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Juan Luis Rubiano y Martha Chaparro determinaron la calidad del aire de la Ciudad Blanca al revisar la salud y cobertura de los líquenes que tapizan la corteza de 77 urapanes, 7 álamos temblones y 4 yucas.

Ciudad Universitaria, un hálito para Bogotá

En lo más recóndito de su estructura, los líquenes amontonan la polución de la ciudad. Al revisar sus escondrijos, dos investigadores hallaron las improntas de contaminación atmosférica del campus de la Universidad Nacional, una de las manchas verdes más grandes de Bogotá.

Equipo periodístico,
Unimedios

Cerca de la Carrera 30, se calcula que un liquen tardó decenas de años en colonizar los cinco metros del tronco de un urapán, pero la proximidad a la enorme arteria urbana por donde transitan 18 mil vehículos por hora le ha hecho acumular tal cantidad de metales pesados, partículas y gases, que su tallo ha empezado a empardecer, “síntoma irremediable de muerte por necrosis progresiva del centro del liquen”, explica la bióloga Martha Chaparro.


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  1. Liquen normal
  2. Empardecimiento del centro por contaminación
  3. Muerte del centro del talo
  4. Formación de un anillo (necrosis en el centro)
  5. Formación de media luna por muerte de la mayoría del talo
  6. Necrosis aguda y fragmentación del talo. Se establece un desierto de líquenes

Cien metros más adentro, sin embargo, “colgada” de un álamo temblón esa simbiosis hongo-alga, que configura el liquen, luce un brillante verde claro, signo de que aún produce clorofila, porque –más afortunada– está protegida por arboledas que, mezcladas con edificios, desvían el viento y su carga contaminante que viene de Puente Aranda, la zona más contaminada de Bogotá.

La suerte disímil de ambos líquenes ilustra la concentración y la diversidad de gases y partículas que vician la calidad del aire que respiran los habitantes de la Ciudad Universitaria, una de las “islas ambientales” más extensas de la capital. Algo que a los ojos (¿o al olfato y la piel?) de los transeúntes resulta imperceptible, pero no para los líquenes, sutiles almacenes del aliento tóxico que colma la atmósfera.

Para los biólogos, investigadores y docentes de la Facultad de Ciencias Luis Juan Rubiano y Martha Chaparro, las 121,35 hectáreas de terreno constituyen más que el apacible campus universitario, depositario, todavía, de fauna y flora silvestres en pleno corazón de la ciudad. Durante un año convirtieron en su laboratorio a las comunidades de líquenes hilvanados a sus árboles para escudriñar tres situaciones: determinar el grado cualitativo de contaminación de la Ciudad Blanca, mostrar su papel determinante como barrera protectora contra la contaminación de los barrios aledaños y comprobar cómo una arboleda, más que un cuadro campestre en medio del cemento, presta un servicio ambiental estratégico en la calidad del aire.

Los líquenes, llamados “el más lento telegrama de la tierra” por su metabolismo pausado, son organismos altamente sensibles a la contaminación atmosférica. Carentes de un sistema protector, su superficie está expuesta al paso de líquidos y gases, que acumulan a lo largo de su vida, por lo que se convierten en un bioindicador eficiente. “Estos indicadores biológicos tienen ventajas tales como el bajo costo, los resultados rápidos y la posibilidad de proporcionar información acumulativa, integrada y discriminada gracias a su capacidad de respuesta frente a las alteraciones del medio, que difícilmente puede ser evaluado, debido a los altos costos de monitoreo, a través de mediciones físico-químicas”.

A mediados del siglo XIX, un célebre botánico, refiriéndose a la flora liquénica de Manchester declaraba: “su cantidad ha disminuido en los últimos años a causa de la tala de los árboles viejos y a la influencia del humo de las fábricas…”. En efecto, poco después se reportó por primera vez un desierto de líquenes (zona desprovista de estos organismos) en Estocolmo con la entrada de la era industrial. En todos los estudios posteriores se corroboró la relación entre niveles altos de dióxido de azufre y la disminución de los líquenes, confirmando el mismo patrón: la diversidad y la abundancia de los líquenes disminuye gradualmente con la aproximación a las ciudades y centros industriales.

 

El mapa de la polución

El establecimiento en el campus de 22 estaciones de muestreo, cada una de cuatro árboles, permitió probar la relación entre la presencia de flora liquénica abundante y fértil con áreas poco contaminadas y, por el contrario, escasa y enferma con lugares contaminados. A partir del Índice de Pureza Atmosférica (IPA), la fórmula matemática que correlaciona estas variables, se fundamentó el soporte científico del trabajo de los dos investigadores.

El resultado de las observaciones y el análisis de líquenes es un mapa de áreas de isocontaminación atmosférica de la ciudad universitaria. En su elaboración se utilizó la capacidad bioindicadora de estas plantas para detectar cambios en la calidad del aire. Su lectura sigue la forma de una cebolla cabezona: las zonas de mejor calidad atmosférica están ubicadas en el centro del campus, y concéntricamente son rodeadas por tres áreas de contaminación creciente, que se desplazan hacia los bordes (Ver mapa).

Así, la geografía de la polución en el campus se dividió en cuatro zonas: “Contaminación Máxima” (Zona I), situada en las entradas de las calles 26 y 45 e influenciada por tráfico externo y fuentes internas como chimeneas, exostos, calderas y extractores de los laboratorios académicos y los grandes parqueaderos; “Contaminación Alta” (Zona II), localizada en el contorno, principalmente hacia la transversal 38A, la carrera 30 (Avenida Ciudad de Quito) y la calle 26 (Avenida El Dorado), guarda estrecha relación con la ausencia de barreras vivas; “Contaminación Moderada” (Zona III), tiene lugar en zonas intermedias y constituye 27,5% del total de la extensión del campus, y “Contaminación Baja” (Zona IV), emplazada en el centro de la ciudad universitaria, obedece al efecto benéfico de setos arbóreos y edificaciones, que bloquean eficientemente las emisiones externas.

La composición de esa cartografía se deriva del hecho de que el campus se encuentra asediado por los principales contaminantes del aire urbano en Colombia: partículas en suspensión, dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno, monóxido de carbono, ozono e hidrocarburos no metálicos emitidos desde el exterior por las grandes vías que lo rodean.

Los vehículos que transitan por el anillo vial de la Universidad, aunque en menor proporción, ponen su cuota. La intersección de éste con la entrada vehicular de la Transversal 38A arrojó una mancha de “Contaminación Máxima”, pues esta portería soporta el 37% del tráfico de la Universidad, con 9.798 de los 24.483 carros que en promedio circulan a la semana, de acuerdo con los datos suministrados por la División de Vigilancia y Seguridad de la Universidad. También se destacan en esta categoría los parqueaderos de la Facultad de Medicina y el aledaño a la Facultad de Enfermería, así como una pequeña mancha en el sector de Ensayo de Materiales (Facultad de Ingeniería), relacionada con la gran cantidad de extractores y pequeñas chimeneas emplazadas dentro o cerca de esta zona. Aunque existe un control riguroso de la concentración de los gases de las calderas y chimeneas no existen mediciones en la parte externa de ellas.

La vecindad con Puente Aranda no es menos nociva. Según el informe de la Agencia Japonesa de Cooperación Técnica, Jica, ese sector industrial supera en 70,2% el nivel de material particulado establecido por la norma del Ministerio de Salud, lo que contribuye a circular en las inmediaciones de la Ciudad Universitaria entre 131 y 292 microgramos de partículas por metro cúbico cuando el tope máximo está en 303,06 mg/m3.

“Es importante destacar el papel de la dirección del viento en el transporte y rutas de acceso de los contaminantes a la universidad”, afirma el profesor Juan Rubiano. Indica que las corrientes predominantes, según la estación del Dorado, provienen del nororiente, suroriente y del norte, y según la estación de Puente Aranda, del suroriente y occidente. En consecuencia, durante la mayor parte del año los vientos entran a la Universidad por la Calle 53, la carrera 30, la capilla y la Transversal 38A. “Sin embargo, y para beneficio del campus, los vientos tropiezan con barreras fuertes, aunque discontinuas, que frenan o disipan su fuerza y el contenido de sustancias nocivas”, dice.

No obstante los claros y oscuros del mapa de isocontaminación, la Ciudad Universitaria posee mejor calidad de aire que el resto de la ciudad, lo que le confiere el estatus de isla ambiental. Así también lo confirma el hecho de formar parte –con el Jardín Botánico el Parque Simón Bolívar, los Cerros Orientales y el Parque Nacional– del corredor ecológico más importante de Bogotá donde anidan y buscan alimento aves locales, exóticas y migratorias. Pero ¿cómo es eso posible?

Esto, señala el profesor Rubiano, “se debe al efecto protector de los árboles y de los edificios que actúan como pantalla, impidiendo el paso del smog proveniente de las dos avenidas perimetrales de alto tráfico (Carrera 30 y Calle 26) y el de menor calibre originado por la Calle 53 y la Transversal 38”. El campus a la vez opera como sombrilla de los barrios vecinos El Recuerdo, Quinta Paredes y Rafael Núñez que, de no estar resguardados por la Universidad, recibirían todo el impacto de las emisiones de la Carrera 30 y la Calle 53.

Sin duda, el patrimonio arbóreo tiene un peso definitivo en el estado saludable del gran parque urbano que representa para Bogotá la Ciudad Universitaria, pero lo menos deseable es que tengamos un desierto de líquenes, porque eso querría decir que nos estaríamos envenenando con cada respiro.

Por una ciudad más respirable

Con la intención de fortalecer el papel de parque urbano, los investigadores señalan unas recomendaciones que permitirán mejorar la calidad de aire del campus y, con ello, la de esta parte de la ciudad:

  • Promover en el campus una cultura de movilización sin uso de vehículos. Con el programa de bicicletas ya se dio el primer paso.
  • Ampliar el programa de monitoreo de contaminantes provenientes de las fuentes fijas y móviles.
  • Preservar y ampliar la zona IV, incrementando las áreas peatonales y la cobertura vegetal.
  • Completar la arborización perimetral del campus para formar una barrera que contrarreste la entrada de partículas y gases. Sectores como la Avenida 38A y la calle 26 son prioritarias, pues están completamente desprotegidas.
  • Para lo anterior se sugiere un diseño multiestrato de los setos, con el fin de atrapar de manera eficiente y a varios niveles los contaminantes sólidos y gaseosos. Se recomienda, entonces, la siembra de balso, baluí, cajeto y ciprés, como árboles grandes; guayacán de Caldas, árbol de las velitas, chicalá, tilo, alcaparro, cotono, garrocho, como arbolitos, y abutilón, farolito, cayeno, malvavisco, mermelada, como arbustos. La idea es que produzcan frutos, de tal manera que sean atractivos para las aves y cumplan una doble función: ecológica y purificadora del aire.
  • Delimitar zonas específicas de parqueaderos, rodeados por setos de baja altura (1,5 metros), que contengan los contaminantes emanados de los autos.