Así, al comienzo del declive, es posible preguntarse las razones del anterior éxito de Silvio Berlusconi.

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Italia: ¿Después de Berlusconi, qué?

A pesar de que muchos sectores ven con buenos ojos la derrota de Berlusconi en las elecciones de abril, otros no están seguros de lo que sigue. El profesor Botti habla de un berlusconismo sin Berlusconi.

Alfonso Botti,
Profesor de Historia contemporánea en la Universidad degli Studi “Carlo Bo”,
Urbino, Italia

En las elecciones políticas del 9 y 10 de abril pasados la coalición de centro-derecha de Silvio Berlusconi salió derrotada por pocos votos. Con el 49,7% de los votos obtuvo 277 escaños en la Cámara, mientras a la coalición de centro-izquierda, liderada por Romano Prodi, que alcanzó el 49,8% de los votos, le tocaron 340 diputados. Incluso más reducida quedó la distancia entre los dos bloques en el Senado donde, con el 50,2% de los votos, los partidarios de Berlusconi obtuvieron 156 escaños, mientras la centro-izquierda, con el 48,9%, obtuvo 158 senadores.

Para entender la situación no hay que olvidar que las elecciones se celebraron con una nueva ley electoral, elaborada y votada por el centro-derecha, que permitió que por primera vez pudieran expresar su voto los italianos emigrados a los cinco continentes; que Berlusconi se empeñó sin descanso en la campaña electoral recuperando una gran cantidad de los consensos perdidos a lo largo de su actuación como jefe del ejecutivo; que en los días siguientes al 10 de abril declaró no aceptar el resultado de las urnas a raíz de presuntas equivocaciones en el cálculo de los votos; que en el interregno entre las dimisiones del líder derrotado y la toma de poder del nuevo líder, el 10 de mayo, se eligió como Presidente de la República a Giorgio Napolitano (que fue durante varias décadas el principal representante de la llamada derecha comunista), sin que la centro-derecha sumara sus votos a los de la centro-izquierda. De esta forma, rompió una tradición que había funcionado en distintas ocasiones: la de buscar, encontrar y elegir con la colaboración de todo el abanico de las fuerzas políticas una personalidad capaz de aunar superpartes (a pesar de su procedencia), como garantía del respeto de las reglas de juego. A todo esto hay que añadir la insistencia con la que Berlusconi y sus aliados se han empeñado en repetir a cada rato que Prodi no tenía los números suficientes para gobernar y que, debido al carácter plural y conflictivo de su coalición, el gobierno podría ser frágil y estar destinado a caer cuanto antes.

Con el paréntesis veraniego, la conflictividad de la política ha bajado, como suele ocurrir en un país como Italia, en el que las vacaciones tienen carácter sagrado. Pero al aproximarse el regreso a las ciudades y al trabajo los problemas no solucionados y las preguntas pendientes a finales de julio volverán a plantearse sin posible reparo. ¿Qué pasará con un gobierno numéricamente débil como el de Prodi? Y, sobre todo, ¿empezó ya el post-Berlusconi? Y, en el caso de haber empezado, ¿después de Berlusconi, qué?

Por lo que se refiere a la primera pregunta, hay que contestar que hasta la fecha el gobierno de Romano Prodi se ha movido con cierta agilidad y destreza. Hay dos aspectos para destacar. En primer lugar, las medidas de liberalización que han afectado a taxistas, farmacéuticos y abogados, encerrados en sus respectivos privilegios corporativos. En segundo lugar, recuperando credibilidad en el plano internacional con la actuación frente a la guerra en el Líbano. Todo ello sin subvalorar las tensiones producidas por la falta de coordinación entre sus ministros y las dificultades que encuentra el proyecto de construcción del Partido Democrático en el que tendrían que confluir distintas tradiciones y familias políticas: desde los ex comunistas (actualmente Ds, Demócratas de izquierda) a los ex democratacristianos de izquierda (la actual Margherita, que cuenta también con los partidarios más directos de Prodi), pasando por lo que ha quedado de los socialistas después del huracán de los escándalos de tangentopoli,que se llevó, hundiéndolo, a Craxi y su partido.

Es más complicado contestar la segunda pregunta. Rompiendo el silencio veraniego, Berlusconi ha vuelto a aparecer en el tradicional Encuentro de mitad de agosto del movimiento integrista católico Comunión y liberación, donde ha dicho estar condenado a quedarse al mando de la coalición de centro-derecha y, por ende, en la vida política. Llamativa, para demostrar hasta qué punto il cavaliere está dispuesto a bajar el nivel de su discurso político, ha sido también la siguiente afirmación: “Para nosotros, Italia tiene que ser católica y de los italianos. En cambio, la izquierda piensa en una Italia multiétnica”.

Más que los electores, son sus aliados los que han empezado a no aguantar la forma de actuar del líder derechista. No hay que olvidar que los partidos que integran la coalición de centro-derecha (Casa delle libertà) tienen historias y proyectos diferentes. En ella han convivido ex democratacristianos moderados y conservadores, ex fascistas vinculados a una idea nacionalista de la nación italiana, neoliberales de varias procedencias y los afiliados de la Liga de Bossi, partidarios de una autonomía fuerte (sobre todo en el plano fiscal) del Norte del país (la llamada Padania) y, en un pasado muy cercano, hasta de la secesión. Como puede apreciarse, muchas, demasiadas almas. Además, al margen de sus deseos, existe un problema de liderazgo, puesto que Berlusconi empieza a ser un hombre mayor que lleva en su trayectoria dos derrotas. Demasiado para quien ha querido presentarse como hombre de la providencia, besado por la suerte, exitoso y ganador sin fisuras.

Así que, mientras parece haber empezado el inexorable declive del hombre político, es posible preguntarse sobre las razones de su anterior éxito y sobre lo que queda de la experiencia.

Berlusconi consiguió edificar un imperio en la construcción, la televisión, las editoriales, los seguros, las grandes distribuciones. No todas las jugadas le salieron bien y, menos aún, limpias. Hasta el punto de que muy difícilmente hubiera conseguido evitar los tribunales de justicia de no haber entrado en la política con su propio partido, Forza Italia. Con todo, Berlusconi consiguió demostrar que su proyecto no era lo de la supervivencia y expansión de su imperio, sino el de la modernización liberal de país. Y, alcanzado el objetivo, puso su dinero, su cara y su excelente dinamismo al servicio de la tarea. Para explicar su éxito se ha hecho referencia a su poder televisivo y a una nueva forma de populismo, se han destacado sus habilidades como vendedor y hasta su carisma. De momento, a casi nadie se le ha ocurrido detenerse sobre la capacidad de il cavaliere de interpretar las exigencias de un sector importante de la sociedad italiana, aburrida de la política, sin interés en las reglas de la ética pública, fascinada por la riqueza, el éxito y sobre todo por la astucia. Entre los que más se han acercado a esta interpretación esta el director de cine Nanni Moretti que, con ocasión del estreno de su última película Il Caimano, dedicada justamente al cavaliere, ha afirmado que, a pesar del resultado en las elecciones, el berlusconismo ha triunfado, porque consiguió cambiar la cabeza de los italianos.

No creo que Berlusconi haya conseguido cambiar las cabezas de los italianos, sino que su éxito es justamente el resultado de un cambio, incluso antropológico, anterior. Y que, lejos de ser la causa de esta realidad, él es el efecto. Si el término berlusconismo expresa este fenómeno concreto hay que reconocer que con su derrota y con su posible salida de la escena política no acabará el berlusconismo. En fin: un berlusconismo sin Berlusconi. No hay sobradas razones de optimismo.

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