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UNP No.63
Título : Guerra y mujer: una relación excluyente
Autor : Yusmidia Solano
Sección: Sociedad
Fecha : Septiembre 12 de 2004

Guerra y mujer: una relación excluyente

El conflicto armado colombiano es el principal responsable de la deformación del ejercicio ciudadano de las mujeres. A pesar de las secuelas del desplazamiento y la violación a sus derechos sexuales y reproductivos, tal situación está potenciando propuestas innovadoras de paz.

Disitintas iniciativas de paz provienen de organizaciones femeninas que buscan salidas a la crisis humanitaria en Colombia.

Yusmidia Solano*

Al cumplirse 50 años de haber obtenido el derecho al voto, las mujeres de hoy están ejerciendo su derecho a la ciudadanía a través de una dinámica de oposición a la guerra, con propuestas de paz democrática y con justicia social y de género.

Los efectos perversos más degradantes de la situación de las mujeres son aquellos producidos por la guerra de más de 50 años que vive el país, pues impiden el ejercicio real de la condición de ciudadanas, limitando los efectos positivos de las políticas de reconocimiento. Las mujeres siguen siendo objeto de la utilización patriarcal en la vida cotidiana -siempre mediada por la predación de cuerpos y vidas-, y en la guerra tratadas como botín o trofeos de guerra, reales o simbólicos por parte de los actores armados.

En el escalonamiento del conflicto, las mujeres son violadas, usadas como objetos sexuales y obligadas a realizar oficios domésticos a las tropas y asesinadas cuando se niegan a los requerimientos sexuales o servicios de cualquier tipo. Las principales víctimas son las mujeres afrocolombianas y las indígenas que viven en las zonas marginales, donde es más intensa la hostilidad. Se ha recrudecido la esclavitud sexual y doméstica, y con ello se ha perdido la autonomía para definir sobre el propio cuerpo y la vida, regresando a condiciones de sometimiento personal ya superadas por la humanidad.

Desplazamiento y negación de la ciudadanía

Pero la consecuencia más grave del conflicto armado interno para la población civil que no muere, es el desplazamiento forzado, situación que hoy padecen cerca de dos millones de colombianos , y que casi siempre se da después de una masacre. El desarraigo coloca a las víctimas en condiciones de indefensión física, moral, sicológica y de derechos, peor que las que ocasionadas por un cataclismo natural.

Para la población que lo sufre, es de perdurables efectos por sus secuelas de hambre, falta de techo o hacinamiento, carencia de servicios públicos y sociales, como la educación y la salud, pero tiene que ver también con la disminución de la calidad de vida. En el ámbito productivo, pierde la relación directa con el trabajo que se tenía: se pierde la identidad campesina o el empleo, y en consecuencia, la fuente principal de ingresos para la familia; en el ámbito reproductivo, la cultura se resquebraja y el tejido social se rompe al perderse la seguridad, las relaciones familiares y las oportunidades para el crecimiento y desarrollo de niñas y niños que en condiciones de hacinamiento precipitan el comienzo de su vida sexual y reproductiva 1.

El fenómeno representa la negación a todos los derechos adquiridos. No se puede hablar de ciudadanía plena, ni siquiera a secas, cuando todo lo que se es, se tiene, se cree y se valora es puesto en cuestión por la violencia política, agenciada por representantes de intereses nacionales e internacionales, quienes son los únicos que pueden ejercer la denominada ciudadanía global.

En cambio, en el caso de los desplazados, la ciudadanía es restringida, situación en la que se limita la capacidad de exigibilidad de los derechos -aún teniendo el estatus jurídico-, como consecuencia del sometimiento por la fuerza y la expoliación de sus propiedades y su cultura por parte de los agentes nacionales e internacionales de la guerra.

Derechos sexuales en medio de la guerra

Mención aparte merecen las secuelas de la violencia sobre la sexualidad de las mujeres desplazadas. En una investigación de Tobón y Otero (1995) se establece: "La violencia ha tocado la sexualidad de las mujeres, ocasionando un negativismo hacia sus cuerpos, con pérdida del deseo y un rechazo radical. La negación de su sexualidad también se asocia a los ciclos de su vida y a las tradiciones religiosas, como negarse para guardar fidelidad al muerto". Las mujeres desplazadas viven sintiendo grandes contradicciones: "Ellas dudan de buscar un hombre que las acompañe, pues le temen a un trato tortuoso del padrastro hacia los hijos". Sin embargo, dados la precariedad económica, la soledad afectiva, el acoso y el chantaje sexual permanente de aquellos que quieren aprovecharse de su vulnerabilidad, algunas se ven presionadas a ejercer la prostitución como salida, pero después comprenden que antes que una solución, esta práctica hace más compleja su situación, al aumentar sus temores, inseguridad y debilitar su autoestima.

El caso que cuenta María Isabel, una mujer desplazada en Montería, de acuerdo al testimonio recogido por Tobón y Otero, ilustra lo que pasa en las zonas de conflicto. Los actores armados violan a las mujeres cuando se encuentran solas, obligándolas a mantener relaciones sexuales con ellos, lo que se puede considerar como acceso carnal violento, pero además armado: "como él tenía un revólver, yo tuve que aceptarlo, aunque luché". Los hombres armados "se crecen, a cualquiera humillan, se vuelven muy alzaditos", denuncian las víctimas. Otra disposición grave es: "En las familias desplazadas, las formas autoritarias y el maltrato son inherentes en las relaciones de pareja".

Las mujeres son las más afectadas por el fenómeno del desplazamiento.

Se ratifica una vez más que la imposición del patriarcado se ha hecho por la vía de la fuerza o la amenaza y que en cualquier situación de guerra las mujeres pierden los derechos básicos a la libertad y la integridad personal, así como sus derechos sexuales y reproductivos, aunque, paradójicamente, a las desplazadas que llegan a la ciudad se les abren nuevos horizontes. Aquí se confirma una de las tesis de Bareiro (1997), quien afirma: "No existe linealidad en el ejercicio de la ciudadanía. Importantes avances pueden ser cortados, retrotraerse los derechos a estados anteriores, pero algunos de ellos pueden permanecer parcialmente, o incluso crecer en situaciones adversas".

La destrucción del tejido social ocasionada por la guerra abre compuertas para que algunas mujeres reinstituyan su ejercicio ciudadano, en tanto tengan las condiciones y oportunidades, la construcción de sí, desde la cual trascender de víctimas a protagonistas de su propia historia y la vida de sus comunidades y cuenten con un amplio movimiento de mujeres contra la guerra que las apoye.

Pero es imprescindible exigir el cumplimiento de los derechos humanos. Frente a la crisis humanitaria que sufre Colombia, la aplicación de estos instrumentos internacionales es urgente, lo mismo que la exigencia de la ciudadanía plena, especialmente para los desplazados, para quienes "la ciudadanía podría significar, como concepción y como práctica, como horizonte de referencia de la sociedad, un enorme potencial transformador", afirma Vargas (2002).

* Investigadora Social y coordinadora de Investigaciones de la Universidad Nacional de Colombia sede San Andrés.
1El Tiempo Caribe, Sexo entre niños por hacinamiento , 19 de diciembre de 2001, pp. 1-5.