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De la mano, ética médica y administrativa

Desde lo ético, la práctica médica profesional debe regirse, según los expertos, por el respeto a la autonomía del paciente, los principios de beneficencia, no maleficencia y justicia. Desde lo administrativo, las instituciones de salud deben procurar trabajar con altos niveles de calidad y de eficiencia con el fin de evitar la ocurrencia del evento adverso.

José Luis Barragán Duarte,
Unimedios

El ejercicio de la medicina siempre se ha regido por principios milenarios de estricto cumplimiento por parte de sus practicantes so pena del escarnio profesional y social. Desde la antigüedad, el Juramento Hipocrático ha sido el credo de los hombres y mujeres que ejercían o ejercen esta actividad.

En el presente, las normas universales y nacionales, como la Declaración de Helsinki, la del Colegio Médico Americano y la Ley 23 de 1981 de Ética Médica en Colombia (artículos 10, 12 y 15) reglamentan la actividad médica en pro de garantizar la atención de los pacientes en condiciones de excelencia.

Sin embargo, la búsqueda del beneficio económico, la reducción del gasto y la dinámica avasallante que se vive en las instituciones de salud han expuesto a la profesión médica a continuas situaciones de riesgo y catástrofe para los pacientes, con el consecuente impacto negativo para la sociedad.

De acuerdo con Ana Isabel Gómez Córdoba, directora del programa de Medicina de la Universidad del Rosario, los eventos adversos se dividen en dos: prevenibles y no prevenibles. Sobre el primer grupo, los médicos tienen responsabilidad ética, jurídica, civil y administrativa.

Debido a la complejidad de las relaciones entre los pacientes y médicos, que van más allá de las normas y de las guías existentes, Juan Manuel Arteaga Díaz, director del proyecto de Hospital Universitario de la UN, explica el papel de disciplinas como la bioética.

Según los dos especialistas, desde lo ético, el acto médico es regido por cuatro principios fundamentales o cardinales: respeto a la autonomía del paciente, beneficencia, no maleficencia y justicia.

“Durante muchos siglos, la ética hipocrática se fundamentó en los principios de beneficencia y no maleficencia. El primero entendido como buscar el bien del paciente en las acciones de salud y el segundo, en no producir daño. Pero modernamente han sido reinterpretados: el de beneficencia como buscar el bien al paciente desde su autonomía y el de no maleficencia como la buena práctica médica”, comentó Gómez Córdoba.

De lo anterior se desprenden algunos deberes del médico y del personal que lo acompaña: “Debe consultarse siempre la voluntad del paciente en torno a las alternativas diagnósticas y terapéuticas a seguir, siempre y cuando el sujeto se encuentre suficientemente informado y respetar su decisión de hacerse o no determinada intervención. Obviamente, hay excepciones cuando se trata de personas inconscientes, niños muy pequeños y cuando es imprescindible emprender una acción médica en el paciente interdicto”, dijo Arteaga Díaz.

Frente al problema de seguridad, según las normas, los profesionales no deben exponer al paciente a riesgos injustificados, como “hacer un procedimiento con un equipo que no ha tenido un mantenimiento adecuado o que no haya sido entrenado para manejar el equipamiento, entre otros”, explicó Gómez Córdoba.

Otro principio es el de justicia o equidad, consistente, según Arteaga Díaz, en entregar a los pacientes lo que les corresponde en su atención, sin pecar por exceso o defecto en la realización de un procedimiento o en el suministro de algún medicamento.

Aunque señalan que todos los profesionales son propensos a este tipo de fallos, ambos expertos recomiendan la búsqueda de la calidad a través de la habilitación, la acreditación, la certificación y la utilización de modelos de seguridad eficientes como los del sector aeronáutico, donde existe un seguimiento pormenorizado de todas las acciones que garantizan el bienestar y la seguridad de los pasajeros.

“Los deberes éticos obligan a la búsqueda activa del error latente, el reporte de los incidentes y de los eventos adversos; prevenir y disminuir el riesgo a través de barreras de protección; contar con sistemas de detección temprana; mitigar oportunamente las consecuencias, informar al paciente, reparar el daño producido y reportar y evitar que se repita”, explicó Gómez Córdoba.

Recomiendan finalmente a los profesionales tener en cuenta la máxima en la prestación de los servicios médicos: “El paciente siempre está primero”.

Desde lo administrativo

Aunque es común atribuirle las culpas por los eventos adversos a los médicos, las instituciones prestadoras de servicios de salud, como parte del proceso de atención a los pacientes, pueden desencadenar situaciones que conllevan al evento adverso.

Fernando Betancourt Urrutia, gerente del proyecto Hospital Universitario de la UN y ex gerente de las clínicas San Pedro Claver y Carlos Lleras Restrepo, afirma que, desde lo administrativo, se pueden “generar situaciones que predispongan a actos inseguros en el manejo de pacientes que pueden terminar en un evento adverso”.

Explica que aunque este tipo de circunstancias pueden ser latentes, los hospitales deben procurar el trabajo con altos niveles de eficiencia con el fin de evitar la ocurrencia de este fenómeno, para lo cual hace algunas recomendaciones.

“Es claro y se debe establecer que la calidad y la seguridad del paciente es una política de la alta gerencia de la institución. Esto no se puede delegar. Es el mismo gerente la persona que determina el nivel deseado de calidad dentro de la institución“, comentó Betancourt Urrutia.

Un primer paso en esa dirección es lo que se denomina “cultura del reporte”, por medio de la cual se diseñan procesos que incentiven al profesional que comete un error a informarlo, con el fin de diseñar “planes de mejoramiento continuo” que disminuyan estas situaciones.

Desde lo organizacional, Betancourt Urrutia explica que en las instituciones de salud “se debe estandarizar, en lo posible, la atención de los pacientes, crear sistemas de información, implementar esquemas de análisis y con ello diseñar políticas que permitan hacer seguimiento, control y planes de mejora”.

Promueve la creación de equipos de trabajo compuestos por profesionales de diversas áreas en la atención, que contribuyan a extremar los controles en los procedimientos. Así mismo, invita a la generación de espacios para la capacitación continua del personal médico, en aspectos como la utilización de equipos de alta tecnología y en aspectos jurídicos y éticos sobre la importancia del evento adverso.

Recomienda disminuir la rotación de personas, elaborar listas de chequeo, seguir los protocolos y guías de práctica clínica, estandarizar el manejo y mantenimiento de equipos médicos y utilizar sistemas de monitoreo y alarma.

Finalmente, hace un llamado al acatamiento de los principios de equidad y justicia, que obliga a los profesionales de la salud a mantener informados a sus pacientes en todo lo concerniente con su salud. Lo anterior implica el montaje de una estrategia comunicativa, en la que fluya la información en ambos sentidos.

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