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UNP No. 87
Título : UN: entre la desesperación y la desconfianza
Autor : Gabriel Restrepo
Sección: Universidad
Fecha : Febrero 6 de 2006

Las medidas de fuerza contradicen el carácter abierto y pluralista que la Universidad ha defendido desde su creación.

UN: entre la desesperación y la desconfianza

La tensión cambio-oposición no es nueva de estos tiempos y, por el contrario, se espera que exista como expresión propia de la Universidad Nacional. Eso sí, siempre que medie la razón y el diálogo como código natural de lo que es: una academia con múltiples pensamientos.

Gabriel Restrepo
Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia (1970-2002).

Poco a poco, cierto escepticismo en torno a la Universidad Nacional cede paso a una esperanza moderada. No ha sido fácil descifrar atmósferas. Ni decidir entre el fracaso y la esperanza. Tanto más en una coyuntura nacional y regional tan crítica.

El pesimista hallará sin esfuerzo signos negativos ahora y en la historia de nuestros claustros. Pasear la mirada por bibliotecas en huelga deprime porque una biblioteca es señal de pensamiento. Detenerse ante graffitis es acto masoquista, porque allí naufraga la imaginación. No levanta el ánimo la convocatoria a asambleas "triestamentarias". El pesimista estaría tentado a suprimir dos letras para transformar dicha expresión en asambleas ultra "testamentarias", es decir apocalípticas. Y habría que recordar el cogobierno de 1972 para corroborar la validez de la burla. Un soberano fiasco. Porque una cosa es un poder autoritario, y otra someter la vida a consulta de todos en todo, cuando las funciones de los actores son distintas. La democracia no es una piñata y en la Universidad demanda ser pensada en función de la producción del saber.

Ello no significa que no haya razones para oponerse. Las hubo, las hay, las habrá. Pero hay razones de razones y modos de modos, cuya excelencia se mide por la capacidad de añadir razón a la razón. Y lo dice alguien que en su paso por la Universidad encarnó formas de disidencia, por las cuales aún paga un precio alto. Con orgullo.

Cierta historia de los claustros en Colombia induciría a asumir el pesimismo: desde la tenaz oposición a la reforma propuesta por Moreno y Escandón, hasta las más bien monótonas resistencias de una tradición camuflada de izquierda en el último medio siglo, el escéptico a ultranza no hallaría mucha diferencia. Tiempos, pretextos, igual teatro barroco.

Una propuesta tan elemental como la de integrar áreas del saber, organizar ciclos básicos y graduar el paso de pregrado a maestrías y doctorados, que es el alfabeto del siglo XX (desde la reforma de Harvard hacia 1920), ha sido resistida con mucha maña. Patiño Roselli intentó la integración, pero no lo pudo hacer en su campo, las ciencias de salud, ni en las ciencias de la tierra. Pequeñas pugnas y fieras tradiciones se oponen a asumir perspectivas amplias. Es cierto que Atcon con su desafortunada vulgarización del modelo norteamericano hizo mucho daño en su época. Pero ya desde entonces hubo propuestas serias de cambio, como la que enunciara Lauchlin Currie o como el suscrito y otros las propusiéramos desde hace más de 30 años con estudio, antes de que lo hiciera la administración actual. Siempre el tema fue recibido con indiferencia u hostilidad.

Los optimistas

Sin embargo, para ser justos, hay no pocos indicios de madurez. El optimista mesurado tendría dónde apoyarse para celebrar una mínima confianza en el porvenir. ¿Cómo no apreciar ese gesto valiente de profesores y estudiantes que se interponen entre tanquetas y grupos de choque para cambiar totes por claveles, a tono con las transformaciones políticas más exitosas luego de Mayo del 68, que son de opinión y no de fuerza? ¿Cómo no valorar esa institucionalidad de claustros y colegiaturas que tiende a imponerse como espacio de democracia, apropiado a la índole de la Universidad? Y hay mucho más: una paciencia y una previsión sabias han determinado aplazar reformas que, contra lo que dicen consignas, fueron estudiadas y puestas en discusión.

Estos rasgos de madurez honran la tradición de una universidad como la Nacional que fuera pensada por Manuel Ancízar, y los radicales, como laboratorio de integración cultural de una nación que en 1863 había apostado por una descentralización a ultranza. En sus claustros convivieron personalidades tan opuestas como Miguel Antonio Caro y Salvador Camacho Roldán en la era radical, o Jaime Jaramillo Uribe y Orlando Fals Borda en tiempos cercanos. Muchas de las opciones del país pasaron por la Nacional, como cuando en 1882 disputaron Salvador Camacho y Rafael Núñez, o cuando en 1928 Alfonso López Pumarejo pronunció unas conferencias premonitorias.

Hoy quisiéramos que un país con la mitad de su población en pobreza, lastrado por múltiples violencias, desgarrado en su ideología por ausencia de ponderaciones de un centro radical, hallara también en los espacios académicos razones y modos para transitar hacia esa segunda independencia de la que hablara Evo Morales en su discurso de posesión. Quisiéramos que en las aulas se fraguara en la escucha y en el estudio crítico del país esa segunda oportunidad sobre la tierra que merecen aquellos pueblos, como los nuestros, condenados por falta de amor a dos veces Cien años de soledad.

No será tarea fácil. Cualquier universidad y con mayor razón la Nacional, es complejísima. Como se ha experimentado en el conflicto reciente, con facilidad surgen racionalidades irreductibles en apariencia: modelos urbanísticos del campus universitario muy nostálgicos del proyecto del Búho figurado, acuñado por la Bauhaus, se oponen a visiones de un territorio que en pleno centro de la ciudad sirva como práctica para la veterinaria, la zootecnia o la agronomía; perspectivas mundiales impulsan a unos a acelerar el camino hacia los doctorados, en tanto otros propugnan por ampliar los pregrados; profesionales de algunas disciplinas temen que la integración con otras redunde en subordinación; profesores antiguos miran con recelo el relevo generacional; unos piensan que la insistencia de otros en la ciencia y la tecnología conduzca al olvido de la crítica a las condiciones sociales y políticas en la cual la racionalidad científico-tecnológica se promueve; modelos de dirección guiados por la eficiencia y la red son resistidos porque puedan llevar a un descuido del carácter dialogal de la Universidad y de sus espacios de tramas; docentes que ejercen su oficio con calidad, pero que no son competentes en la investigación, temen que la insistencia reiterada en esta competencia los relegue al olvido.

Si la universidad en el mundo no hubiera madurado para resolver éstos y otros conflictos, ya habría cedido su espacio a telenovelas, circos, arenas políticas y pasajes urbanos. En Colombia, soluciones de diálogos son posibles. Hay tradiciones, experiencias, talento humano. Solo algo parece condición: no cerrar los espacios a la discusión. Si las bibliotecas y las aulas se clausuran con arrumes de pupitres, estaremos perdidos. Si la lengua y el oído prosperan, en medio de nuestros desgarramientos, hallaremos nuestro propio camino, que no será ni el de Chávez, ni el de Lula, ni el de Evo, ni el de Bush, sino algo así como esa razón que va y viene de Bolívar a Santander y de Santander a Bolívar, entre la libertad y el orden, como dice el escudo.