FOTO

La profesora Myriam Jimeno, autora del libro Juan Gregorio Palechor: historia de mi vida.

Foto: Archivo / Unimedios

 

 

El indio Palechor y otras historias de vida

El pasado 7 de septiembre el Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional hizo la presentación del texto Juan Gregorio Palechor: historia de mi vida, preparado por la profesora Myriam Jimeno a partir de un relato autobiográfico que Palechor convino grabar en dos sesiones, con interrupción de una década.

Elías Sevilla Casas ,
PhD, Profesor Titular, Universidad del Valle, Cali.

La antropóloga Jimeno, de larga trayectoria como investigadora de temas vitales en Colombia,  el propició la grabación, orientada con sus preguntas, transcribió el texto, le puso subtítulos y una introducción que desarrolla dos reflexiones: la primera sobre el arte y las implicaciones de inducir autobiografías como recurso antropológico que contribuye al conocimiento de las sociedades a través de sus personajes síntesis; la segunda, describe el convulsionado panorama del movimiento indígena caucano y nacional de la tercera parte del siglo XX en que emergió Palechor como personaje controvertido y controvertidor, defensor de la libertad de plantarse como indio de alpargatas e intelectual con palabra de almarada. Lo de “indio” lo tomó él como un honor por sus propias convicciones sobre la dignidad de su pueblo y condición social en la sociedad colombiana y porque fue admirador en una época, y creo que siguió siéndolo en silencio, del “Indio” Jorge Eliécer Gaitán.

De diferente tipo e importe son los comentarios este libro puede suscitar para sus presentaciones en sociedad. La del CES seguía a una muy temprana, en la Feria del Libro, Bogotá, 2006. También sugiere comentarios para las reseñas en revistas y para las discusiones, académicas o no, que encontrará en su trayectoria. Ahora me concentro en la secuencia de imágenes de Indio Caucano –Palechor, Lame, Tama. A estos los ubico uno delante de otro en ese orden inverso del tiempo irreversible. Diré que Palechor deja este tiempo lineal para entrar al tiempo reversible de la poesía, del arte, de los mitos y los sueños, en donde habitan los héroes culturales. La luz que quiero proyectar valiéndome del libro junta esas sombras como se juntaban en una sombra larga, larga, las del famoso Nocturno bogotano. Es, visto así, la imagen de un solo indio que, con diferencia de tiempo calendario y de avance en el proceso de mitificación, cumple su función ideológica –“histórica” dice Joanne Rappaport, especialista en estos temas– en el corazón mismo del movimiento indígena caucano y nacional. Esta función es legítima y más eficaz en cuanto más se depura la forma del héroe cultural.

Juan Tama, cuyo origen  es brumoso, murió en el siglo XVIII. Ya en vida, él mismo se ubicó en el lugar donde las fechas no importan, pues el cacique se hizo descendiente de una estrella, justificó de modo contradictorio, pero creíble a sus súbditos, la titularidad de dos grandes resguardos coloniales, y sobrevive, según versión hoy vigente, en una laguna ritual de Tierradentro, Cauca. Manuel Quintín Lame murió en 1967. Aunque su tumba física puede visitarse en el Tolima, también él se arrogó condición sobrehumana. Más aún, se hizo “tataranieto del indígena Juan Fama de la Estrella” [sic] y lo rubricó con su firma –hecha obra de arte por Antonio Caro–: un complicado jeroglífico que enhebra, no una, sino dos estrellas. En cambio, Palechor no hizo en vida sino escribir, uno a uno, “memoriales”, como tinterillo en defensa de los sin voz. Luego, cuando conquistó a pulso su capacidad parlamentaria en favor muchos indios en movimiento, mantuvo su consigna de tener bien puestos los pies en la tierra, de pensar todo dos veces, como indio sagaz, y luego pronunciarlo. Por eso dijo, para que Jimeno escribiera: De mí mismo creo que soy persona que primero pienso. Veo primero dónde está el daño y dónde la componenda. Después hablo y me siento que cumplo el liderazgo de enseñar. Soy pasajero y el mundo sigue caminando. Pero hay que dar buena orientación, para no andar para atrás. Si me hubieran enseñado algo, hubiera podido hacer más. Por eso reclamo al gobierno; esa es la rabia de Palechor.

Este párrafo, penúltimo de su autobiografía, lo proyecta de cuerpo entero y a la vez nos hace pensar que, en el realismo burlón que pudimos conocerle, él jamás hubiera inscrito su nombre en el libro del mito, aunque era muy consciente de su papel de líder. En vida no andaba para atrás, ni en el espacio ni en el tiempo. La primera de las dos líneas con que cierra el relato lo confirma: ¿A qué le tengo miedo? A caerme de mis propios pies.

Pero eso fue lo que dijo Palechor. No lo que dicen y dirán sus seguidores si se cumple un periplo ya conocido en otros personajes importantes de pueblos y naciones. No caerá de sus pies, sino que se elevará desde esos pies bien puestos en la tierra. Sus admiradores lo moverán hacia atrás y hacia adelante, según la conveniencia. En vida tuvo oposiciones, no sólo las esperadas de sus contrarios (“los mestizos”, “el gobierno”, “los militares”, “los politiqueros”), sino las no esperadas de sus “compañeros” indios y de sus aliados, hasta el punto de que todavía en algún lugar de internet –en la página de un antropólogo de la Universidad Nacional– se lee un subtítulo, que recuerda desacuerdos en la lucha: “Lo que nunca entendió Juan Gregorio Palechor”. Después de su muerte se olvidarán los desacuerdos. Ascenderá gradualmente a esa órbita mítica, y hasta sus opositores indios (seguidos de los consejeros mestizos) lo aclamarán, usarán su nombre como ícono y mitificarán su vida. Seguirá, con variantes, el ciclo del héroe cultural de todos los tiempos y culturas. Joseph Campbell,  que popularizó la figura del Héroe de las Mil Caras, la define como aquel ser humano que pudo superar las limitaciones personales y ambientales y alcanzó formas universalmente válidas. Agrega que el papel de la mitología y la leyenda es la de mostrar los peligros y la técnica para pasar de la tragedia a la comedia. En esta mitificación los datos factuales en que se inspira la leyenda pasan a segundo plano porque es más importante, para los que sobreviven, hacer la historia viva que contar la historia “fiel”. Y para ello se deben fabricar “historias”. Iniciado el proceso, los héroes culturales ya no se pertenecen a sí mismos, sino a los pueblos que los siguen. El proceso de Palechor ya comenzó. En su tumba fresca, el 13 de febrero de 1992, una india nasa de Tierradentro, Avelina Pancho, leyó las primeras líneas de “la historia”, a las que seguirán otras, según las necesidades práctico-ideológicas: Vinimos sus amigos para decirle gracias por su vida, por esa vida que compartió y puso al servicio de los indios, usted, Palechor, con su paso por este mundo dejó huellas de libertad y lucha.

En la contraparte factual de esta “historia”, la de fechas y tiempo irreversible, Palechor no hablaba nasa ni ningún idioma indio, pues como Yanacona del Macizo, Resguardo de Guachicono, tuvo como lengua materna el castellano. A diferencia de Quintín Lame que era nasa, de abuelos procedentes de un resguardo de Tierradentro de donde tomó su apellido (porque “olvidó” el apellido de su madre, que era “Estrella y Cayapú”), Palechor procedía de un “pueblo” que se aplicó el nombre genérico de Yanacona sólo en época reciente. Los antecedentes de este pueblo, como dice una reciente investigación antropológica (M. Sevilla, 2006: 129) habría que buscarlos en una mezcla de nombres propios, Quillas y Haxas, y de nombres comunes, yanaconas (con minúscula), españoles, y grupos tardíos de colonizadores blancos y mestizos que entraron al área a mediados del siglo XVIII. El yanaconaje, es sabido de todos los andinistas, era una institución incaica de servicio, destinada a cumplir tareas públicas y privadas en ayuda de las élites. Puede pensarse que hubo yanaconas al servicio de los españoles que se quedaron en la región del Macizo durante siglos. En este aspecto, el indio Palechor estaría más cerca de Juan Tama, de quien dicen los que han investigado a fondo sus orígenes (ej. Rappaport, 1998), parece haber procedido, por la vía de adopción por un cacique Guambiano, de una categoría social también genérica, los denominados “tamas”, que eran esclavos en las sociedades amazónicas. La autoadscripción explícita de Tama a un origen sobrenatural habría ayudado a saldar de tajo posibles dudas sobre la preeminencia de cacique, en nada relacionada con ascendencias factuales, biológicas o sociales.

Entonces, los detalles factuales ya no importan. Ningún nasa dudaría hoy del origen nasa de Juan Tama porque entró de lleno y para siempre a la órbita de los héroes culturales, como Quintín Lame y entrará posiblemente Palechor. Hay una anécdota bastante repetida de Picasso y el retrato de Gertrude Stein: ante el reclamo de que no había parecido entre ella y el retrato, el pintor replicó que no importaba: “algún día se parecerá”. Es la lógica del mundo de las artes, del mito y de la poesía. Igual puede ocurrir con Palechor, como ocurrió con Tama y con Lame: entrará a hacer parte de ese conjunto privilegiado de seres en cuya vida no importan los detalles factuales, sino los rasgos épicos de héroes, repetidos en muchas partes del mundo de acuerdo con esquemas que estudian los especialistas. Rappaport (1998) ya ha propuesto un esquema para Tama, Lame y otro intelectual narrador de historias, Julio Inquinas.

El libro Gregorio Palechor: Historia de mi vida cumplirá su papel con respecto a Palechor, al menos para los directamente concernidos. Es decir, los indígenas del Cauca y de Colombia en movimiento. Ellos lo leerán en un registro obvio, el del pensador y decidor político. Pero de pronto hay más en este libro. Hubo un tercer actor, nos dice Myriam Jimeno en la introducción a este ménage à trois que es la autobiografía: el lector, indio o no indio, que sin duda estaba presente en la mente del “viejo Palechor” cuando discurrió narrativamente sobre su propia experiencia como indio. Con sonrisa sardónica y palabra sencilla dijo cosas que pocas veces se decían en el Cauca o en Colombia o, por lo menos, pocas veces en la forma en que él las dijo. Por eso también vale la pena leer el libro, por su valor intrínseco, por su sentido poético, sentido en donde las cosas son y no son, como el mito y el arte. Vale la pena, por ejemplo, leer párrafos profundos y tersos como éste, muy distantes de la retórica decimonónica y neotomista de Manuel Quintín Lame: Pienso que a la edad de dos años me desperté como de un sueño. Para mí esa mañana me es feliz por todo el tiempo, porque me recuerdo que por las hendijas de la casa entraron rayos del sol y de allí principié a investigar y a pensar de que había que seguir viendo muchas cosas más y ese fue el principio del despertar del conocimiento de las personas y cosas del mundo.

Otro personaje sureño, no indio, sino “mestizo” de los que Palechor contradecía, no le contradice en la mención del sol, sino que también canta agradecido como sólo los sureños, los de Morada al Sur,  posiblemente saben. Se llama Aurelio Arturo, que ya ascendió, también por el valor de su palabra, a la órbita azul del tiempo reversible. Su canto Sol tiene resonancias parecidas: Habían pasado los nublados días / y el sol se puso a laborar el trigo.

Referencias:

Joanne Rappaport. 1998. The politics of memory: Native historical interpretation in the Colombian Andes. Durham, NC: Duke University Press.

Manuel Sevilla. 2006. Indios pero no tanto [Indians, but not quite Indians]: An ethnography about indigenous identity among the Yanaconas of Popayan, Colombia. Doctoral Dissertation. Departament of Anthropology, University of Toronto, Canada.

Visitar

Visitar

Videoespecial

 

Publicación de la Unidad de Medios de Comunicación -Unimedios- de la Universidad Nacional de Colombia.

PBX.: (1) 316 5000 ext. 18108 - 18106 Fax: (1) 316 5232 • Correo electrónico: un_periodico@unal.edu.co
Universidad Nacional de Colombia
Carrera 45 N° 26-85 - Edificio Uriel Gutiérrez
Bogotá D.C. - Colombia
Gobierno en LíneaAgencia de Noticias UN
PBX: 3165000
webmaster@unal.edu.co

Aviso Legal - Copyright