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UNP No.70
Título : La identidad del honor y la venganza
Autor : Paula Andrea Grisales Naranjo
Sección: Sociedad
Fecha : Febrero 6 de 2005
La identidad del honor y la venganza

La espectacularidad y ferocidad del conflicto quedaron consignadas en medios escritos y en la historia oral como aspectos de mayor resonancia y recordación.

Paula Andrea Grisales Naranjo, Unimedios

"La venganza entre más pasa el tiempo, más hijueputa es todavía, porque tú no la esperas"; fue quizá por eso que la familia Valdeblánquez, tras cinco años de relativa tregua, no había asesinado al último varón de la familia Cárdenas: un niño.

En 1970, siete años antes del nacimiento de Hugo Nelson Cárdenas Cárdenas, su familia había comenzado un enfrentamiento con los Valdeblánquez en el que hacía falta la última pincelada del desquite. Libertad Cárdenas, la mamá, confiaba en que todo había terminado, "pero resulta que los 'manes' no querían matar a Hugo tan chiquitico, sino que lo querían dejar crecer para que le doliera más a la vieja". Y una mañana, cuando Hugo Nelson esperaba el bus para ir al colegio, recibió dos tiros que le provocaron la muerte. Así lo narra un amigo de su infancia.

Ese sería el último muerto tras el par-cial exterminio entre las familias Cárdenas y Valdeblánquez por casi 20 años. Todo comenzó cuando José Antonio Cárdenas, el padre de Hugo Nelson, asesinó a Hilario Valdeblánquez por un problema de honor relacionado con una mujer, dando lugar a una cadena de venganzas que acabó relativamente con ambas familias.

Esta historia, de gran parecido a la de una novela, tuvo su origen hace 35 años en Dibulla, una población de la Costa Caribe colombiana al suroccidente de Riohacha. Ya que produjo tanto dolor, nadie directamente involucrado quiere recordarla ni hablar sobre ella. Pero Nicolás Cárdenas y Simón Uribe, politólogos de la Universidad Nacional, a pesar de ser cachacos encontraron el boleto hacia esos recuerdos cuando por azar conocieron a Camilo, un médico bogotano que vivió en Dibulla durante tres décadas, y a quien la gente luego le atribuyó ser tío de estos jóvenes. Así pudieron dar inicio a un proyecto que se propuso analizar el caso desde la ciencia política.

El trabajo de grado resultante invita a salirse del enfoque politológico centrado en el análisis del estado y el sistema político y, en cambio, propone "considerar fenómenos sociales menos estudiados donde también se ejerce poder y violencia", explica Nicolás. "En este caso particular había un estado, el colombiano, pero no tenía injerencia alguna en la forma de dar una salida a la cadena de venganzas", asegura Simón.

Malditos encantos femeninos

Sobre el origen del conflicto hay varias versiones: según una, un Cárdenas se amancebó con una Valdeblánquez, con quien no quería casarse, mientras que en otra, dos hombres de las respectivas familias sostenían relaciones con la misma mujer. Pero, ¿por qué un problema de amores lleva al exterminio de dos familias? Para dar respuesta a este interrogante Nicolás y Simón definieron el conflicto como mestizo, "queriendo decir con esto que no es posible atribuirle una única respuesta, por el contrario, su estudio devela diversas influencias culturales presentes en la identidad del dibullero, donde se mezclan elementos de sus antepasados wayúu, español y africano". Los rasgos mestizos en esta cultura se entienden a partir del cruce de diversos grupos humanos, pues Dibulla es un lugar de frontera entre la Sierra Nevada de Santa Marta, el mar Caribe y la península de la Guajira.

En la identidad dibullera, Nicolás y Simón encontraron que la mujer, el honor y el parentesco, tienen notoria importancia a la hora de entender la magnitud de este problema interfamiliar.

La relevancia de la mujer se relaciona con un rasgo de género que hace del hombre (el padre y los hermanos) el defensor de su sexualidad; por tanto, cualquier atentado contra su "integridad" es una ofensa al honor colectivo, pues éste desborda el ámbito individual y se convierte en un valor familiar.

A su vez, Nicolás y Simón explican que una ofensa contra el honor "constituye un perjuicio al capital simbólico del ofendido, quien está obligado a actuar para restablecerlo". Así, la fuerza del parentesco hace que esa restitución cobije a los parientes y compadres del sexo masculino tanto del ofensor como del ofendido.

Entre los dibulleros, la ofensa más grande al honor es el derramamiento de sangre. Y recurrir a un tercero para darle solución, en este caso las autoridades, es aceptar que se es incapaz de defenderse por los propios medios. Por tanto, la muerte se paga con muerte.

De este modo, la obligación de respaldar a víctima y victimario cayó sobre los hermanos de los protagonistas iniciales: Hilario Valdeblánquez y José Antonio Cárdenas. Luego se transmitió a los primos hermanos y los hijos de los primos colaterales, a lo largo de 19 años.

Del burro a la Ranger

A mediados de la década del 70, la costa vivió una época de abundancia y derroche gracias al cultivo y tráfico de marihuana, que se conoció como "la bonanza marimbera". Hubo una oleada de nuevos ricos en la región que se tradujo en extravagancia y violencia. Este abrupto cambio se expresa popularmente diciendo que muchos pasaron del burro a la Ranger sin pasar por la bicicleta.

Entre las familias dedicadas a este ne-gocio estuvieron los Cárdenas y los Valdeblánquez. Esto les permitió, entre otras cosas, dejar el ámbito rural de Dibulla y trasladarse a Barranquilla y Santa Marta, donde transcurrió la parte más agresiva del enfrentamiento.

La bonanza tuvo un papel decisivo en este conflicto, pues fue esta coyuntura económica la que marcó el paso hacia una venganza feroz e inédita en la Costa. Hizo, por ejemplo, más letal la matanza entre ambas familias. Nicolás y Simón encontraron que esto se tradujo en la adquisición de armamento moderno, incluso con poder de destrucción a gran escala, como granadas y explosivos. Contrataron sicarios, mercenarios, informantes e incluso miembros de la policía y el ejército.

Y en vez de existir un tercero que ejerciera como mediador, hubo interés en mantener y avivar el conflicto a través de rumores y chismes callejeros, pues para muchos el enfrentamiento se volvió fuente de empleo.

Otro de los grandes cambios a lo largo de la guerra, ocurrió en su última etapa, cuando se hizo más cruda. Por causa del incumplimiento de un pacto de paz, con el asesinato de Francisco Cárdenas Ducad, el manto del desasosiego se extendió a mujeres, ancianos y niños como Hugo Nelson Cárdenas, la última víctima.

Y así, tras 19 años de venganza, con un número indeterminado de muertos entre implicados y ajenos al conflicto -algunos dicen que más de cien- , se dice que los ganadores fueron los Valdeblánquez, al dejar a los Cárdenas reducidos a una tropa de viudas y huérfanos. Al respecto, un dibullero sentencia: "Las guerras no son buenas ni ganándolas".