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UNP No. 87
Título : La reforma académica y el orden tranquilo de la razón
Autor : Fernando Zalamea
Sección: Universidad
Fecha : Febrero 6 de 2006

“El resultado final, producto de las directivas y de una razonable y razonada discusión dentro de una comunidad abierta a la renovación y al diálogo, puede convertirse en un ejemplo memorable de apertura, flexibilidad y gran capacidad relacional”.

La reforma académica y el orden tranquilo de la razón

El reconocido pensador Fernando Zalamea, acudiendo a los más excelsos instrumentos de la razón, ve lo que no se ha visto, dice lo que no se ha dicho de la reforma académica e invita a la sensatez en aras de mantener la dignidad histórica que hoy le corresponde extender a quienes residen el Alma máter.

Fernando Zalamea
Profesor del Departamento de Matemáticas de la Universidad Nacional de Colombia

La Reforma Académica , actualmente en curso en la Universidad Na cional de Colombia, ha producido una enorme reacción, a todas luces desmesurada. La que ha sido, y aspira a seguir siendo, la Universidad más importante del país debe forzosamente renovarse, y no sólo acoplarse a los tiempos que corren sino adelantarse a ellos. En ese sentido, una Reforma orientada a flexibilizar los programas curriculares, a apuntalar la investigación, a permitir enlazar los diversos espacios del saber y a abrir la Universidad hacia el exterior, merece saludarse como un esfuerzo de primer nivel. Otra cosa es que en medio de esa labor, por un lado, diversas parcelas disciplinares hayan visto comprometido el control de poder local que venían manejando, y que, por otro lado, los cauces de comunicación entre los promotores de la Reforma y los estamentos estudiantil y docente hayan sido deficientes.

Entre el temor a las pérdidas locales de poder y el complicado diálogo de sordos ocurrido al tratar de divulgar la Reforma, se ha generado un desafortunado vaivén de acciones y reacciones que, a entender de quien escribe, más tiene que ver con trasnochadas enemistades personales y manejos políticos subyacentes, que con las mediaciones académicas propias de un ámbito del saber como debe ser el nuestro. De hecho, más allá de la "acción" y de la "reacción", un espacio académico debe valorarse sobre todo gracias a la riqueza de sus "mediaciones" y de sus diálogos, es decir, gracias al orden tranquilo de la razón que debe gobernar todos nuestros actos.

Claramente contrarios a ese orden de lo relacional, de la apertura al otro, del disentir y convenir dentro de un diálogo constructivo, se sitúan los bloqueos de los edificios promovidos por las franjas más renuentes a la Reforma. Cerrar un espacio, a la fuerza, atenta, por supuesto, contra todos los valores naturales ligados al conocimiento: tolerancia, libertad, respeto, rigor, apertura, imaginación, sensibilidad. Los bloqueos solo logran fortalecer la situación de unos pocos e impulsar el péndulo de la vida universitaria hacia una peligrosa "sinrazón" en la que la fuerza se substituye al diálogo.

El repetido argumento de algunos estudiantes, según el cual solo gracias al bloqueo se llegó luego al diálogo, habría tenido sentido como una acción espectacular, cuidadosamente delimitada en el tiempo. Haber bloqueado los edificios durante dos o tres días -y luego haberlos reabierto con gran despliegue- hubiese llamado sin duda la atención sobre un problema importante a resolver. En cambio, el haberlos bloqueado durante semanas, y el volverlos a bloquear como probablemente suceda, se convierte en una forma declarada de oscurantismo, que solo lleva a un vacío académico y a la radicalización deseada por los sectores más extremistas de la Universidad.

De hecho, la radicalización se consiguió cuando el equipo dirigente de Rectoría decidió a su vez cerrar la Universidad en noviembre. A mi entender, esto puede haber sido un error mayor, con consecuencias más que preocupantes. Una de las grandes fortalezas de la Reforma Académica ha sido precisamente su "apertura" en múltiples registros: pluridisciplinar, polisémica, flexible, cuidadosamente atenta a "otras voces y otros ámbitos". En cambio, en manifiesta contravía con la misma Reforma Académica , se sitúa una acción como cerrar el campus universitario.

Así como debemos rechazar contundentemente la clausura de los edificios universitarios por parte de los sectores extremistas, debe evitarse la clausura del espacio universitario por parte de las directivas. Razones de orden público, de cuidado de la planta física y de impostergables compromisos de extensión y de investigación se esgrimen en defensa de la clausura del campus ante los bloqueos permanentes. Sin embargo, aquí, de nuevo, un mal manejo de los "tiempos" ligados a la noción de clausura parece haber llevado a potenciar un problema en vez de resolverlo. Dos o tres días necesarios para desalojar los edificios y para reabrirlos con gran despliegue (como deberían haber hecho anteriormente los estudiantes) hubiesen sido perfectamente suficientes. Casi dos meses de clausura para un espacio que debería estar siempre, casi religiosamente abierto, han sido excesivos.

Acciones dañinas

Lo más notable de las diversas "calabazadas" en las que se ha visto envuelta el Alma máter es, tal vez, el absoluto desajuste que existe entre los cambios propuestos en la Reforma Aca démica y las reacciones desproporcionadas a que ha dado lugar. La Reforma, que parece girar de manera central alrededor de la noción de "enlace", pretende enlazar pregrados y posgrados, entroncando unas carreras más cortas con una amplia gama de formaciones de posgrado, enlazar los diversos ámbitos disciplinares, gracias a la muy valiosa área menor y a la construcción de algunos cursos comunes a nivel de toda la Universidad, o enlazar nuestro propio ámbito interno con otros contextos académicos, tanto en el país como en el exterior. Los sencillos -pero asombrosa y terriblemente satanizados- créditos no representan allí más que una herramienta elemental, casi trivial, para permitir algunos traslados de conocimiento sobre unas bases "minimales" de información académica, cuyo uso tranquilo y razonable -tanto en otras universidades de nuestro país, como en Estados Unidos o en Kazhakstan, pasando por un sistema modélico como el de Finlandia (con su implementación del European Credit Transfer System) y del que tanto tendríamos que aprender-, no ha producido descalabros mayores.

La igualmente sencilla idea de que el pregrado debe ser solo parte de la formación integral de un individuo, en el curso de su vida, y de que, por tanto, es natural reducir ese tiempo de estudios, a la vez que se incentiva la continuación de su formación en el posgrado, nos acerca simplemente a las realidades de un mundo externo, que muchos cotos cerrados de caza dentro de la Universidad parecen querer desconocer.

Otra cosa muy diferente es que pretendan "maximizarse" uniformemente el número de créditos para todas las carreras, o que deba reducirse uniformemente el número de semestres de cada formación profesional. Dentro del espíritu de la Reforma, los "pluritiempos" (para usar un desagradable pero diciente neologismo) son también cruciales, y habrá lugar para que cada ámbito disciplinar reorganice adecuadamente la duración de sus planes de estudio. Pero, dentro del orden tranquilo de la razón, que debería ser sin duda el orden de la construcción y de la mediación universitaria, no deben entonces confundirse la vociferación y la negación de un todo, por quienes claman por ejemplo una derogación sin atenuantes del Acuerdo 037, con la maleación y la adecuación de las partes, por quienes abogan por introducir las modificaciones naturales que requiera finalmente el Acuerdo. El resultado final, producto de las directivas y de una razonable y razonada discusión dentro de una comunidad abierta a la renovación y al diálogo, puede convertirse en un ejemplo memorable de apertura, flexibilidad y gran capacidad relacional.

Tiempos cruciales

La riqueza de un ámbito creativo como el nuestro merece medirse por su capacidad de mediaciones en un conflicto de acciones y reacciones. Las directivas universitarias deberán proponer, de manera muy concreta, cuidadosos soportes económicos que puedan sustentar la Reforma Académica. La creación de la Vicerrectoría de Investigación, saludada por muchos como un signo de enorme esperanza para el futuro de la Universidad, ha servido para preparar un valioso plan estratégico de investigación para la próxima década, entre cuyos apoyos aparece la conformación de fondos estables que permitan multiplicar las becas de posgrado, asegurando de "manera real" la viabilidad de que estudiantes con bajos recursos, pero dirigidos a la excelencia, accedan a continuar su formación en el posgrado.

De nuevo, aquí, los tiempos serán cruciales. Es evidente, por ejemplo, que la estabilización de las reformas a los programas curriculares y las eventuales reducciones de los planes de estudios en el pregrado deberán ir acompañadas -"en el mismo momento", y no años después- de convocatorias de becas, amplias, extensas, generosas, para paliar así en parte las dificultades de los estudiantes que deseen enlazar naturalmente el pregrado con el posgrado.

El auge y el declive de cada una de nuestras acciones, tan magníficamente retratado en ese inmenso repositorio de humanidad que es El Quijote, nos acecha en cada instante. El exceso de protagonismo debe entonces tratar de eliminarse en una amplia comunidad como es la nuestra. Siempre anteponiendo el bien y el futuro de la comunidad -como teorizó sin descanso ese portento último de universalismo que fuera Charles Sanders Peirce-, deberíamos ser capaces de eliminar en los últimos meses de esta Rectoría los despropósitos individuales, los gritos del más fuerte, los equivocados improperios.

La dignidad de la Universidad está en juego, no tanto su nombre, que ya es significativo y razón de nuestro orgullo, sino su lugar más extenso dentro de la historia, heredero de una larga tradición humanista donde solo la razón y la imaginación han venido imperando, siempre en detrimento de las coacciones de hecho. Debe esperarse que, tanto profesores, como estudiantes, nos comportemos en los próximos meses cerca de esa alta dignidad a que estamos llamados, que seamos tremendamente responsables dentro del lugar privilegiado que ocupamos dentro de la sociedad, y que elevemos siempre, cada vez que podamos, el orden tranquilo de la razón por encima del cobarde bullicio de la sinrazón.