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El liderazgo depende de ser percibido por los otros como ejecutor de los deseos colectivos.

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Colombia y el proyecto Uribe: jugados a una sola carta

En un país cansado de gobiernos inútiles (Pastrana se fue en blanco, Samper sólo hizo daños…) estos logros bastarían para entender el entusiasmo que despierta Uribe. Pero hay más: a aquella sintonía inicial habrían de sumarse dos factores para hacer aún más popular al Presidente.

Hernando Gómez Buendía.,
Ph.D., Sociólogo de la Universidad Nacional

El líder es como el corcho en el remolino: parece dirigir la corriente, pero en realidad lo lleva la corriente. El liderazgo no depende de rasgos personales, sino de ser percibido por los otros como el mejor portador y ejecutor posible de los deseos colectivos. Esta hipótesis “relacional” parece ser la mejor establecida cuando se piensa en los grandes líderes políticos.

¿Por qué Uribe?

Álvaro Uribe es un gran líder político. Fue el primer candidato de la historia que derrotó a los dos partidos tradicionales y fue el primero en un siglo que se hizo reelegir a voto limpio. Su proyecto surgió como una disidencia marginal y en pocos meses obtuvo el 53% de los votos. Más todavía: tras el presunto desgaste de un cuatrienio, volvió a ganar –y con 62% de los votos.

Es porque Uribe ha sabido captar mejor que nadie los deseos y emociones de la gente. Mientras todos los otros candidatos se afanaban por visitar El Caguán él se opuso de frente al mal llamado “proceso de paz”. Y acertó: tras el fracaso de Pastrana, el péndulo volvió a la mano dura. Y derrotar a las Farc se convirtió en el propósito nacional más decidido que Colombia jamás haya tenido.

Y es porque la guerrilla, que siempre anduvo lejos de derrocar al régimen, había acabado por asfixiar la economía: el secuestro de empresarios espantaba la inversión y el cultivo de la coca nos alejaba de Estados Unidos. Por eso, después de 50 años de negligencia y mediastintas, la clase alta decidió derrotar militarmente a la guerrilla. Uribe era su carta –y era también la carta de la clase media encerrada de miedo en las ciudades.

A eso ha dedicado su gobierno. Y es aquí donde muestra sus mejores resultados. Con Uribe, el pie de fuerza ha crecido en más de 30%, el gasto en seguridad se ha duplicado, la tecnología militar se ha transformado, el Estado patrulla el territorio y los civiles están colaborando. Las tomas de pueblos han disminuido en 87%, los asaltos en carretera en 84%, los secuestros en 78% y los homicidios en 43%. El ELN está desbaratado y las Farc han perdido territorios, comandantes, recursos económicos y cientos de reclutas.

En un país cansado de gobiernos inútiles (Pastrana se fue en blanco, Samper sólo hizo daños…) estos logros bastarían para entender el entusiasmo que despierta Uribe. Pero hay más: a aquella sintonía inicial habrían de sumarse dos factores para hacer aún más popular al Presidente.

El primero, es su estilo de gobierno al por menor, resumido en los “consejos comunitarios”, que apela magistralmente a la Colombia profunda, al país pueblerino que somos aunque no lo digamos, donde Uribe (y el Presupuesto Nacional) han reemplazado a los antiguos gamonales.

El segundo es su talante cultural premoderno, de caballos y sombreros, oraciones y regaños, detrás del cual se dan cita la derecha parroquial, la derecha dura y la derecha mundial que encarna Bush.

La única opción

A base de atacar a la guerrilla, de clientelismo y de valores premodernos, el Presidente Uribe ha forjado una nueva mayoría. No apenas una alianza electoral, sino una mayoría estable y aplastante. Lo bastante para cambiar a gusto la Constitución, para hacerse reelegir y para concentrar los poderes del Estado. Lo bastante para que una muy gruesa capa de teflón lo defienda de sus críticos, de sus errores y de los escándalos de sus amigos.

Lo bastante también para haber congelado la política. Se acabó la fila india. Se acabó la disputa entre los dos partidos y también la disputa entre facciones del liberalismo. A pesar de la pobreza y la desigualdad, estas dinámicas no fueron reemplazadas por la confrontación entre derecha e izquierda, como en el resto de América Latina. El eje de la política colombiana se llama Álvaro Uribe y la cuestión esencial es la disputa por suceder a Uribe.

Por eso asistimos al espectáculo inusual de un Presidente sin partido, pero con cinco partidos de bolsillo. Por eso los ex presidentes liberales en vano se han turnado para rogarle a Uribe que reciba las llaves de la sede (y es que el liberalismo de Colombia no es sino eso: la sede). Por eso los delfines de antes (los Santos, los Holguín, los Lleras) corren a posicionarse bajo un jefe a quien ayer veían como un provinciano. Por eso son tan duros los codazos y es tan precaria la unión entre los varios partidos uribistas.

También por eso el antiuribismo vino a ser el común denominador de las minorías. La izquierda, después de 60 años de canibalismo, convergió primero en el PDI y luego en el PDA, para sumar 2,6 millones de votos con la candidatura de Gaviria. Y lo que queda del Partido Liberal está cerca del Polo. Pero tanto el Polo como el liberalismo están jugando al contragolpe y en la cancha marcada por Uribe.

Y sin embargo

O mejor: en la cancha marcada por la historia, porque Uribe en realidad no es Uribe, sino la carta que escogió Colombia para ganarle la guerra a la guerrilla. Quizá la única carta posible para una dirigencia tacaña, negligente y aún hoy incapaz de entender que el complejo conflicto colombiano exige una respuesta integral y exige sacrificios.

Estamos, pues, aplicando el remedio militar con muy buenos resultados en hacer recular a la guerrilla. Pero el avance adicional ha sido cada vez menor, lo cual sugiere que esta estrategia ya sobrepasó el punto de máxima eficacia. Más aún: la estrategia escogida para esta segunda parte de la guerra no garantiza el mismo éxito.

En efecto: la guerrilla volvió a ser una guerrilla. Por ineptitud del Ejército bajo Samper y por la ganga de El Caguán bajo Pastrana, el “Mono Jojoy” pudo pensar en un salto de escala (remember Las Delicias, Patascoy, Puerres…); pero esta anomalía ya está corregida y las Farc son de nuevo lo que son: una fuerza trece veces más pequeña que el Ejército, dedicada a tenderle emboscadas.

Una guerrilla así no puede asaltar más cuarteles, pero tampoco puede derrotarse a punta de bombazos: esta es la falacia del Plan Patriota, cuyos pares tampoco han funcionado en Iraq o Afganistán. Como prueba la experiencia de casos tan distintos como Malasia, Kenya, Salvador, Filipinas o Perú, para ganar la guerra contrainsurgente se requiere de tres cosas que acá faltan: (a) Más inteligencia policial (los grandes golpes a las Farc, incluso bajo Uribe, han sido más de detectives que de aviones); (b) Más presencia integral del Estado (que hoy, por el contrario, se retira del Caquetá) y (c) Más apoyo de la población (en lugar del rencor que aquí despiertan las fumigaciones).

Así, pues, ya comienza a agotarse la estrategia para salir del conflicto que Colombia escogió y encargó a Uribe:

- Una muestra inquietante es la presión sobre las Fuerzas Armadas para inventar “positivos”, a base de atentados fingidos, detenciones arbitrarias y hasta “bajas” de inocentes.

- Una prueba palpable es el fracaso en el frente de la droga. Según informan el New York Times y la revista Cambio, los cultivos disminuyeron en 40% durante los tres primeros años de fumigación, pero a partir del 2003 han dejado de hacerlo y Colombia hoy exporta más cocaína que hace cuatro años.

- Una sombra pendiente es la anunciada rebaja en la ayuda de Estados Unidos, cuando la guerra en la selva es tan costosa, cuando el margen fiscal vuelve a estrecharse y cuando Uribe propone bajarles los impuestos a los ricos.

- Un efecto lateral muy preocupante es el avance de los ambiguos “señores de la guerra”. En tanto “paramilitares”, ellos se sumaron al propósito nacional de derrotar las Farc, y en tanto “autodefensas”, se están beneficiando del perdón. Pero en tanto son “narcos” y barones políticos el proceso también les ha valido para limpiar, consolidar y extender su nefasto poder.

Son costos y consecuencias de haberlo apostado todo a una sola carta. Si fuéramos una sociedad racional, estaríamos estudiando otras opciones.

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