Vistazo Crítico al Salón Nacional

Este ciclo ofrece una mirada amplia de las prácticas artísticas y culturales de la zona centro- occidente del país. La exposición estará abierta del 30 de agosto al 30 de septiembre

Ricardo Arcos-Palma,
Docente investigador Escuela de Artes Plásticas y Coordinador del Grupo de Investigaciones en Ciencias del Arte.

Desde 1999 comenzó a girar un debate alrededor del Salón Nacional de Artistas. Se hablaba desde varios ámbitos –académicos, instituciones culturales y el gremio de los artistas– de que el Salón era demasiado obsoleto. Su figura, considerada por la mayoría de los representantes institucionales –José Roca, Jaime Cerón, etc.– como absolutamente moderna, necesitaba un replanteamiento adecuado a nuestra época. Publicaciones editadas por el propio Ministerio de Cultura, como “Postreflexiones sobre el Salón Nacional”, aglutinaban varias opiniones –no propiamente reflexiones en el sentido estricto de la palabra– que intentaban dar cuenta de una serie de elementos y apuntaban a construir una nueva figura del Salón o quizá a transformarlo por completo. Al Salón hay que, sino eliminarlo, transformarlo, decían sus detractores. Para ello se propuso una reforma de fondo donde la curaduría como modelo de “selección” terminaría sepultando esa “demagogia participativa” (José Roca) en la que se había convertido el Salón, donde todo cabe, y donde los artistas compiten en desigualdad evidente, por el premio gordo. Así surgió en el debate la figura del curador.

Surge entonces una propuesta de modelo curatorial impulsada por el propio Ministerio (Andrés Gaitán y Miguel Rojas Sotelo), “Proyecto Pentágono”, conformado por cinco curadurías que daban cuenta en el papel de un amplio panorama del arte contemporáneo colombiano. El proyecto, si bien tenía grandes bondades, no logró el despliegue que merecía. Surgió entonces este interrogante: ¿Vale la pena reemplazar algo que no funciona por algo que no funcionaría tampoco por cuestiones presupuestales? Sin embargo, el reto fue planteado y la reforma siguió su curso.

Hoy, siete años después, el asunto parece saldado. El Ministerio ha sumido con profesionalismo una reforma de fondo, sin eliminar el Salón, pero transformándolo. El modelo curatorial ha sido instalado y todo parece ahora funcionar y estar a tono con la época post. Sin embargo, bien vale la pena echar un vistazo crítico a este proceso y la última versión del Salón nos da elementos para ello. Varios curadores invitados fueron los encargados de dar cuenta de lo que sucede en la región. Esto es importante, pero el modelo curatorial, excluyente por naturaleza, deja de lado una visión mucho más grande de lo que verdaderamente es la región. Nos encontramos entonces con una serie de exposiciones que muestran una perspectiva insular de lo que sucede artísticamente en el país. En todas las curadurías un mot d´ordre parece guiar los “procesos” curatoriales: lo políticamente correcto. De un momento a otro, y en un contexto sociopolítico tan complejo como el nuestro, el arte de golpe parece asumir un “compromiso político”i. Pero tal giro a lo social genera ciertas y serias dudas. En este mismo momento se afirma en varios espacios de discusión (esfera públicaii) que “todo es político” y que todo arte en consecuencia es político. Esta exageración, que ha sido acogida fervorosamente y casi religiosamente por nuestros gestores culturales, nos lleva a reflexionar sobre lo siguiente: ¿qué significa ser político, sobre todo desde un punto de vista artístico? Cuando el arte se politiza es porque la política usurpa sus dominios y de eso la historia nos ha dado cuenta. ¿Eso está sucediendo realmente en nuestro contexto? Lo que es realmente preocupante no es si el arte gira hacia lo político, sino más bien que se confunda el arte con lo político, sobre todo donde el ser político hic et nunc, es un verdadero compromiso. ¿Y sobre la disidencia?iii Indudablemente esta tendencia a homogeneizar varias miradas acerca de lo político, sobre todo impulsado desde la institución, nos hace pensar que aún estamos lejos de ver un Salón Nacional tal como lo concebía en su creación Jorge Eliécer Gaitániv. Pero, para no ser pesimistas, el Salón Transformado cumple su función, tal como venía sucediendo hasta ahora: hacer visibles las contradicciones y tensiones socioculturales propias de un contexto político complejo como el nuestro. En este sentido, larga vida al Salón. Sin embargo, resta elaborar un dispositivo crítico donde la crítica críticav pueda desplegarse y propiciar así una verdadera opinión pública. Y la academia, en ese sentido, tiene una enorme tarea.

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