Momento de la votación del 24 de agosto. La decisión afecta a Plutón y degrada el estatus de algunos objetos que están siendo estudiados.

Foto: AFP

 

 

El día en que Plutón
se convirtió en un enano

Una de las noticias que más ha conmovido en los últimos meses a la comunidad científica es la de que Plutón perdió su calidad de planeta. ¿Quiénes tomaron la decisión?, ¿qué significa esa decisión? El profesor De Greiff plantea posibles respuestas.

Planetas por votación 

El 24 de agosto, en la última sesión de la Asamblea General de la Internacional Astronomical Union (IAU), el equivalente de la ONU de la comunidad astronómica, Plutón perdió la votación. Siguiendo lo estipulado en los Estatutos, los astrónomos allí reunidos, cerca de 3.000, habían acordado que las Resoluciones serían aprobadas por votación de los miembros de la IAU presentes. Al final de la tarde de ese último día de la Asamblea sólo quedaban unos 420 astrónomos. El resto habían regresado a sus observatorios. Los presentes fueron quienes definieron con su voto qué es un planeta. Y por el escotillón marcaron la suerte de Plutón. Plutón dejó de ser un ‘planeta’ y se convirtió en el prototipo de una nueva clase de objeto: un ‘planeta enano’.

El ‘Comité para la definición de planeta’ de la Union estaba integrado por astrónomos. Lo presidía un reconocido historiador de la ciencia, Owen Gingerich, Profesor Emérito de Harvard, y también hacía parte de él Dava Sobel, famosa por sus best seller Longitud y La hija de Galileo. El Comité había propuesto ampliar el número de planetas de 9 a 12, e incluir pequeños objetos descubiertos en los últimos años, pero perdió. De hecho, resulta claro que la decisión tiene una implicación que va más allá del caso de Plutón: degrada el estatus de algunos objetos que estudian quienes se dedican a las ciencias planetarias.

La reunión fue en Praga, ciudad que ha presenciado importantes episodios de la historia de la astronomía. Desde el siglo XIV, cuando su enseñanza era obligatoria para seguir estudios de leyes, teología y medicina, hasta Einstein, que desarrolló allí parte de su teoría general de la relatividad en 1911. Para la ciencias planetarias, Praga evoca la memoria del místico Johannes Kepler, que en el siglo XVII encontró que las órbitas de los planetas eran de forma elíptica, y Tycho Brahe, uno de los más minuciosos observadores del cielo de aquellos mismos años en que se debatía la veracidad del modelo de Nicolás Copérnico, con el Sol en el centro.

El número de ‘planetas’ ha, por supuesto, variado. En el siglo XVI se definían como las partes móviles de la esfera celeste (porque las otras estrellas permanecen ‘fijas’ por largos periodos) y se contaban seis. Doscientos años después había dos más. En 1930, en uno de los más grandes observatorios de la época, fundado y dirigido por un magnate de Boston con el objetivo de probar que Marte estaba habitado, Clyde Tombaugh anunció que había descubierto el noveno planeta: Plutón.

Su tamaño estimado ha ido disminuyendo desde entonces. Al principio se pensó que era comparable a la Tierra, pero con el tiempo se ha llegado a la conclusión de que es mucho más pequeño. Esa ha sido la mayor fuente de debate porque, en astronomía, el tamaño importa. En el 2002, Plutón ya había sido sometido a escrutinio público, que ganó por estrecho margen, pero que preocupó a algunos astrónomos. Pasar de planeta a ‘enano’ no es propiamente un asenso.

Más allá del problema taxonómico

Creer que la clasificación es un asunto de simple nominalismo es de una ingenuidad conmovedora. Esa actitud candorosa respecto a la forma en que opera la sociedad es directamente proporcional a la distancia a la que se encuentra uno de las fuentes de poder. Por eso algunos ingenieros suelen creer que las buenas ideas son la garantía de que la tecnología sea la clave de los problemas sociales y los estudiantes, que la ciencia se desarrolla gracias a la ingeniosidad y la curiosidad innata humana.

Los que administran recursos, en cambio, saben cómo se distorsiona el mercado continuamente y usan la ciencia para el lucro, los dividendos políticos o la guerra. Quienes hacen investigación cara y ‘de punta’ saben que la ciencia y la tecnología son actividades con un alto contenido político. La decisión de Praga, por ejemplo, la han calificado algunos críticos como ‘un secuestro’, frase que parecería rara en un debate ‘científico’. Otros, como Gingerich, sostienen que el procedimiento ha sido una ‘revuelta’ organizada por los ‘dinamicistas’ (una subespecialidad de la astronomía), que quieren imponer su hegemonía entre la comunidad de científicos planetarios. También se ha abogado por la implantación de un nuevo procedimiento: el voto electrónico, para que sea ‘más democrático’. Muchos que no están de acuerdo ya han empezado a hacer proselitismo plutónico.

Incluso hay un grupo de astrónomos que se declararon en subordinación abierta y se niegan a aceptar o usar la definición de planeta de la Asamblea. Lo lideran Mark Sykes y Alan Stern, para quienes la definición de la IAU tiene implicaciones serias. Sykes trabaja en la Universidad de Arizona, donde está uno de los departamentos de ciencias planetarias más grandes del mundo, cerca de donde Tombaugh hizo su descubrimiento. Stern es el líder de la Misión a Plutón ‘New Horizons’, de la Nasa, que decoló en enero y espera llegar a su destino en el 2015.

Para ellos, la nueva clasificación puede tener implicaciones en la financiación de sus proyectos. En los 80, por ejemplo, el debate sobre la definición de planeta repercutió en la creación del Comité de Astronomía Planetaria, que resultó en un programa para la exploración de esos objetos por fuera del sistema solar. Apenas se produjo la noticia de Praga, la Nasa declaró que “la nueva designación de Plutón no ponía en peligro la Misión New Horizons, de 700 millones de dólares”. Como quien dice, se adelantó a la preocupación que sabía emergería entre los ‘plutólogos’.

La nueva clasificación significará que quienes investigan a Plutón ya no presentarán sus proyectos a los ‘Comités de Planetas’, sino a otras divisiones institucionales que, se teme, tengan recursos ‘enanos’. Stern y Sykes lo saben. Así que cuando se oponen a la definición diciendo que es ‘mala ciencia’ están usando un argumento epistemológico para esconder un interés legítimo que los científicos suelen ocultar: que la nueva taxonomía puede reducir sus ingresos, el número de estudiantes de doctorado e incluso su propia autoridad en la comunidad de astrónomos. No es lo mismo estudiar a un planeta que a un enano.

¿Qué efectos tiene la decisión de la UIA?

La IAU no toma decisiones, sino que ‘recomienda’. Por eso la analogía con la ONU es pertinente. Los efectos de sus decisiones dependen, entonces, de la posición que adopten los países poderosos. Ellos son los que hacen cumplir o permiten ignorar las decisiones de ‘la comunidad internacional’. Así, si la Nasa, la National Science Foundationy la Agencia Espacial Europea, que financian el grueso de la investigación astronómica, reclasifican los proyectos de investigación sobre Plutón y sus compañeros, lo que pasó en Praga se volverá ley. Si no, como toda resolución que no se pone en práctica, será fácil derogarla. Tal vez Sykes y Stern deberán ahora volver sus baterías a sus instituciones nacionales, si aspiran a que nada pase.

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