Turquía ha comenzado una diversificación creciente de sus alianzas económicas y militares, recuperando de forma certera gran parte de la influencia regional que tuvo antes de la Primera Guerra Mundial.

AFP

 

 

Potencia re-emergente

Turquía 2008

Una serie de acontecimientos al finalizar el año 2007 y en lo que va corrido del 2008 muestra un claro resurgimiento de Turquía a nivel internacional, alcanzado por un propicio redireccionamiento de su política exterior. El historiador Carlos Alberto Patiño analiza el impacto de la que podría ser una nueva potencia mundial.

Carlos Alberto Patiño Villa,
Profesor Asociado Instituto de Estudios Urbanos Universidad Nacional de Colombia

Durante el año 2007 Turquía protagonizó diversas situaciones con su política y su protagonismo internacional. De una parte, recibió un rechazo de grandes proporciones y de más graves repercusiones a sus aspiraciones de ingresar a la Unión Europea como miembro de pleno derecho. Dos, desde el mes de octubre el ejército turco inició operaciones en la frontera con Irak, movilizando a más de 100.000 hombres, para contrarrestar los ataques que de nuevo ha protagonizado el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, con víctimas mortales. Tres, se ha retomado una discusión más o menos velada desde los tiempos de instalación de la República, asociadas a la primacía de la laicidad y la secularidad en la sociedad turca, dado el creciente protagonismo político y social de la religión.

Estas discusiones han abierto un gran debate a inicios de este año en las universidades, pues éstas sienten que la eliminación de la prohibición a llevar el velo islámico amenaza directamente los principios seculares con los que Mustafá Kemal fundó la Turquía moderna. Y cuatro, en agosto de 2007 fue elegido otro gobernante islamista, Abdullah Gül, como presidente.

Estos hechos no son una conjunción aleatoria de acontecimientos sino la marca de un claro resurgimiento turco a nivel internacional, alcanzado por un propicio redireccionamiento de su política exterior.

Alianzas estratégicas

Uno de los elementos más destacables de esta política es la consideración de las amenazas estratégicas sobre su territorio, encabezadas principalmente por las acciones del PKK; y por la posible hostilidad de gobiernos regionales con animadversión a la república turca. En esta dirección se deben desatacar los esfuerzos diplomáticos que Ankara inició una vez comenzó el período de la posguerra fría, que produjo una pérdida relativa de importancia de este país para los Estados Unidos, haciendo que los turcos rehicieran sus relaciones con algunos de sus viejos archienemigos, como los rusos, los chinos e, incluso, los iraníes.

Con los rusos, los acuerdos diplomáticos han dado resultados trascendentales, como, por ejemplo, lo demuestra la construcción del oleoducto Blue Stream y la proyección del Blue Stream II. Pero uno de los aspectos más importantes en la política exterior turca durante este período fue la captura del líder del PKK, Abdullah Öcalan, el 15 de febrero de 1999, en Kenia.

Sin embargo, Turquía se conectó de nuevo con su viejo aliado occidental, los Estados Unidos, luego de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que dieron origen a la política norteamericana de Guerra al Terrorismo. Frente a esta situación política, la península de Anatolia ha adquirido un valor inestimable, por cuanto las bases aéreas que desde allí se pueden operar son un punto de operaciones hacia Irak, Afganistán y las demás áreas de Asia Central hacia donde se mueven las fuerzas norteamericanas y sus aliados europeos.

Esta situación ha llevado a una paradoja importante: hoy Estados Unidos depende más de Turquía, gracias a su posición geopolítica, que al contrario, toda vez que Turquía ha comenzado una diversificación creciente de sus alianzas económicas y militares, lo que le ha permitido consolidar su clase media y tener un crecimiento económico sostenido durante los últimos años, por encima del 6%.

En este contexto Turquía ha hecho una lectura correcta de la encrucijada norteamericana. Para Estados Unidos, los kurdos se han vuelto imprescindibles para pacificar al Irak post–Saddam, quedando ello claro en el hecho de que los kurdos no han participado hasta ahora en los ataques a las fuerzas aliadas. Pero dada la debilidad de la actual administración iraquí y los errores cometidos por los norteamericanos sobre el terreno, los kurdos hoy pueden estar calculando cómo dar lugar a la creación de un Estado del Kurdistán.

Ello puede arrastrar, en el futuro, a sostener las operaciones del PKK dentro del territorio turco en las áreas con población turca de origen kurdo. En este sentido es claro que la diplomacia, y a pesar de los apoyos de inteligencia y de acciones policiales internacionales para limitar las líneas de abastecimiento del PKK con base en información proporcionada por los Estados Unidos no es suficiente, lo que obliga, necesariamente, a que el juego militar turco sea inaplazable, como de hecho viene sucediendo desde noviembre pasado sobre el terreno.

Potencia regional

Para la lucha contra el PKK se siguen utilizando dos herramientas, con diferentes grados de profundidad: los Guardias de Aldea, una milicia Kurda con más de 60.000 hombres, que ha logrado eliminar la influencia del PKK en gran parte de la Turquía kurda, y a la vez Turquía ha encontrado en este tablero un ajedrez que le permite moverse con determinación como potencia regional.

Pero también se utilizó a la rama kurda del Hezbollah, teniendo claro que allí había una fuerte influencia islamista pro–iraní que, sin embargo, representaba una orientación de lucha anticomunista de cara al PKK, siendo esto del agrado de Necmettin Erbakan, el primer responsable de gobierno islamista que tuvo la posición de primer ministro, entre 1996 y 1997.

Empero, Tayyip Recep Erdogan se encuentra en medio de un delicado panorama político: las presiones de una creciente mayoría nacionalista e islamista, aunque en grados moderados, frente a una tradición institucional laicista y secularista respaldada por el ejército y por gran parte de los sectores empresariales supone un enfrentamiento de agendas, que tiene como trasfondo el llamado “golpe posmoderno” de 1997.

Entre dos orillas

El punto central de esta disputa estriba en que, a pesar de la mayoría aplastante que en el 2002 eligió a Erdogan, enmarcado en el partido islamista de la Justicia y el Desarrollo, y que le ha permitido gobernar en solitario, el debate del futuro carácter de la sociedad enfrenta dos corrientes opuestas, cada una dotada de movimientos y pretensiones extremistas incompatibles con las otras.

De una parte existe una corriente europeísta que propende por una Turquía laica, secular y en donde los asuntos religiosos queden supeditados a la esfera privada de la sociedad. En esta corriente encuentran eco gran parte de los intelectuales, y es en apoyo a la misma que se dio el premio Nobel a Orhan Pamuc.

La corriente contraria pretende convertir a Turquía en una sociedad islamizada, mucho más cercana a las sociedades de Asia Central y Medio Oriente, cabeza de un mundo musulmán dadas su importancia económica y militar. Algunos de los grupos más radicales de esta corriente han pedido la re–constitución del califato, abolido por “Attaturk”, de manera definitiva después de 1924, a la vez que piden libertad de optar por símbolos religiosos como el velo para la cara y el restablecimiento por ley de restricciones de origen y sentido religioso.

Esta última corriente tuvo un triunfo importante con la elección de Abdullah Gül como presidente de la república, el 28 de agosto de 2007, por el partido Islamista del Bienestar. Empero lo expresado, los partidos islamistas como el encabezado por Erdogan no lo son propiamente, toda vez que su base social es amplia, incluye una gran variedad de sectores de clases medias ilustradas y un número creciente de empresarios liberales.

La salida a esta situación, por ahora, parece estarla encontrando Erdogan, el primer ministro islamista, toda vez que los rechazos implícitos de la Unión Europea a Turquía a su ingreso como miembro de pleno derecho, cuando apoyado por una mayoría visible, ha podido emprender nuevas relaciones con los militares y los empresarios, encaminados a buscar nuevos caminos económicos y a afirmar el papel en la región.

Esta posición se ve mejorada de forma inigualable por tres elementos adicionales: uno, Vladimir Putin ha invitado al gobierno de Erdogan a ser miembro observador de la Organización de Cooperación de Shanghai. Dos, uno de sus competidores inmediatos en la región, Irán, no afronta una posible intervención militar de los Estados Unidos, pero sí muy seguramente la asfixia de su programa militar nuclear. Tres, la incertidumbre de un Egipto post–Mubarak hace imprescindible, desde el punto de vista de Turquía el cuidado y mantenimiento de dos líneas diplomáticas que le aseguran distancia e influencia directa, soportadas por las relaciones construidas con Israel y Arabia Saudita.

Con todos estos elementos, Turquía parece estar recuperando de forma certera gran parte de la influencia regional que tuvo antes de la Primera Guerra Mundial, a la vez que es el elemento indispensable para cualquier actor extra–regional, sin el que cualquier acción está condenada al fracaso, como claramente lo han comprendido Estados Unidos y Rusia, y como no parecen comprenderlo varios miembros de la Unión Europea.

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