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UNP No.62
Título : La cara fecunda de la modernidad
Autor : María Mercedes Lafaurie
Sección: Jóvenes
Fecha : Agosto 22 de 2004

Las cifras de madres adolescentes van en aumento, así como los problemas en salud de ellas, principalmente en países en vías de desarrollo como Colombia.
Fotografía de Guillermo Flórez - Unimedios

La cara fecunda de la modernidad

La obtención de oportunidades sociales y el ejercicio de una "libertad" sexual en tiempos modernos podrían estar motivando el aumento de adolescentes embarazadas.

María Mercedes Lafaurie*

El embarazo adolescente constituye una de las más significativas problemáticas de salud pública en el país. Según datos aportados por Profamilia, a partir de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud, la fecundidad en este grupo poblacional ha aumentado en todas las zonas y regiones del país. Se encontró que el 15% de ellas ya han sido madres y el 4% estaban embarazadas de su primer hijo en el momento de la encuesta, realizada en el año 2000. Según el informe, y aunque prácticamente todas las mujeres entrevistadas conocen algún método anticonceptivo, incluidas las adolescentes, solo un 33,1% lo han utilizado alguna vez.

¿Qué está sucediendo?, es la pregunta que surge frente a una realidad cuyos efectos repercuten en las perspectivas de desarrollo humano en nuestro país, a menos que el orden social dé un vuelco radical. Es necesario entender que el problema está inmerso en un contexto donde se entretejen diversidad de factores, generando una trama compleja, y que, al igual que sucede con otras formas dolorosas de expresarse ante el caos de nuestra sociedad, la juventud está lanzando un grito de alarma.

Sexualidad sin autonomía

De una parte, con el advenimiento de la liberación sexual, desde la segunda mitad del siglo veinte se han venido transformando las costumbres, las prácticas y los valores relativos a la sexualidad en la mayoría de las culturas del mundo occidental. El sexo ha dejado de ser el tabú de otras épocas; entre los efectos de este nuevo orden, que se caracteriza por un ritmo de vida más acelerado, sucede que las relaciones sexuales se inician más temprano, además que los chicos y las chicas de las familias urbanas de hoy gozan de mayor libertad de acción y de decisión que los de las generaciones precedentes.

El sexo constituye, además, una industria de amplias proporciones e invade el mundo globalizado a través de los medios masivos de comunicación. Es un bien deseable y es indiscutiblemente una expresión de modernidad de la cual no escapan nuestros países, a pesar de sus tradiciones religiosas y de su amplia raigambre patriarcal.

En la otra orilla -y empujando todavía demasiado fuerte- está el patriarcado, que sigue siendo el ámbito donde se construyen en muchos casos las relaciones de género, en un país como el nuestro, donde la maternidad, lejos de ser una elección consciente, se constituye aún en el valor fundante de la feminidad.

Tenemos, entonces, dos fuerzas que al entrecruzarse dejan como resultado una ancestral predisposición a vivir la sexualidad sin mayor autonomía, en un entorno que ejerce presión sobre el mundo femenino, impulsándolo cada vez más pronto a constituirse en un pasivo reino del placer sexual. Es justamente en ese punto donde surge más de una maternidad.

El embarazo es percibido como posibilidad de cambiar de ambiente familiar, social y económico.

Efectos de la crisis social

Observemos ahora el efecto que sobre esta situación puede tener la violencia que aqueja nuestro país.

El desplazamiento trae consigo un caos social enorme. Y me atrevo a preguntar si genera o más bien visibiliza dos grandes problemáticas que tiempo atrás no hacían parte de la realidad urbana en una magnitud tal: el abuso sexual y el embarazo adolescente. Además de esto, el ingreso de la población campesina a las capitales y cabeceras municipales maximiza el cruce que he enunciado entre la tradición y la modernidad, cuando crece la desintegración familiar y con ella la vulnerabilidad de las mujeres y de los niños y niñas. Es desmedida la aparición de embarazos juveniles en las comunidades desplazadas.

Millones de colombianos y colombianas viven en la cuerda floja del desarraigo, de la exclusión y de la miseria; cada vez más empobrecidos, pueden creer encontrar en el sexo, en la maternidad y en la pareja nuevas oportunidades sociales.

Las nuevas familias

Otro aspecto que viene avanzando con la modernidad se relaciona con las transformaciones que ha estado sufriendo la familia, cuando se observa hoy una gran diversidad en la manera como las personas construyen sus vínculos afectivos y de parentesco. Entre los múltiples cambios que se observan, encontramos que en las clases urbanas el temido "madresolterismo" del pasado es más aceptado familiar y socialmente. Sucede, entonces, que ya no se da el matrimonio obligado de antaño; muchos varones asumen sus hijos más allá del vínculo que poseen con la madre, y el embarazo juvenil se convierte en una responsabilidad compartida por los dos jóvenes -y por sus padres- como algo "inevitable", producto de la contemporánea liberalidad.

La maternidad -así sea solo en el imaginario social- es fuente de estatus y sigue siendo concebida como forma de garantizarle a la mujer su estabilidad económica y social. Un hijo representa con frecuencia un vehículo para la unión de la pareja o para garantizar su permanencia y, lastimosamente, un "gancho" para la obtención de oportunidades sociales.

Me pregunto, además, qué lectura puede hacer de la multiplicidad de programas dirigidos a las mujeres "jefes de hogar" una adolescente con pocos recursos educativos y económicos, carente de un proyecto de vida que la fortalezca; me pregunto si las mujeres de las clases pobres no estarán pensando que tener hijos y asumirlos solas les abre las puertas de los diferentes subsidios y otras prerrogativas de carácter social.

Jóvenes con proyección

Aunque es posible que haya ajustes por hacer, a la escuela se le está poniendo a cargar con un peso demasiado grande cuando se reduce el problema de la fecundidad adolescente a fallas en la educación formal en sexualidad. El problema compete a todas las instancias sociales y requiere un enfoque integral.

Los conflictos familiares que llevan a constituir un hogar propio, la cadena intergeneracional de embarazos precoces, la ignorancia, la carencia de perspectivas sociales, la idea de que "hay que vivir ya, porque mañana no se sabe si estaremos vivos", hacen parte del contexto que viven los y las adolescentes que suelen optar por la maternidad y la paternidad tempranas, en un mundo que transcurre para muchos jóvenes colombianos en la incertidumbre total.

Solo una educación con perspectiva de género y de oportunidades sociales podría luchar contra esa oleada que tan fuertemente está convocando a la procreación. No bastan los programas de educación sexual, si la fuerza de la cultura es tan pobre frente a la construcción de sentido en la juventud. Se requiere una voluntad de política social que entusiasme a nuestros adolescentes -sin discriminación alguna-, que los invite a vivir gozosa y constructivamente su vida de niños y que los prepare para ganarse un espacio social que no esté fundado en su vulnerabilidad, una de las pocas vías que se les propone para ganar protagonismo en esta dolorosa historia, que es responsabilidad de todos y todas.

* Psicóloga, consultora en asuntos de género y juventud. Colabora con la Fundación Educación para la Salud Sexual y Reproductiva (Esar).