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¿Bogotá, ad portas de un nuevo error?

Hace más de un siglo Bogotá inició un camino a ciegas: la descontaminación del río Bogotá. La falta de planeación, la descoordinación en el cronograma de obras y la carencia de estudios serios han detenido en el tiempo el plan de saneamiento de este afluente. Ahora, la Nación está ad portas de invertir más de 1.400 millones de dólares con una nueva estrategia: la planta de tratamiento de Canoas.

Patricia Barrera Silva,
Unimedios

Todos saben que al río Bogotá hay que limpiarlo, huele mal, las historias acerca de la concentración de materia fecal y metales pesados en sus aguas ya son legendarias y los distritos de riego en la periferia de la capital, en más de un 85%, siguen utilizando estas aguas servidas crudas para regar las hortalizas que comemos.

“Tratar por tratar el agua es un concepto que claramente no es sostenible; debe establecerse primero por qué es necesario tratarla, y a qué nivel, teniendo en cuenta una visión integral de cuenca, conociendo la cantidad y calidad del agua residual producida, la capacidad de asimilación de la fuente receptora y los usos del agua”, con estas palabras Luis Alejandro Camacho, profesor asociado del Departamento de Ingeniería Civil de la Universidad Nacional con doctorado en modelación de la calidad del agua en ríos, expone el verdadero problema: hay que limpiar el río pero nadie sabe con exactitud las implicaciones que esto conlleva en los sistemas de drenaje de los municipios y las metodologías óptimas y costos de los sistemas de tratamiento.

Y la razón por la que existe tal grado de desconocimiento acerca del estado real del río Bogotá es porque no se ha hecho un trabajo sostenido de monitoreo de la calidad del agua.

El monitoreo del agua es un seguimiento a las condiciones de calidad y de cantidad de este recurso. Este proceso se desarrolla mediante el análisis de una serie de datos obtenidos en estaciones de medición distribuidas a lo largo del cuerpo de agua que se quiere estudiar.

A esto debe sumarse el desarrollo urgente de un modelo dinámico de calidad del agua del río que permita conocer su capacidad de asimilación, es decir, establecer con exactitud cuánta agua contaminada puede autodepurar y los requerimientos reales de niveles de tratamiento sostenibles.

Es un proceso que tendría que desarrollarse previo a cualquier iniciativa de descontaminación de un afluente, y solo entonces tendrá sentido la selección que se haga de un sistema de tratamiento.

Sin embargo, en el distrito, pese al centenar de reuniones y comisiones que se han desarrollado sobre el tema desde comienzos de siglo hasta nuestros días, y a las docenas de especialistas que han indagado una solución, parece que se estuviera comenzando por el final.

Solo hasta el año 2002 se hizo el primer informe de monitoreo completo sobre la masa de agua desde arriba de Villapinzón hasta la desembocadura en el río Magdalena (Universidad de los Andes), denominado “Modelación de la calidad del agua del río Bogotá – informe final 2002”. Luego de casi 100 años de búsqueda a ciegas, hubo por primera vez un avance en el entendimiento de las fuentes de contaminación principales del río, de los procedimientos de medición y de los parámetros de calidad del agua.

A raíz de este informe y de algunos otros, como el del consultor Alejandro Deep (1998), hubo una variación a las propuestas hasta ahora sugeridas. Ya no se habla de construir 3 plantas de tratamiento de aguas residuales (PTAR), como se dejó plasmado en el POT del año 2000, sino de 2, la ya existente planta del Salitre, extendiéndola a una segunda fase, y otra planta ubicada en Canoas, aguas abajo del municipio de Soacha.

Hoy, 5 años después, la CAR estableció un convenio con la Universidad Nacional de Colombia con el fin de que esta diseñara la red de monitoreo de calidad hídrica en la cuenca del río Bogotá. De este convenio se están presentando ya los primeros informes de avance, pero el profesor Luis Camacho, investigador de la UN a cargo de este proyecto, advierte que Canoas sería un error. Según el investigador, la incertidumbre actual por falta de datos y de estudios de modelación adecuados del impacto de la PTAR Canoas en el río Bogotá y el embalse del Muña es muy alta, comparada con el valor de la inversión requerida.

Ni expansión de Salitre ni Canoas

El grado de contaminación de una corriente está determinado por muchas variables, pero la más diciente es el nivel de oxígeno disuelto. En tres campañas de medición realizadas por la Universidad de los Andes, claramente se observó el efecto “despreciable” de la PTAR El Salitre en la recuperación del oxígeno de la corriente.

El oxígeno disuelto en ningún caso aumenta por encima de 1 mgl-1 en la estación El Cortijo, localizada 500 metros aguas abajo de la descarga del canal de agua tratada de la Planta El Salitre y en cercanías del humedal de Jaboque.

“Están pensando en la segunda planta de Canoas 18 metros cúbicos por segundo, más grande que las plantas de Alemania y el Reino Unido, pero todavía no saben qué hacer con los lodos, no saben si realmente este tratamiento va a funcionar para el río porque no se ha hecho una modelación seria que permita establecer si esa opción que se está presentando como la opción de Bogotá va a generar, o no, la calidad del agua que el río necesita, y que el embalse del Muña necesita”, advirtió Camacho.

Ataque directo al bolsillo
de los consumidores

Hay dos resultados graves que asaltarán a la ciudad si se empeñan en desarrollar un proyecto como la planta de Canoas. El primero es que dentro de 5 ó 10 años la capital tendrá que ver cómo la calidad del agua del río Bogotá continúa siendo pésima. El segundo resultado es el costo que será cargado a los consumidores.

Según un informe presentado por el DAMA, para la financiación de la Fase II del 2009 hasta el 2020 sería necesario un incremento a partir del año 2009 del 11% en las tarifas del acueducto, para hacer posible la construcción del interceptor Tunjuelo–Canoas, la estación elevadora y la planta de Canoas, así como el mantenimiento de la operación de esta, y de la de El Salitre en su primera y segunda fase. Todo por un valor de 2.645’696.000 pesos, de los cuales 839.696 se financian con tasas retributivas y un porcentaje del 7.5% del predial que pagan los bogotanos y que recibe la CAR. Lo restante, es decir, 1.806’043.000, lo terminaremos poniendo los usuarios.

No todo son plantas
de tratamiento y tubos de alcantarillado

“Las decisiones y alternativas de saneamiento del río Bogotá se han tomado siempre con base en la mejor información disponible. El problema es que la mejor información disponible ha sido escasa e incompleta o desactualizada”, afirma el profesor Camacho.

Sería pertinente mirar entonces las experiencias a nivel mundial para comenzar a tomar determinaciones más acertadas. Durante la II Cátedra Internacional de Ingeniería realizada en julio de 2008, se abordó el tema de los Sistemas Sostenibles de Drenaje Urbano, SUDS, que no es otra cosa que el buen uso de los mecanismos naturales de drenaje.

“Podemos hacer cosas inteligentes antes de que la contaminación llegue al río”, afirma el investigador.

Dentro de las alternativas que ofrecen los SUDS está el no pavimentar zonas que no sea necesario, construir tanques de aguas lluvias –que pueden ser reutilizadas en las labores de la casa– y construir piscinas de retención extendidas o piscinas de infiltración a nivel de barrios para la retención de los contaminantes de las calles transportados por las aguas lluvias.

“Los ingleses ya lo entendieron porque llevan muchos años estudiando y ya se dieron cuenta que lo que estaban haciendo aumentando los tamaños de las tuberías y haciendo plantas muy grandes no es un procedimiento sostenible. La recomendación es empezar a controlar el agua en la fuente”, argumenta Camacho.

Si bien nuestro país está en desarrollo, eso no le impide saltar varios pasos y no cometer los errores que han cometido otras naciones, “pero hay que quitar el paradigma de que la solución está en hacer más y más alcantarillado que conduzca el agua residual en forma concentrada al río, y luego proponer plantas. Al final nos puede pasar que invirtamos 1.400 millones de dólares y el río no cumple con los objetivos de calidad previstos para la corriente”, concluye el profesor de la UN.

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Publicación de la Unidad de Medios de Comunicación -Unimedios- de la Universidad Nacional de Colombia.

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