Aunque la película plantea el problema de la moralidad, en la realidad la decisión no es tan simple.

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La moralidad de la guerra y la moralidad en la guerra: A propósito de la película Soñar no cuesta nada

Más que una simple película o las reacciones en torno a la culpabilidad o no de los soldados, el mensaje que está latente en el ambiente social es el de la moralidad. Análisis de la realidad nacional en torno a la película Soñar no cuesta nada.

Diana Marcela Rojas,
Profesora del IEPRI, Universidad Nacional de Colombia

Esta película, que narra los hechos ocurridos en el 2003, cuando un comando del ejército durante un operativo en el Caquetá se encuentra la famosa “guaca de las Farc”, nos hace reflexionar sobre los efectos del conflicto armado en el tejido social y particularmente en los términos de referencia de la moralidad, la justicia y la legalidad en el país.

Para empezar, buena parte de la película se desarrolla en el campo de operaciones y hace énfasis en lo que significa, aunque sea en una aproximación superficial, que esta guerra se desarrolle en medio de la selva, con las condiciones de esfuerzo físico y psicológico que ello implica. Una película que de este modo escenifica la experiencia de los militares colombianos no deja de ser interesante y nos recuerda que también allí hay una perspectiva y una visión del conflicto que la mayoría de los colombianos desconocemos.

Pero tal vez el mayor aporte de esta película es ponernos a reflexionar sobre la moralidad de esta guerra y la moralidad en la guerra. ¿Es esta guerra moralmente justa?, ¿justa para quién?, ¿justa desde qué punto de vista?, ¿se debe hacer una guerra a cualquier costo?

Indudablemente, las consideraciones políticas de la guerra y las opciones de acción que se le plantean a los responsables políticos y al conjunto de la sociedad deben ser consideradas no sólo en el terreno de los principios, sino también en el de los resultados. Sin embargo, el realismo y el pragmatismo en política no bastan, pues la dimensión ética es insoslayable en una democracia.

Una democracia está obligada a preguntarse igualmente por la validez de los medios en la guerra: ¿el fin justifica los medios?, ¿se vale a nombre de la justicia y de la igualdad social mantener por años y años casi enterrados vivos a soldados, policías, funcionarios, políticos o gente del común?, ¿es moralmente correcto aceptar o no un canje humanitario?, ¿cualquier cosa es negociable en aras de la pacificación? La dificultad para establecer un juicio claro y distinto en cada una de tales interrogantes nos revela que la pregunta por la moralidad del conflicto y en el conflicto que vivimos no nos puede ser ajena.

La principal virtud de la película consiste en plantear algunos de estos grandes dilemas morales no en forma de debates abstractos, sino encarnados en personajes y situaciones concretas. Uno de esos dilemas es vivenciado por el soldado Porras que antepone su sentido del deber al de la conveniencia hasta cuando termina, al igual que sus compañeros, cayendo en la tentación del dinero fácil. Pero también entra aquí en juego el tema de la corrupción. La idea de que los altos mandos, los líderes políticos, quebrantan tanto o más las reglas de la legalidad y de la moralidad no sólo en su propio beneficio, sino en detrimento de la sociedad.

La frase repetida en la película de que esta riqueza súbita “nos la merecemos”, el argumento de que eso es de los “narcoterroristas” y es malhabida y que, además, “si no lo hacemos nosotros, los de más arriba harán lo mismo sin dejarnos nada” son sin duda un argumento poderoso. De allí que la moraleja de la historia terminaría siendo: “ser honesto no paga”. Y, sin embargo, del otro lado está la pregunta acerca de cómo puede el Estado eximirse de condenar estos comportamientos, que también van en su contra, sin generar la sensación de permisividad e impunidad.

El tema de la “guaca de las Farc” reveló hasta qué punto se ha deteriorado el país en medio de esta guerra en términos de moralidad, de reglas de juego, de justicia, de sentido del deber. Un deterioro que nos refleja que no hay manera de distinguir claramente entre “buenos y malos”, entre “honestos y deshonestos”, porque todos tienen una justificación, porque todos encuentran razones para legitimar su comportamiento, porque en algún momento o de manera reiterada, el sistema ha sido injusto con ellos. Es precisamente esto lo que alimenta un círculo de venganzas, de retaliaciones, de justicia por mano propia, que parece no tener fin. ¿Quién tiene razón y quién se equivoca al reivindicar la justeza y corrección de su causa cuando ha perdido a manos de otros a un familiar o a un amigo?, ¿quién está errado cuando la pobreza, la discriminación, los malos tratos o los bajos salarios generan la sensación de trato injusto o de humillación y sacrificio en vano?, ¿quién es injusto al reaccionar cuando se lo priva de aquello a lo que tiene derecho?

En estas condiciones, la injusticia, es la de todos y la de ninguno. Allí todos aparecemos como víctimas y victimarios. Nos preguntamos entonces ¿cómo, en esta situación de indiferencia moral, se pueden generar condiciones para una solución viable al conflicto?, ¿cómo, sin un mínimo sentido de los límites entre lo permitido y lo prohibido, entre lo aceptable y lo inaceptable, entre lo justo y lo injusto, puede ser posible una reconciliación social a largo plazo?

Una buena muestra de que la historia abordada en la película no se refiere a un simple episodio de corrupción o de codicia por parte de unos cuantos han sido las reacciones a la reciente condena de los militares que participaron en el incidente. Una reacción que no deja de establecer comparaciones con el actual proceso de negociación con los grupos de autodefensa. Una justicia demasiado dura o demasiado blanda, pero ¿para quiénes?

Y entonces a la lección “ser honesto no paga” se le agrega una que la historia colombiana parece reforzar: “la violencia sí paga”. Esta lección señala que las condiciones de justicia no provienen del estado, de reglas de juego claras y efectivas, sino de las condiciones materiales y el control de los medios de violencia para hacer valer la propia voluntad. El corolario del razonamiento resulta ser que los soldados terminaron siendo castigados no tanto porque su comportamiento haya sido ilegal, en contra del sentido del deber, o inmoral, sino porque son el eslabón más débil de la cadena. Precisamente allí donde el estado, impotente ante los más fuertes, puede hacer despliegue de su potestad.

“En la guerra la primera víctima es la verdad”, señala la conocida máxima. Y con ella también perece el sentido de lo humano, de lo moralmente correcto. Cuando nos deja de conmover el dolor del otro, cuando una muerte más es sólo eso, “una muerte más”, cuando la honestidad no paga, cuando la justicia es una opción irrealizable, cuando siempre gana el más vivo o el más fuerte, algo grave está pasando, algo que parece dejarnos sin opciones.

En este conflicto, entonces, perdemos todos. Perdemos tejido social, sentido de la solidaridad y de la compasión. Perdemos la confianza y la esperanza en un futuro mejor. Los costos de este conflicto van más allá de las pérdidas en valiosas vidas humanas, en recursos, en crecimiento económico y productividad. El costo mayor de esta guerra, que se prolonga indefinidamente, es el de nuestra alma, como individuos y como país. Por eso, la pregunta por la moralidad en esta guerra sigue siendo no sólo pertinente, sino, y sobre todo, urgente.

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