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Un buen trazo, un corte preciso y un pegado fino garantizan la calidad de la cometa y permiten que, en buenas condiciones de viento, vuele sin dificultad.

 

Sensores meteorológicos viajan en cometa

En un día de junio de 1752, Benjamín Franklin elevó una cometa para comprobar cómo se producían las descargas eléctricas. Más de 250 años después, un grupo de investigadores y “cometeros” de Medellín elevan instrumentos meteorológicos para medir la humedad relativa, la temperatura y la presión atmosférica en el Valle de Aburrá.

Aldemar Echavarría,
Unimedios

Hace más de 2.500 años los chinos dieron vuelo a una máquina artesanal que simulaba a los pájaros y estimulaba el sueño del hombre de conquistar el universo. Ese juego fantástico y divertido fue posteriormente un instrumento de investigación de Benjamín Franklin para saber en qué consistían y cómo se comportaban los rayos y las tormentas. Hoy, un grupo de investigadores de las Universidades Nacional de Colombia y de Antioquia recupera esta práctica de antaño para explorar la atmósfera baja del cielo medellinense.
La cometa, el viento y el cometero son el instrumento, el medio y el piloto que reemplazan el uso de equipos costosos y sofisticados por unos más económicos y artesanales, pero igualmente adecuados, para realizar mediciones de variables meteorológicas.
Con esta práctica, algunos sensores de 10 gramos de peso aproximadamente son colocados en cometas que se elevan sobre la topografía del Valle de Aburrá. Una vez en el aire, capturan y almacenan información sobre la humedad relativa, la temperatura y la presión atmosférica.
Cuando regresan las cometas a la superficie terrestre, el sistema es recuperado y el grupo de investigadores procede a analizar la información arrojada por los instrumentos. Según José Fernando Jiménez, docente de la Facultad de Minas de la UN en Medellín, “este es un procedimiento fácil y barato de operar, porque la cometa es una máquina muy versátil, liviana y de estructura simple”.

Secretos
artesanales

Un buen trazo, un corte preciso y un pegado fino garantizan la calidad de la cometa y permiten que, en buenas condiciones de viento, ésta vuele sin dificultad.
Hay cometas que tienen hasta cuatro hilos; pueden ser planas, triangulares, simples o complejas; con forma de diamante o de dragón; se pueden pilotear con una o dos manos y las hay de todos los colores. Sin embargo, y a juicio del profesor José Fernando, entre las más útiles para portar instrumentos y realizar mediciones meteorológicas están la “Eddy”, la “Conyne” y los “Parafoils”.
La primera de ellas, la “Eddy”, es liviana y planea como un ave rapaz, pero no tiene colas: “La simpleza aparente de la ‘Eddy’ no se compadece con la complejidad de su comportamiento”. Su nombre honra al científico William A. Eddy, quien en el siglo XIX inició de forma regular las observaciones meteorológicas usando esta cometa. “Es una pieza que a baja altura parece muy nerviosa, pero una vez está por encima de los 50 metros de la superficie del terreno se va directo al cielo, como si hiciera parte de él”.
La “Conyne”, también conocida como la “cometa militar francesa”, fue usada por el Ejército francés para elevar observadores durante operaciones militares. “Aguanta mayores cargas, se eleva a gran altura, tiene alas y las celdas le dan bastante estabilidad”, explica el profesor Jiménez.
La tercera cometa usada como herramienta para mediciones meteorológicas es “Parafoil”, una cometa sin estructura ni accesorios sólidos, un cuerpo perfectamente flexible que se adapta a las distintas condiciones del viento, el cual le otorga forma y estabilidad.
Además, hay otros instrumentos como el globo cautivo y el zeppelín, que también se han usado como máquinas portadoras de instrumentos meteorológicos. El primero es útil sobre todo en las mañanas y se eleva con helio, siempre y cuando no haya viento. El segundo, de mayores riesgos y complicaciones en vuelo por su tamaño, requiere de permisos especiales de la Aeronáutica Civil. El zeppelín puede alcanzar grandes alturas y lograr estabilidad, aunque las condiciones de viento sean fuertes.

Solución práctica,
en terrenos difíciles

“Mi área de investigación es la meteorología de montañas o en terrenos complejos, y una de las limitaciones de este campo de investigación es precisamente la falta de información”, explica el profesor Jiménez.
Esta dificultad fue la que motivó hace unos 20 años a creer que las cometas eran máquinas susceptibles de ser utilizadas para portar instrumentos de registro atmosférico.
“Nuestro grupo es muy amplio y diverso. Algunos solo quieren elevar cometas, que los halen del cielo. Otros intentamos entender las condiciones del viento, del aire, de las variables que caracterizan la atmósfera urbana y en las cuales buscamos claves que sirvan para mejorar las condiciones de calidad atmosférica en medio de una topografía cerrada y tortuosa como es la del Valle de Aburrá. Pero en estas prácticas de carácter técnico, nunca falta la sensibilidad y la poesía que otorgan las cometas cuando están en el cielo”.
Con este tipo de tecnologías, la Escuela de Geociencias y Medio Ambiente de la UN en Medellín y el Grupo de Ingeniería en Gestión Ambiental –GIGA– de la Universidad de Antioquia exploran la atmósfera urbana de Medellín y sus municipios vecinos, con el propósito de desarrollar modelos analíticos y numéricos para establecer los regímenes de circulación del aire, las condiciones de estabilidad de los contaminantes, los eventos de lluvia y otros fenómenos naturales en el Valle, como es el de la inversión térmica.
“En condiciones de inversión térmica, la polución que ingresa al Valle de Aburrá queda detenida en la atmósfera baja, por lo que pueden aumentar muchísimo los niveles de concentración de los contaminantes en la ciudad. Con estos experimentos buscamos entender algunas cosas que están pasando con el clima local y regional, y aportar análisis que permitan a las entidades ambientales, y la ciudadanía en general, contribuir al mejoramiento de la calidad del aire que respiramos”.
Desde otra perspectiva, el desarrollo de estas técnicas tiene como objetivo ofrecer datos sistemáticos y confiables sobre las condiciones atmosféricas locales y regionales. Además, es también una propuesta “para que el habitante de nuestra ciudad recupere su interés por el cielo y se reconecte afectivamente con la naturaleza”.

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