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UNP No.70
Título : Arquitectura efímera
Autor : Nelly Mendivelso
Sección: Internacional
Fecha : Febrero 6 de 2005
Arquitectura efímera

Hojas de platanillo son la cubierta, tiras de bejuco, elementos de amarre, y algunos tallos son las bases que sostienen la arquitectura móvil, aunque firme, de las viviendas de una de las culturas aborígenes más autenticas de la que se tenga conocimiento hoy. Los Nukak Makú, constructores por naturaleza, manejan la selva a su favor.

La pintura en el cuerpo y la cara son expresiones estéticas y simbólicas trascendentes dentro del universo Nukak.
Foto :Cortesía Elizabeth Clavijo

Nelly Mendivelso, Unimedios

Hablar de los Nukak Makú, el último grupo nómada que existe en Colombia, conlleva a involucrarse en un mundo misterioso, del cual aún queda mucho por descubrir. Más aventurado resulta reconocer cómo este grupo itinerante del Amazonas, valiéndose de recursos elementales de la naturaleza, ha logrado desarrollar durante siglos una arquitectura -sencilla pero lógica- adaptada a las condiciones tan complejas de la selva húmeda tropical.

De su innato saber arquitectónico dan cuenta los 80 campamentos que construyen al año con hojas de seje y platanillo, estos son elaborados con estética envidiable sin descuidar conceptos básicos como dimensión, forma, función, luz o color. Son la manifestación de la armonía entre los Nukak y el medio natural; un pedazo de la selva sin límites que los acoge, abriga y alimenta, un lugar que transforman y convierten en su espacio vital.

Descubrir ese mundo en una de las pocas tribus auténticas que sobrevive en nuestro país, superó las expectativas de la arquitecta de la Universidad Nacional, Elizabeth Clavijo Ortiz, cuando se propuso escudriñar otro lenguaje arquitectónico. Comprender esa forma itinerante alrededor de la cual se establecen dinámicas sociales, implicó una exploración más profunda que inició con un acercamiento a otras tribus amazónicas asentadas cerca al casco urba-no de Leticia, a lo largo del eje que constituye la vía Leticia-Tarapacá. Con los Yucuna, los Uitoto y los Ticuna, convivió durante cuatro meses, visitó sus malocas y recorrió las trochas que ellos caminaban, mientras socavaba en lecturas intensas la existencia de quienes le intrigaban más: los Makú.

Un diagnóstico de la situación social de la tribu nómada Nukak le indicó que la po-blación actual no supera las 500 personas, distribuidas en 13 grupos locales, cada uno con un territorio y líder propio. Los Nukak Makú es uno de los seis grupos que confor-man la familia lingüística makú-puinabe, y ha subsistido gracias a la caza de primates, reptiles, peces, y a la recolección de vegetales silvestres, insectos y miel, entre otros alimentos que cualifican sin necesidad de agricultura.

La mayoría de estos indígenas de baja estatura, piel café y cabeza rapada, viven desnudos. Conservan el nomadismo por su alta movilidad residencial (180 despla-zamientos al año), en recorridos a través del interfluvio de los ríos Inírida y Guaviare de la Amazonia colombiana. Esta capacidad de desplazamiento se fundamenta en la protección de la selva, pues cuidan de no sobreexplotarla.

Por el territorio en el que se desenvuel-ven, los Nukak no han escapado de la vio-lencia.

De hecho, acerca de su existencia se su-po solo hasta 1988 cuando una "banda" de 43 personas tuvo que salir a las cercanías de Calamar, en el Guaviare, debido a una serie de matanzas de las que fueron víctimas el año anterior. Desde entonces, su autenticidad se ha visto amenazada por el contacto con la sociedad occidental. "Algunos jóvenes han abandonado sus prácticas culturales y prefieren consumir alcohol, al parecer hay una naciente vergüenza por hablar su lengua, y algunos usan prendas para intentar cambiar su apariencia personal".

Makú, en una traducción libre quiere decir: "Persona sin parientes dentro de la etnia arawaca, por tanto puede ser esclavizada y vendida. Ello explica en parte por qué son marginados por los otros grupos indígenas", concluyeron en una investigación los antropólogos de la Universidad Nacional, Gabriel Cabrera, Carlos Franky y Danny Mahecha, hechizados también por el misterio de la tribu errante. Ellos aportaron un amplio conjunto de conocimientos etnográficos y lingüísticos que permitieron adelantar acciones a favor de los Nukak.

Huellas en la selva

"La arquitectura de los Nukak es uno de los aspectos culturales con menos cambios ante el contacto con el mundo occidental", advirtió Elizabeth luego de seguir más de cerca las huellas de este grupo humano. Considera que más allá de la forma y la función, establecer espacios habitables en la selva húmeda tropical implica el manejo de la relación del hombre con el entor-no ambiental y cultural. Territorio, cultura y arquitectura fueron los derroteros de su tesis, destacada dentro del concurso "Mejores trabajos de grado, XIV versión".

Desde niños los Nukak desarrollan sensibilidad por la arquitectura. Imitando a los adultos construyen sus propios refugios.
Foto :Cortesía Elizabeth Clavijo

Su condición nómada les ha permitido crear estrategias para adaptarse al medio. Así, los Nukak establecen asentamientos transitorios y una movilidad constante como estrategia para concentrar recursos.

Permanecen una noche en un campamento y lo abandonan intacto al día siguiente. Máximo, están 20 días en el mis-mo sitio. En cada traslado las mujeres llevan los objetos más pesados mientras los hombres se encargan de la cerbatana y las lanzas.

Los desplazamientos se realizan por sendas conocidas a lugares preestablecidos de acuerdo a intereses como la abundancia de recursos alimenticios -especialmente platanillo- y la cercanía a corrientes de agua. Los campamentos son de tipo residencial y su disposición espacial hace que todos puedan verse entre sí.

Hay campamentos temporales para verano y para invierno. Para la primera temporada son descubiertos y se organizan de forma irregular. Para la segunda son cubiertos y se organizan entre dos y cinco unidades domésticas, regularmente alrededor de un espacio central de carác-ter social. Su proceso de construcción no tarda más de tres horas, pues en una labor maratónica las bandas integradas por cazadores recolectores limpian el terreno con machetes hasta quitarle al suelo to-da la capa vegetal. Utilizan troncos firmes como postes para colgar los chinchorros y los disponen de forma paralela: en la parte superior duerme el hombre, y en la inferior, su compañera e hijos.
En invierno los postes sostienen un travesaño que soporta una cubierta elaborada con hojas de platanillo. Sus tallos se clavan del centro a los extremos en el suelo; estos se amarran entre sí con bejucos hasta formar un techo abovedado, una cubierta impermeable que evita el paso de agua en tiempo lluvioso, a la vez que facilita la entrada de luz solar.

Estas estructuras conforman las unidades domésticas o wapji; habitadas por una familia nuclear y eventualmente algunos parientes sin pareja o huérfanos. En este espacio privado en el que nadie entra sin ser invitado, el fogón, a todas horas flameante, es el centro de atracción. A su alrededor se cuelgan los chinchorros, se une la familia para cocinar y compartir los alimentos, o sencillamente descansan luego de la jornada "laboral". En cada unidad, una hoguera atizada por el viento es un símbolo de unión, además de ser un objeto funcional que seca el espacio ayuda a impermeabilizar la cubierta y a disipar los mosquitos.

Los Nukak Makú manejan los recursos de la selva de una forma recíproca. La concepción del techo de cada wapji así lo demuestra. Su estructura curva permite que se forme un área seca y dos líneas de goteo, cuyo propósito es transportar el agua lluvia hacia el exterior, donde los makú botan las semillas de los alimentos que consumen. Cuando las bandas dejan el campamento se forman allí huertos silvestres, de esa manera le devuelven a la selva parte de su capa vegetal, y evidencian una zona que no volverán a ocupar, pues la idea es no volver a estar en campamentos abandonados. Los huertos también tienen valor simbólico, pues allí entierran a sus muertos.

Los campamentos son espacios vitales particulares que se articulan con el bosque, están unidos por trochas y sendas, son marcas en el territorio y huellas en la selva.

Escenario simbólico

Los Nukak comparten en el campamento una zona central, que podría llamarse comunal. Alrededor de ese espacio las mujeres cantan mientras hacen chinchorros, los jóvenes tocan flauta de hueso de venado, otros comen carne de mono, mientras los niños juegan o aprenden a tejer pulseras. La selva les provee la materia prima y ellos con su pericia transforman caña en cerbatanas y cogollos de chumare en hilos.

La zona social es escenario de bailes, juegos y otras actividades. Alrededor de ésta practican artes como la pintura en cuerpos y caras, para esto emplean colorantes de especies como el achote y el eoro. La depilación es una práctica de hombres, mujeres y niños, quienes se quitan periódicamente los pelos de la frente y las cejas con la savia de algunas plantas.

Allí desarrollan rituales de encuentro que sirven para formalizar la llegada de un grupo local visitante al territorio del anfitrión y como mecanismo para resolver los conflictos o mediar entre ellos. "El encuentro comienza con un alegato, continúa con empujones entre unos y otros, y finaliza con un diálogo franco alrededor de un banquete".

Todo un conjunto de elementos prácticos y simbólicos que se articulan para dar una coherencia a la noción de entorno, supo leer la arquitecta Elizabeth Clavijo en la cultura Nukak Makú. Por eso resalta la importancia de pensar y comprender esas dimensiones arquitectónicas en otras culturas tan válidas como la nuestra. "El tiempo pasa, la historia se desarrolla, pero algunos elementos tradicionales continúan presentes, aun en medio de la modernidad".