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UNP No.67
Título : Mapa de fuga y otros secretos afro
Autor : Nelly Mendivelso
Sección: Cultura
Fecha : Diciembre 5 2004

Mapa de fuga y otros secretos afro

En los peinados y las motiladas de los afrodescendientes hay significados históricos y contemporáneos que sobreviven a la modernidad. Trenzas y moños recrearon resistencias de los ancestros africanos y hoy, en otro contexto, mantienen en alto la bandera de la identidad.

La costumbre de llevar trenzas sugiere que la habilidad de hacerlas no se truncó ni con la travesía por el Atlántico, ni con la trata esclavista.
Foto : Guillermo Flórez P.

Nelly Mendivelso, Unimedios

Contrario a lo que muchos creen, las tropas, esas trenzas delgadas pegadas al cuero cabelludo que lucen chicos afro, y también los que no lo son, no las inventaron Shaquille O' Neill, Snoop Doggs o Rodman como registran en sus afiches o discos compactos. Bastaría con viajar a Baudó, San Juan o Atrato, y ver los peinados de las abuelas y las niñas, para sorprenderse al encontrar los mismos diseños en sus cabezas como símbolo de una tradición, desarrollada hace 500 años en el contexto de la esclavización.

Dentro de su cultura, ellas también son grandes artistas. Con cierto sigilo, testifican en sus cabellos la resistencia que ple-garon todos los ancestros africanos y que hoy en otro contexto se practica. "La cabeza y el pelo son un tablero en donde se escribe la identidad". Lo hicieron las abuelas para planear la fuga de las haciendas y casas de sus amos. Las mujeres se reunían en el patio para peinar a las más pequeñas, y gracias a la observación del monte, diseñaban en su cabeza un mapa lleno de caminitos y salidas de escape, en el que ubicaban los montes, ríos y árboles más altos. Los hombres al verlas sabían cuáles rutas tomar. Su código desconocido para los amos le permitía a los esclavizados huir.

"Si el terreno era muy pantanoso las tropas se tejían como surcos", dice Leocadia Mosquera, una maestra chocoana de 51 años a quien su abuela le enseñó el secreto de los peinados por considerarla la ananse de la familia, es decir, ese ser mítico representado en una araña, que con su astucia y poder, huye de la dominación. Sentido simbólico que supo conquistar para conocimiento de todos, Lina Vargas, una joven socióloga de la Universidad Nacional de Colombia, inquieta por descifrar huellas de africanía en el ejercicio de peinar en las peluquerías afrocolombianas de Bogotá.

Resistencias contemporáneas

En su búsqueda, Lina observó varias culturas afrocolombianas convergentes en un mismo lugar: las peluquerías. En estos sitios de encuentros y desencuentros, la manera como hombres y mujeres eligen lucir el cabello lleva mensajes y códigos implícitos. En un contexto contem-poráneo, trenzas tejidas como las tropas, el curly, las drelas o los sucedidos, significan otra resistencia; esta vez a las estéticas hegemónicas de los blancos. Llevar el cabello de cierto modo es una manera de expresar la identidad.

Así, en los peinados y las motiladas hay dos grandes tendencias. De acuerdo con la socióloga, una agrupa lo afroamericano-afronortemaericano y afrocaribe, enmarcado dentro de una globalización generalizada pero disidente. Aparecen entonces looks que exigen alisar permanen-temente las cabelleras femeninas; cortes cercanos al cuero cabelludo con diseños sobre la piel; trenzas y moños para jóvenes raperos; y dreadlocks, congos y bongos en las cabezas de los rastafaris o los simpatizantes de su estética.

La otra tendencia agrupa lo tradicional; la elaboración de trenzas de diferente tamaño y diseño, que, lejos de responder a una estética rapera, reproducen las hechas en los lugares que cuentan con una población afrocolombiana considerable como, Palenque de San Basilio y el litoral Pacífi-co; también el uso de productos naturales en el cabello y la cara, en donde resulta imprescindible el conocimiento botánico de quien lo prepara.

Pero no solo la oferta y la demanda de lo estético le da sentido a las peluquerías afro en la ciudad. Estos "sitios de negros", llamados así por los blancos, quienes, aún con prejuicios raciales no han podido resistirse a lucir "las trencitas exóticas", son una gran escena: sus olores y colores recrean para habitantes y visitantes la experiencia de estar de nuevo en su tierra. Los sentidos se transforman al son de la chirimía, la puya o el reggae. Es allí donde el chisme y las noticias del pueblo mantienen al día a las comadres. Las empleadas domésticas olvidan sus faenas. Los universitarios proyectan su profesión. Las promesas del fútbol sueñan con formar parte del balón pie profesional. Se forjan cantantes. Se acicalan los que trabajan en la "rusa", vendiendo frutas, cucas o cocadas. Y hasta van los políticos para hablar de su representación gubernamental.

Es justo en esa cotidianidad en la que Lina Vargas pone al descubierto las huellas de la africanía presentes en Bogotá.

Algunas peluquerías están posicionadas en el lugar público de la ciudad, no como sitios bogotanos, sino como "lugares de negros", en una suerte de valor agregado.
Foto : Guillermo Flórez P.

El arte de "peluquiá"

La peluquería ha sido un arte heredado por los afrocolombianos de generación en generación. Por eso, no son pocos los que se dedican a este oficio. La mayoría coincide en que aprendió a "peluquiá" desde muy pequeño en su lugar de origen, allá en Quibdó, Condoto, Tumaco o Buenaventura; como "África" un bonaverense de Galaxcentro 18, el complejo de peluquerías afro más reconocido en Bogotá.

Robinson, como es su nombre de pila, practica el rastafarismo, religión e ideología basada en el regreso a la tierra madre, África, y a la hermandad de los hijos elegidos por Dios, quienes se reconocen por sus largas cabelleras. Su inserción en el arte, como le llama al arreglo capilar, comenzó cuando tenía ocho años: "cuando me motivé a peluquiá cogí a unos pelaitos y pram, pram, pram, los dejé calvos. Luego les traté de hacer el miki con una cuchilla y me queó torcío. Después me tocó un señó y con las tijeras trin, trin, trin, ¡uy! Ese poco'e huecos que le dejé, casi lloro, pero bueno, se fue conforme y no pasó ná".

Años después y con más experiencia, "África", al igual que otros coterráneos, pudo establecerse en Bogotá gracias a la red de conocidos que, a lo largo de seis migraciones de afrodescendientes, se ha tejido en la ciudad.

Su peluquería es el reflejo de otras, en las que no faltan unos cuantos afiches de Bob Marley, o algún deportista o cantante afroamericano, con lo cual sustentan la identidad global como afrodescendientes. La especialidad de los cortes ratifica tal posición, por eso sus clientes, con convicción o sin ella, van para hacerse las drelas resultado de la unión natural de hebras de cabellos sin desenredar por un tiempo considerable, estilo rasta. Otros prefieren la raya Tyson, o el miki que consiste en en-marcar la frente, las patillas, la nuca y las orejas en una maniobra artística valiéndose de una hoja de afeitar. Los menos complicados optan por el prieto o rapada total; las ya señaladas tropas; el jersey, un sombreado degradado en dos o tres capas desde la parte superior de la cabeza; o íconos como la inicial del nombre, entre otros peinados.

Las peluquerías afro se especializan de acuerdo con el género, la edad y la temática. La más antigua es la de don Juan Mosquera, situada actualmente en el barrio Quirigua. Él fue el primer afrodescendiente que montó un establecimiento de este tipo en la ciudad, hacia 1957. Desde en-tonces atiende principalmente a hombres adultos. Los salones de belleza, solo para mujeres, tuvieron como líder a doña Zoila aproximadamente hace 15 años.

Entre chisme y añoranzas

El arte de saber manejar el cabello es uno de los roles culturales de la mujer, que se perfecciona con la experiencia. Por eso las niñas aprenden a trenzar y a manejar el cabello de sus amigas poco a poco: primero miran, después ayudan a sostener hebras para evitar que se enreden, y luego empiezan las trenzas desde el cuero cabelludo.

Las que mejor lo hacen adquieren un estatus importante dentro su grupo de pares, más aun si tienen "buena mano" y favorecen el crecimiento del cabello rápido, negro y fuerte. Cuando motilan a los hombres no lo hacen en público, y comparten su exclusividad de arreglar el cabello de las mujeres solo con homosexuales.

Mientras trenzan, ellas tejen historias, tanto en los salones de belleza como en las casas, en donde son frecuentes las reuniones los fines de semana, pues peinarse es un ejercicio colectivo. "Allí se crea un espacio de resistencia e integración de distintas esferas de la vida, como el trabajo y el aspecto personal", comenta Lina.

En el campo chocoano las mujeres hacen sucedidos, mientras cuentan los gajes de la labor. Al igual que los mapas de fuga, dicho tejido en forma de pequeños moños, tiene su origen en la esclavización. Se llaman así porque en ellos se relata lo acontecido en la mina o en el colino: si debió nadar o meterse en un hoyo profundo o socavón lleno de barro, al hacer el sucedido la mujer embute la punta en el mismo moño. Si solo debió trabajar con batea, lo deja suelto.

En Bogotá, los sucedidos confrontan a las mujeres con su realidad, muchas veces caracterizada por la ruptura obligatoria que genera la guerra. En torno al cabello se puede recordar a los hijos o al marido dejados en Quibdó, u olvidar las faenas domésticas. "En estos espacios es donde re-inventan su vida".

La cabeza como escenario implica el reconocimiento de la llegada a edades significativas: el primer año para los bebés o los quince para las niñas sugieren cambios estéticos que llaman la atención de la comunidad y la hacen partícipe de estas transiciones. Los adolescentes varones pueden transformar su look solo cuando han salido de la influencia de sus padres; durante la época escolar deben llevar jersey o prieto, pues sus padres los consideran estilos apropiados.

Los precios del servicio en las peluquerías oscilan entre $2.000 y $6.000. Las mujeres deben pagar por un servicio más dispendioso: al valor de la mano de obra para hacer trencitas o extensiones -trabajo que puede durar hasta ocho horas- se le suma el costo de éstas. Así ellas pagan desde $30.000 hasta $300.000, costo de la postura de extensiones de cabello liso.

Después de siglos de esclavización y marginalidad se reencuentran aquí estilos de los tejidos en la cabeza de algunos afrodescendientes. El pelo y lo que éste puede significar, gracias a la destreza de peluqueros, estilistas y peinadoras guarda aún muchos secretos respecto a las memorias ancestrales y las luchas por conquistar la libertad. Enigmas que Lina María Vargas intenta poner al descubierto en su travesía por la poética del peinado afrocolombiano, un trabajo de investigación compendiado en un libro que, bajo el mismo nombre, publicó el Instituto Distrital de Cultura y Turismo.