Christian Javier Padilla Peñuela, ganador del V Premio Nacional de Ensayo Histórico, Teórico o Crítico sobre el campo del Arte Colombiano.

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Memorias del arte escultórico colombiano

El artista plástico Christian Javier Padilla Peñuela ganó el V Premio Nacional de Ensayo Histórico, Teórico o Crítico sobre el campo del Arte Colombiano, en la modalidad Ensayos de autor, con un trabajo que redescubre una generación de artistas que yacían en el olvido.

José Luis Barragán Duarte,
Unimedios

En los años 20 del siglo anterior en México, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, entre otros más, ilustraron la cruda realidad de la gente del común. Simultáneamente, en Colombia, un grupo de artistas plásticos, con propósitos similares, le dio un giro a las costumbres artísticas de la época al dejar de retratar hechos de la burguesía para dedicarse a contar las historias de vida del campesino, del orfebre y del trabajador.

Tiempo después, mientras los artistas Rivera, Alfaro Siqueiros y Orozco marcaron la historia cultural de México, trascendieron fronteras y se convirtieron en iconos mundiales de esta forma de hacer arte, el grupo de artistas colombianos, aunque tuvo algún instante de apogeo y reconocimiento, por cuenta de la crítica se vio relegado al olvido y a minúsculas y casi telegráficas referencias en los libros de historia del arte plástico en el país.

Los mexicanos crearon el estilo característico de su ser nacionalista: el muralismo, mientras los colombianos incursionaron con éxito en géneros como la escultura y le dieron forma a una generación que podría calificarse como la de los nacionalistas, que, sin embargo, no cobró vida.

Por lo anterior, hoy, gracias a la minuciosa investigación realizada por un artista plástico de la Universidad Nacional de Colombia, se podrá conocer buena parte de las obras de un grupo de hombres y de mujeres, nacidos la mayoría en la zona andina y en los Santanderes, que dejaron un amplio legado artístico que solo conocían sus familiares.

Esta labor de recuperación de la memoria artística, que en principio le sirvió de trabajo de grado a Christian Javier Padilla Peñuela, le permitió luego ganar el V Premio Nacional de Ensayo Histórico, Teórico o Crítico sobre el campo del Arte Colombiano, en la modalidad de Ensayos de autor, con un trabajo titulado: La llamada de la tierra: el Nacionalismo en la escultura colombiana.

El jurado, integrado por los maestros Santiago Rueda Fajardo, Andrés Gaitán Tobar y María Clara Bernal Bermúdez, lo distinguió porque “es un texto histórico muy bien escrito, de donde se destaca, en el plano de lo formal, el juicio y la rigurosidad en la escritura; en lo conceptual, la profundidad y capacidad de análisis sobre el nacimiento y recorrido de la escultura moderna en Colombia”.

Los nacionalistas

Los artistas plásticos a los que Padilla Peñuela quiso redescubrir fueron Rómulo Rozo, Luis Alberto Acuña, Ramón Barba, Hena Rodríguez, Josefina Albarracín, José Domingo Rodríguez, Julio Abril, Miguel Sopó y José Horacio Betancur, todos fallecidos, salvo Sopó.

El investigador bogotano, de 23 años, escogió la temática y el período de su investigación por la censura aplicada a estos artistas en el momento de señalar si eran o no parte de la primera generación de modernistas del país.

“La polémica acaba cuando Marta Traba simplemente pone a un grupo de artistas y los señala como modernos: Fernando Botero, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Eduardo Ramírez Villamizar, así se sella la discusión”, explicó el artista plástico Christian Javier Padilla Peñuela.

De acuerdo con el investigador, esta decisión de la crítica fue contraria a los hechos, porque los artistas estudiados “venían con unas propuestas de vanguardia antes que los nuevos”. Además, “fueron los primeros en combatir el academicismo, romper con la noción del arte decimonónico y neoclásico, y proponer posturas estéticas novedosas”, sostuvo Padilla.

Ellos fueron más allá de lo que Padilla Peñuela califica como la estética “relamida” de los bodegones bonitos e incursionaron en “la trasgresión de imágenes” de la idiosincrasia nacional.

“En el caso de Luis Alberto Acuña, y otros, lo que hicieron fue exaltar la calidad de lo mestizo. Su estética consistió en agrandar el cuerpo y si se trata de un indígena mostrarlo bonachón, robusto, rígido y monumental. Lo está exaltando y no por ser indígena es un desprestigio”, explicó el investigador.

Otro factor común de estos artistas, según Padilla Peñuela, fue el trato de lo social como determinante de la orientación de las obras, que fueron usadas como punto de reflexión sobre los hechos que acontecían en la Colombia de la época y en el resto de América Latina.

Afirmó que el término nacionalismo es el correcto para referirse al grupo de artistas plásticos que estudió y no otros como la Generación de los Bachué que fue un movimiento básicamente literario o los Nuevos porque en él participaron intelectuales y no artistas.

“Es mejor que los coloquemos a partir del término nacionalistas porque los describe plenamente y porque cumplen con los postulados que propongo, que son los de un arte nuevo: propio en inquietudes conceptuales y apropiado de características vanguardistas”, aseguró Padilla.

Generación de escultores

El estudio realizado por Padilla Peñuela es una profundización del trabajo realizado por otros historiadores, como Álvaro Medina y Germán Rubiano, cuyas investigaciones han sido un referente para las nuevas generaciones.

El artista plástico afirma que uno de los principales hallazgos de la investigación es que hubo escultura en esa época y, por ende, surgió el primer grupo de escultores en Colombia, el cual debió sobreponerse a un ambiente en el que primaba la pintura como el género más reconocido y en donde los recursos y el apoyo eran casi nulos.

El estudio pudo establecer que estos escultores trabajaron en condiciones precarias, al no existir en el país, por ejemplo, talleres donde se empleara la técnica de vaciado y de fundición en metales.

También cuenta Padilla Peñuela que ellos produjeron su obra en medio de la indiferencia estatal que obligó a muchos otros a emigrar. “Hubo casos muy aislados, como el de Marco Tobón Mejía, que para poder surgir tuvo que irse a vivir a Francia y nunca más volvió a Colombia. Otros, como Francisco Antonio Cano, hicieron una reducida producción escultórica”.

Se trata de un trabajo que Padilla hizo posible consultando los medios escritos y las revistas especializadas de la época, así como entrevistando a los familiares de estos personajes. El único con el que pudo conversar fue Miguel Sopó.

Christian Javier Padilla centró su interés particular en el moniquireño Julio Abril, cuya mención es efímera en los libros de historia, y quien, según la crítica de la época, fue señalado como “el escultor más importante de Colombia y más que Edgar Negret en su momento”. Agregó, incluso, que en la Revista de América, de 1948, Diego Rivera expresó su admiración por la obra de Abril.

Padilla también destacó el trabajo de José Horacio Betancur, quien siendo un autodidacta dejó un legado sobre la escultura monumental, con obras como La Bachué, expuesta en el centro de Medellín; El Cacique Nutibara, situado en el Cerro Nutibara y La Madremonte, en el Jardín Botánico de la capital antioqueña.

Un trabajo que deja al descubierto una de las piezas del rompecabezas histórico del arte plástico colombiano.

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