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Este es un claro ejemplo de lo que se ve en el mundo de hoy. Sofisticados medios de comunicación, donde conectarse con el otro lado del planeta es cuestión de segundos. Y estos medios son también una forma de aislarse.

Christian Castillo / Unimedios

 

 

 

Capitalismo cultural

La profesora Belén Sáez da una mirada a las sociedades de hoy, sociedades de alta tecnología en donde la imagen y su espectáculo ‘fantasmagórico’ se han apoderado de la producción social, de la vida misma y del cómo de la vida.

María Belén Sáez de Ibarra,
Directora Dirección Nacional Divulgación Cultural de la UN

 

Al proyecto de investigación marxista sobre el capital se lo ha acusado de seudociencia o de ciencia regresiva, en términos de Imre Lakatos, por su incapacidad de predecir, de augurar con éxito los destinos del sistema capitalista avanzado y de no propender por armar el rompecabezas del futuro.
“¿Qué hecho nuevo ha predicho el marxismo desde 1917, por ejemplo?”, se pregunta Lakatos y continúa desde su Primer mundo: predijo sin éxito el empobrecimiento absoluto de la clase obrera, que la primera revolución socialista tendría lugar en la sociedad industrial más avanzada, que las sociedades socialistas se verían libres de revoluciones y que no habría conflicto de intereses entre países socialistas, pero no se cumplieron. “Los marxistas han explicado todos sus fracasos: explicaron el creciente nivel de vida de la clase obrera instando una teoría del imperialismo; explicaron por qué tuvo lugar la primera revolución socialista en la Rusia industrialmente atrasada; explicaron Berlín 1953, Budapest 1956, Praga 1968; explicaron el conflicto ruso-chino…”, pero sus teorías auxiliares se presentaron detrás de los hechos.

La predicción de Marx
Hoy en pleno desarrollo exponencial del capital, en las sociedades de la cultura global, en el puro paroxismo de su gloria, debemos aceptar que el propio Marx, de su puño y letra, auscultó en el secreto mismo del capital y predijo su destino, cuando en 1885 escribe el capítulo de El capital: “El fetichismo de la mercancía y su secreto”. “Sin la identificación de este centro inmaterial –escribe recientemente Giorgio Agamben–, que es el producto del trabajo, al desdoblarse en un valor de uso y un valor de cambio, se transforma en una “fantasmagoría, que a la vez se muestra y no se muestra a los sentidos, todas las investigaciones posteriores del capital no habrían sido posibles probablemente”.
Sobre esta huella trabaja Guy Debord en los años finales de los 60. En lo que quizá constituye uno de los análisis mas lúcidos del desenlace próximo del capitalismo del siglo XXI: La sociedad del espectáculo, en donde el capitalismo ha llegado a su forma extrema, su forma inmaterial, “el devenir imagen del capital no es más que la última metamorfosis de la mercancía, en la que el valor de cambio ha eclipsado ya por completo el valor de uso y, después de haber falsificado toda la producción social, puede ya acceder a una posición de soberanía absoluta e irresponsable sobre la vida entera”, comenta Agamben en su prólogo de La sociedad del espectáculo.
La soberanía sobre la vida que tiene el capitalismo inmaterial sería el núcleo, el punto de partida, de los desarrollos de las reflexiones en torno a la biopolítica en nuestras sociedades de alta tecnología, en donde la imagen y su espectáculo ‘fantasmagórico’ se han apoderado de la producción social y de la vida misma y del cómo de la vida; de las subjetividades, identidades, de las diferencias, incluso de los atributos mismos de lo humano, tal como su capacidad de comunicar y su ser lingüístico; creatividad social, conocimiento, producción de imaginario social, el lenguaje y lo comunicable se presentan imbricados en sustancia inmaterial hecha fetiche, hecha comercio.
Lo simbólico
La ostentación del poder social en el actual contexto posnacional, desterritorializado, ya no será más el control sobre el territorio, sobre las materias primas, sobre los mecanismos de producción industrial o de servicios. En cambio, el objetivo último de la acumulación capitalista y su estrategia de rédito van a estar centrados en la inmaterialidad del conocimiento y sus mecanismos asociados y especialmente, destacamos, que su estrategia productiva, su valor de producción será y es lo simbólico. Sería, pues, este un sistema que genera sus propios discursos de autovalidación, fuertemente afincados en la Cultura y su preeminencia actual en la producción simbólica; en su capacidad de socializar el conocimiento, las ideas, los discursos que perfilan nuestro hábitat social.
Hablar sobre cultura hoy es adentrarse en las complejidades de nuestra realidad social actual. Se han roto los límites de las prácticas artísticas, se hace confusa la relación de nuestras comunidades con las estructuras sociales predominantes, un sujeto construido desde la globalización cultural se hace ciudadano de realidades disímiles y dispares.
Las discusiones más comunes en los países subdesarrollados en relación con el mundo global tienen que ver con el acceso a las plataformas tecnológicas y por supuesto también con el acceso a la producción del conocimiento, que cada vez se hace más centralizado en unos pocos, condición que a la vez convierte a este capitalismo cultural en un capitalismo de consumo más que de producción. Vivimos –siguiendo a Zygmunt Barman– casi entre dos categorías de ciudadanos: los que viven en el espacio cibernético y están conectados a las redes de interconexión activa de proceso, que fabrica, que tiene el peso de la producción en la maquinaria social, y los que parecen estar al margen, desconectados de la redes nodales, viviendo sus realidades locales, dispuestos en un territorio, en una comunidad local.
Así, ya empezamos a mirar la cultura en plural, las culturas y sus conflictos, los procesos que hacen posible el disentimiento y el hacer evidente el conflicto, el peso de las batallas por hacer del mundo una superficie estriada; las batallas contra la apariencia generalizada del consenso: “El pensamiento de la organización social de la apariencia está él mismo oscurecido por la infracomunicación generalizada que defiende. No sabe que el conflicto está en el origen de todas las cosas de su mundo. La verdad de esta sociedad no es otra cosa que la negación de esta sociedad”, señalará Debord.
El compromiso nuestro con la cultura sería el comprender su complejidad y desligarla en cuanto sea posible de la dócil colaboración con el espectáculo y el entretenimiento, en las actuales sociedades en donde todo parece haber girado radicalmente, las condiciones y características del trabajo, el riesgo radical que enfrentamos en las sociedades posindustriales, tal como reflexiona Ulrich Beck, en relación con la estabilidad de nuestra vida y su sustento, el medio ambiente, el calentamiento global, la nueva pobreza, la fragilidad de las relaciones afectivas, la inmediatez del presente en el tiempo instante, siempre al aire, conectado en las sofisticadas plataformas de comunicaciones y cada vez más solos y sin conexión en la proximidad de la intimidad del afecto, en la precaria ‘seguridad ontológica’ de nuestro tiempo, que nos hace aún mas frágiles, quizá, que en ningún otro momento antes, en donde estamos viviendo una redefinición esencial de las categorías de lo humano.

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Publicación de la Unidad de Medios de Comunicación -Unimedios- de la Universidad Nacional de Colombia.

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