" para los pobres

Casi 200 años después, las mismas tensiones entre los fines ideológicos y los medios pragmáticos están en juego otra vez en nombre de Bolívar. Al saber en 2004 que se tendría que enfrentar un referendo decisivo sobre su gobierno, Chávez siguió el consejo de Fidel Castro (padre). Como había asumido control total de PDVSA después de las huelgas generales, decidió cumplir las promesas a sus seguidores más leales: 3.500 millones de dólares invertidos en diez "misiones" para ofrecer entre otras cosas asistencia médica, alimentos baratos, trabajos y tierra. Los nuevos bloques de oficinas del gobierno debían canalizar todos sus esfuerzos hacia el 70% de la población que se calculaba vivía bajo la línea de pobreza.

La gratitud de los beneficiados es innegable. "Nunca tuve una oportunidad como esta. Yo me crié en el campo y no tuve chance de aprender", explica Eduardo Correa, un inmigrante colombiano de 38 años que ahora va a clases de alfabetización en la Parroquia Sucre, una de las enormes fusiones de edificios de apartamentos y barriadas de Caracas, de donde miles marcharon en defensa de Chávez después del golpe de abril de 2002. Como en la mayor parte de las zonas pobres urbanas, el campo está dividido entre los narcotraficantes y el movimiento popular bolivariano: fórmula que fomenta la corrupción, la generalizda violencia urbana y los asesinatos selecti-vos de la policía (en 2003 hubo un número extraordinario de muertes -2.300 en toda Venezuela- por "resistirse al arresto"). Como todos los de su clase de veinticinco alumnos, Eduardo es indigente. Explica mascullando rápidamente que vive en un "sótano" con su esposa y cinco hijos, y que su trabajo consiste en "llevar cosas de un sitio a otro". Pero todos los días, a las cinco de la tarde, va a su escuela bolivariana -un enjambre de clases para adultos, niños corriendo por todas partes y una directora al borde del ataque de nervios- y trata de copiar las frases escritas a mano. A su lado está sentada su compañera, Naida Villalba, impecablemente presentada con una blusa y balaca, y apasionada partidaria del presidente. "Yo no he visto sino cosas buenas de este gobierno", dice. Naida, también de 38 años, cuenta que ha trabajado desde los 15 haciendo zapatos y limpieza en las casas, pero que tuvo que dejar de trabajar para cuidar a su mamá que tiene lepra.

"Sobre cada objetivo se levanta la figura de Simón Bolívar (1783-1830), desenterrado de su panteón en Caracas para darle una identidad al revolcón nacional de Chávez", afirma Briscoe

Cada visita a una misión en cualquier parte del país, revela las mismas reacciones sorpresivas. En Mérida, una bella ciu-dad colonial andina afectada por un constante trancón de camionetas devoradoras de gasolina (que cuesta cinco centavos de dólar en Venezuela), encuentro una fila de curtidos trabajadores de fincas y mujeres ancianas esperando un examen de ojos gratis. "Ahora todo el mundo tiene gafas y medicina", me cuenta Benigno Acosta, de 68 años, que lleva diez años sin ver claro y es demasiado pobre para consultar a un oftalmólogo. El médico cubano que los atiende, sin embargo, no es tan efusivo. Le pido una entrevista. "Vaya a ver al comandante militar de la misión".

"Los cubanos están en todas partes": esta frase, medio burlona, se puede oír en todos los ministerios. Pero no hay duda de que la presencia cubana -18.000 médicos, miles de maestros alfabetizadores y de educación básica y un número indeterminado de consejeros políticos- constituye uno de los más extraordinarios esfuerzos de ayuda en tiempos de paz jamás desarrollados en América Latina.

Para Chávez, esta fuerza humanitaria, pagada con las exportaciones baratas de petróleo a Cuba, ha sellado la "hermandad" de las dos naciones. Para sus opositores es la encarnación de todo lo que más temen: la demagogia, el populismo y el comunismo rastrero. "¿Cómo puede la gente que saca algo de estas misiones no votar por él?", pregunta William Dávila, un ex senador y ex gobernador de Mérida del casi difunto partido Acción Democrática, y uno de los pilares del movimiento de oposición. Y añade: "Pero la verdad es que ahora estamos viendo al presidente Chávez levantar sus barreras legislativas. Vamos a ver ahora un régimen de estilo autocrático, no marxista sino militarista. Ahora estamos viviendo bajo una versión del fascismo".

Temiendo lo peor

Ahora que su poder electoral ha sido reconfirmado, los titulares de todos los periódicos venezolanos -salvo unos pocos tabloides del Estado que claman por el premio Nobel de la Paz para el presidente- hacen lecturas siniestras del régimen de Chávez. Una rápida serie de leyes re-cientes -sanciones enérgicas para las pro-testas espontáneas, castigos mayores para los crímenes terroristas y un impredecible sistema de control de los medios privados- alimentan más el espantajo de una "tiranía legal". Todo lo que no se identifica claramente con el gobierno o el "pueblo" bolivariano está sintiendo la presión de la desconfianza. "Tenemos un montón de pro-blemas para conseguir información del gobierno", dice Carlos Correa, del respetado grupo de defensa de los derechos humanos Programa venezolano de educación-acción en Derechos Humanos (Provea). "La mayor parte del tiempo nos perciben como el enemigo, como los que quieren hacer daño".

Privados de sus marchas y de sus principales figuras, los opositores del régimen agonizan en privado. Amanda, una empleada de la agencia de estadísticas del gobierno, me lleva aparte después del lanzamiento de un programa oficial para contarme que todos los que firmaron la petición para un referendo sobre Chávez en 2003 han sido incluidos en una lista negra computarizada de rápido acceso de cuatro millones de personas. Jóvenes leales incapaces bajo vigilancia de los cubanos han sido promovidos, cuenta. "Las cosas nunca habían estado tan mal como ahora", insiste.

Divididas en parcelas de ricos y pobres, de béisbol y sopa gratis, las visiones de lo que Chávez representa se transforman a un ritmo esquizofrénico. No es difícil despertar en Venezuela y ver solo parafernalia militar y la amenaza de una pobreza militante: Chávez de nuevo es el paracaidista y líder del golpe de 1992, decidido a gobernar a través del diálogo con los fieles por televisión. Su control estricto del cambio de la moneda apesta a bloque soviético. Tal vez es solo cuestión de tiempo para que la cadena de alimentos del estado, Mercal, se convierta en el único distribuidor de alimentos, y a todo el mundo le prescriban las atroces raciones mensuales cubanas: carne molida adulterada, pasta húmeda y cantidades de arroz.

Pero el parpadeo de un "SÍ" a un "NO" puede producirse igual de rápido. Aunque menospreciada por la clase media, la misma cadena estatal le está vendiendo ahora a nueve millones de personas necesitadas sin que haya un sistema de raciones a la vista. Los controles al bolívar fueron impuestos justo después de la huelga general, por la sencilla razón de que la huída de capitales es una excelente forma de arruinar a un estado (para una muestra la Argentina de 2001). "Chávez fue creado por sus propios opositores -sostiene Henry Maneiro-; fue creado por los corruptos, los ineficientes y los indolentes".

La cooperación cubano-venezolana, es una de las apuestas del gobierno de Chavez.

Al estilo de un verdadero estratega bolivariano, Chávez ha escogido el éxito político sobre el gobierno perfecto. Esto es claro en las leyes recientes que atacan a todos los que trataron de desbancarlo. Y aunque los ataques contra su gobierno en los periódicos pueden desplegar los más altos valores liberales, el cinismo y el egocentrismo de los líderes de la oposición, incluidos los del golpe de abril de 2002 y de las huelgas generales, son demasiado palpables como para ser ignorados.

El cubrimiento de los medios privados del golpe, en el que murieron 19 personas a manos de francotiradores, fue una farsa de principio a fin: las imágenes, enviadas a todo el mundo, de los chavistas disparando en medio de la carnicería lograron mostrar que de hecho les disparaban desde los techos, y estaban simplemente actuando en aterrorizada defensa propia. La única persona que investigó estos hechos, incluyendo la más amplia toma del poder y la abolición con un plumazo de la constitución -el fiscal del estado Danilo Anderson- fue destrozado por una bomba plantada en su carro en noviembre de 2004.

Hoy, los líderes más lúcidos de la oposición se están empezando a dar cuenta de que cometieron grandes errores de cálculo y de que el sistema bipartidista que gobernó a Venezuela por 40 años hasta que hizo su aparición Chávez ha perdido completamente su credibilidad. "Estamos pagando por nuestros errores -admite el ex senador Dávila-. Tuvimos un sinfín de huelgas y marchas, pero no hubo un plan organizado, ni idea de lo que haríamos con el petróleo. Y el presidente muy hábilmente explotó lo que decía nuestro programa, sosteniendo que nosotros queríamos vender PDVSA y cancelar los programas sociales. La sensación era que le íbamos a entregar todo a la oligarquía".

Viviendo en las antípodas

Pero aferrarse a cualquiera de los dos bandos de Venezuela -los vulgares o los escuálidos, los haraganes o los oligarcas- solo sirve para nublar la verdadera dinámica de lo que está sucediendo. Como en Cuba después de 1959, la prometida revolución ha sido formada tanto por sus ene-migos como por sus defensores: "los co-rruptos, los ineficientes y los indolentes" le han proporcionado a Chávez su grito de guerra, sus votos y sus principales objetivos. Ahora que su programa se ha vuelto a encarrilar después de un ininterrumpido conflicto de tres años, va a depender de sus enemigos para su apoyo; ellos serán su munición en las próximas elecciones de 2006, o cuando se caigan los precios del petróleo. Sus fracasos serán sus ganancias. La perspectiva de que vuelvan será el fundamento sólido de su atracción.

Una historia parecida se puede rastrear en la política exterior de Venezuela. Creciente evidencia de la participación de los Estados Unidos en el golpe de 2002, que está siendo actualmente revelada por la abogada investigadora Eva Golinger, ha convertido la inicial indiferencia de Chávez hacia el norte en una postura heroica contra el imperio. No pasa un día ahora sin una frase grandilocuente de alguna de las dos partes, entre las cuales la más lacónica y más tosca fue la reacción extraoficial de un funcionario de la Casa Blanca ante la noticia de que Chávez iba a comprar unos cazas MiG: "los vamos a bajar". Abundan entretanto las especulaciones de que algunos agentes de inteligencia de bajo nivel podrían incluso promover otra sorpresa subversiva, si es que no lo han hecho ya.

En cambio, Chávez se ha convertido en un útil huésped de los gobiernos no alineados, y en una especie de tótem en toda América Latina. Mientras los militares en Washington se inquietan ante el "populismo radical" latinoamericano, Chávez no parece tener prisa para disipar sus preocupaciones; pocos días después de la reelección de Bush estaba de vuelta en La Habana para una charla aleccionadora con Castro, que sabe un par de cosas sobre cómo usar la intimidación estadounidense para justificar un gobierno autocrático.

¿El fin del desprecio?

Pero este instinto de polarización y antagonismo de ambos bandos minimiza una realidad más profunda y macabra, que va al fondo de la esencia misma del dilema social latinoamericano. A menudo le pregunté en Venezuela a los más furibundos miembros de la oposición, ¿por qué se había permitido que los ingresos de un recurso nacional -que per cápita es uno de los más altos de América Latina-, generaran tan graves desigualdades? Tenía que repetir la pregunta varias veces antes de que a la larga hubiera una respuesta: "porque los pobres no son civilizados -me dijo un arquitecto muy culto-. Cuando les dan algo no saben qué hacer con eso. Cuando les construyeron apartamentos con baño, simplemente vendieron los accesorios".

A los pobres les dan vivienda y venden las llaves del agua, desprenden el parqué y lo usan como leña, dañan el vertedor de basuras. El difuso veneno mental de estas anécdotas, que se oyen en todo el continente y que son casi todas mitos, puede reclamar responsabilidad por los dos mayores desastres de la región en 2004, un incendio en un supermercado de Paraguay (464 muertos) y un incendio en el club nocturno de Buenos Aires (175 muertos). En Asunción, cerraron las puertas cuando empezó el incendio para que la gente no robara; en Buenos Aires, las puertas estaban cerradas con cadenas para que los adolescentes sin plata no se pudieran colar a un concierto de rock.

Parece extraordinario y francamente perturbador que en un continente con tanta calidez y bondad personal, esta clase de desprecio de clase pueda seguir soterradamente vivo. Nominalmente, por supuesto, Chávez es el visionario que va a acabar con todo eso. Pero a pesar de todos los edificios expropiados, de los miles de millones de bolívares gastados y los canales de televisión controlados, la revolución parece como un arañazo en la superficie de un divisoria social de hierro fundido: en las vallas de las carreteras relucen caras blancas con los labios pintados; los centros comerciales están repletos de gente, y cerca de 300.000 venezolanos visitaron el condado de Miami-Dade en 2004 aprovechando un crecimiento económico del 18%. Pero las estadísticas de las Naciones Unidas indi-can que desde que Chávez subió al poder, los niveles de pobreza no han cambiado.

"Muchos dicen que en todo venezolano o venezolana hay un especulador petrolero esperando salir", observa Jorge Dávila, un experto en la teoría de los sistemas de la Universidad de los Andes en Mérida. "Sea como sea, el mayor motivo de preocupación es el de las instituciones, que Venezuela ha fracasado totalmente en construir. Las misiones no son parte de las institu-ciones que hemos heredado, ¿pero qué se va a construir sobre ellas?".

La constitución bolivariana, en el bolsillo del fogoso teniente coronel.

La cuestión que Dávila plantea es fun-damental. Actualmente, hay no menos de 25.000 personas en lista de espera para ser operadas en Cuba, pero la asistencia médica pública en Venezuela sigue siendo lamentable (una radiografía cuesta $50 dólares). El puente aéreo quirúrgico, como la generosidad de Evita Perón con los juguetes en la Argentina de 1940, parecen ambos actos de gran generosidad y medidas provisionales que no tienen la menor influencia a largo plazo.

En el hotel Colony de cinco estrellas de Caracas, entretanto, el entusiasta personal y las señoritas de compañía con trajes de coctel se mezclan con grupos de gente de negocios extranjera que parece no haber oído las aterradoras noticias sobre la revolución bolivariana. Los hoteles están repletos, porque PDVSA y el gobierno necesitan más que nunca contratantes extranjeros, mientras que las empresas internacionales no pueden dejar de interesarse en un país que tiene las mayores reservas de petróleo del hemisferio occidental, y cuyo gobierno ha programado gigantescos gastos en infraestructura. "Con todo el dinero del petróleo, este es un gran momento para Venezuela", me confía el representante de una compañía española. Conoce personalmente al presidente, al que le vendió un proyecto de desarrollo económico que casi lo hace llorar de la emoción. "Hay que presentar las ideas con el corazón abierto. Esa es la manera de tener éxito". Incluso las élites de los negocios, añade el español, se están reinventando a sí mismas y sus órganos vitales, para la nueva era".

A pesar de todo el carisma y el dinamismo de Hugo Chávez, las viejas estructuras de la sociedad venezolana parecen permanecer intactas, o por lo menos en proceso de reconstrucción. Esto plantea cuestiones básicas para su movimiento y para la izquierda en América Latina: si un cambio importante y duradero es posible, incluida la construcción de instituciones públicas decentes y un estado benefactor apropiado, entonces en alguna etapa del enfoque partidista, improvisado y propagandístico, favorecido hasta ahora por el presidente y provocado por el veneno de la oposición, tendrá que ser reemplazado por un reformismo más riguroso.

"Al estilo de un verdadero estratega bolivariano, Chávez ha escogido el éxito político sobre el gobierno perfecto".

La retórica de la polarización -que inevitablemente se reduce a los estereotipos aceptados de rico y pobre, propietario y sin tierra, amo y esclavo- parece que en este aspecto solo promueve la reproducción de antiguas divisiones y normas de clase, aunque quizás con nuevas caras en la cúspide de la pirámide. Por mucho que haya decepcionado a su base, el gobierno gradualista de Lula en cierta forma parece más apropiado para una eventual transformación de toda una sociedad y de sus valores profundos, que la briosa revolución de Chávez.

Pero quizás su dilema esté en el meollo de la herencia bolivariana. Habiendo liberado a la mitad de un continente, el demacrado y exhausto general finalmente comprendió que su estimulante visión de la Gran Colombia era inalcanzable. En una famosa carta de 1830, escribió:

".El que sirve una revolución ara en el mar, la única cosa que se puede hacer en América es emigrar. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos."

Sin duda Hugo Chávez conoce esta carta, y se la sabe de memoria; también es consciente de que una tardía cura para la melancolía de Simón Bolívar en su lecho de muerte no se puede alcanzar permaneciendo para siempre en el bando de los feroces.

* Politólogo de Sofía, Bulgaria. Su último libro es Shifting Obsessions: three essays in the politics of anti-corruption (Central European University Press, 2004). Publicado por la Universidad Nacional de Colombia con propósitos pedagógicos y bajo licencia académica de openDemocracy. Traducción de Nicolás Suescún.