Con la guerra de Georgia, Rusia busca reconstruir su esfera de influencia. En sus pretensiones no se escapa América Latina.

AFP

 

 

Rusia reconstruye
sus esferas de seguridad

La guerra de Rusia contra Georgia entre el 8 y 16 de agosto tiene repercusiones de alcance global que solo se empiezan a percibir en el momento en que el presidente de la Federación de Rusia, Dimitri Medvédev, inicia la búsqueda de apoyos estratégicos para el reconocimiento a la independencia, y posible anexión posterior, de las provincias separatistas de Abjazia y Osetia de Sur.

Carlos Alberto Patiño Villa,
Profesor Asociado
Instituto de Estudios Urbanos
Universidad Nacional de Colombia

La guerra de Rusia contra Georgia era algo que los observadores militares y los expertos en Rusia estaban esperando desde el inicio del Gobierno de Vladimir Putin, en el año 2000. En efecto, Putin ha marcado su gestión política con dos objetivos básicos: el retorno incondicional de Rusia como actor de primer orden a la política internacional –algo que la diplomacia rusa considera un atributo de su país desde la guerra de Crimea en 1853– y convertirla en una potencia económica de gran alcance, que pueda captar los grandes recursos de Europa con base en la venta de diferentes factores energéticos.

Con este último objetivo, Putin logró determinar la orientación de gran parte de los capitales internacionales, haciéndolos llegar a los sectores más innovadores de su economía, asociados a un fuerte desarrollo de investigación científica y tecnológica. El analista Robert Kagan ha denominado esta política como “nacionalismo de gran potencia”, que ha permitido reconstruir la posición de Rusia en el mundo y sentar cara a la supuesta primacía en solitario de los Estados Unidos.

Para el desarrollo de estos ideales, Rusia inició desde comienzos de la década de los años 2000 la reconstrucción de su esfera de influencia inmediata, acompañada por la reactivación del complejo industrial-militar, que ha permitido paliar de forma directa parte del desempleo de mano de obra calificada. La industria militar ha podido renovar con un alto grado de innovación tecnológica la mayoría del armamento estratégico, e incluso ha dado nuevos usos y aplicaciones a la tecnología nuclear, de forma tal que ha dado una gran dinámica al mercado mundial de armamentos.

Pero la cuestión clave en la reconstrucción de su esfera de influencia es enfrentar el desafío planteado por los Estados Unidos, Europa y la OTAN, que una vez se disolvió la URSS, el 25 de diciembre de 1991, tomaron posiciones que Moscú ha resentido como agresivas, y que van desde la promoción de la Unión Europea para los países de Europa Central –que terminó en el ingreso de Polonia y otros más– hasta la creación de nuevas bases militares de estacionamiento permanente en estos nuevos miembros y la intención de incluir dentro de ellos esquemas de seguridad e integración política y económica de países como Georgia.

Después de la llamada Revolución de las Rosas, que dejó en el poder a Mikheil Saakashvili, Georgia se convirtió –junto con Ucrania luego del dramático ascenso de Víktor Yushchenko, quien fue envenenado por espías rusos– en un problema de seguridad nacional y de presencia estratégica de Rusia en una zona que es considerada suya desde la época de los Romanov.

De otra parte, Estados Unidos ha construido una relación especial y estrecha con Georgia durante el Gobierno de Saakashvili, quien reemplazó al pro–ruso Edvard Shevarnadze, y se ha convertido en el especial promotor de la candidatura georgiana para el ingreso a la OTAN, otorgándole adicionalmente préstamos especiales junto con políticas comerciales que le brinden ingresos sostenidos. Saakashvili se ganó el apoyo occidental con grandes promesas de combatir la corrupción, de crear una democracia multipartidista y constitucionalista y de orientar a Georgia hacia una estructura global.

Además, Georgia tiene un valor adicional para Europa: es uno de los pasos estratégicos del petróleo y gas comprado a productores no rusos. Pero para Rusia, Georgia es una de las consecuencias negativas de la disolución de la URSS, algo que Putin ha calificado como “una de las mayores catástrofes geopolíticas del siglo”. Esta catástrofe ha tenido un elemento de fondo importante para Rusia, y que Georgia ha pretendido integrar dentro de la nación a una población rusa, ubicada en las regiones de Osetia del Sur y Abjazia, en gran parte como producto de las políticas de las deportaciones masivas de Stalin, buscando la ruptura de lazos étnicos.

De esta forma, desde la independencia de Georgia en 1991, Rusia se involucró directamente en las provincias de población rusa, respaldando a sus movimientos separatistas de forma abierta y permanente. El sentimiento de agravio ruso se ha acrecentado desde las últimas guerras balcánicas, en donde su aliado natural, Yugoslavia, fue eliminado y reducido solo a la actual Serbia, a la vez que se le cercenó adicionalmente con la independencia de Kosovo, una provincia considerada históricamente serbia.

Cabe recordar que los diplomáticos rusos advirtieron, quizá en tono de consejo, a los políticos y militares occidentales, que la independencia de Kosovo tendría repercusiones directas sobre la seguridad internacional, y así lo han recordado en el marco de la guerra contra Georgia.

Saakashvili actuó militarmente, desde el 7 de agosto, para terminar una tarea que creía que había culminado en su etapa política, y que consistía en la integración definitiva de las provincias separatistas a Georgia. Esta acción se hizo con un exceso de optimismo, creyendo que Occidente, y en especial los Estados Unidos, darían a Georgia un apoyo más que diplomático: que la OTAN se involucraría militarmente a rescatar a un pequeño país, con menos del 5% de la población rusa, de la agresión de un gigante internacional en plena violación de las convenciones internacionales.

Sin embargo, la apuesta fue equivocada, y por ahora Rusia va ganando el pulso del Cáucaso, y adicionalmente está buscando el apoyo de China, quizá para dar forma definitiva a lo que algunos analistas han dado en llamar el frente autocrático en las relaciones internacionales.

Pero la acción rusa no se quedó solo en Georgia, sino que en respuesta a la intromisión occidental, y en especial de Estados Unidos, buscó penetrar la esfera de influencia del país norteamericano. Esto lo encontró en la República Bolivariana de Venezuela, dando cabida a tres jugadores extrarregionales: Rusia, China e Irán.

Así, el presidente Chávez se ha convertido en un aliado importantísimo para Rusia, pues, además de creer que está haciendo una revolución anti-norteamericana, tiene dinero para pagar de contado armamento estratégico. Entre este armamento se cuentan dos flotas de aviones de combates SU-30 de última generación –que ya son una amenaza real para la seguridad de Colombia–, una flota de 9 submarinos clase “Kilo”, una flota importante de helicópteros de combate y transporte, y una cantidad considerable de fusiles, municiones y misiles. De esta forma, Venezuela es ahora el contrafuerte de Rusia con respecto a la relación de Estados Unidos con Georgia.

La guerra ha desatado, entonces, una lucha en las respectivas esferas de influencia, y en este caso Colombia se ha convertido en parte de un ajedrez internacional que requiere agilidad diplomática, comprensión estratégica y una política de seguridad internacional creíble, que vaya más allá de los problemas del conflicto interno.

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