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UNP No. 84
Título : De la toma del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero La cobertura: ¿una tragedia mayor?
Autor : César Mauricio Velásquez
Sección: Medios
Fecha : Noviembre 27 de 2005

La especulación informativa dominó el cubrimiento de la toma al Palacio de Justicia, por parte una prensa inexperta, que nunca había tenido en su agenda una tragedia de tal magnitud.

De la toma del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero
La cobertura: ¿una tragedia mayor?

¿Qué experiencia dejó al periodismo el trabajo informativo de estos dos hechos? Según el autor, a pesar de los avances tecnológicos, la calidad y la veracidad de los contenidos no parecen incorporarse aún a las salas de redacción.

César Mauricio Velásquez O.
Decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Sabana y Presidente del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB).

Solo una semana separó la toma del Palacio de Justicia y la catástrofe de Armero. En ocho días todo cambió, desde el clima de opinión frente al presidente Belisario Betancur hasta la manera de informar de los medios de comunicación. Para la prensa todo era nuevo, trágico y rápido. Nadie estaba preparado para cubrir los dos hechos, que desbordaron la capacidad de las redacciones.

Hoy, 20 años después -pudo haber sido antes- conviene reflexionar sobre las enseñanzas y lecciones que le quedaron a la prensa en la cobertura de esas dos grandes noticias que se convirtieron en pruebas para el periodismo colombiano, debido a los poderosos intereses políticos en juego, a las crispadas reacciones sociales y al elevado número de víctimas.

En noviembre de 1985 la hegemonía de la radio era evidente. Caracol, RCN, Todelar, Súper y Radio Melodía eran los medios de mayor penetración en todo el país, no existía la telefonía móvil, pero sí la facilidad de utilizar cualquier teléfono fijo como transmisor. La televisión estaba limitada por el esquema de espacios noticiosos y dificultades técnicas, no habían nacido los canales privados y la comunicación directa al satélite resultaba imposible.

Con estas limitaciones técnicas, el país fue informado de la toma del Palacio de Justicia y de la catástrofe de Armero. En las dos noticias, la especulación informativa fue constante, los datos eran alarmantes e imprecisos. El afán de la radio se centró en sostener las transmisiones en directo, mientras la televisión y la prensa asumían como propias las versiones de la misma radio. El círculo vicioso de la radio fue claro y contundente, inclusive las agencias internacionales la utilizaron como fuente.

Esta influencia de la radio, en el caso del Palacio de Justicia, motivó la intervención del presidente Betancur en procura de la autorregulación. El estado de sitio limitó el trabajo informativo y, en su momento, la prensa no alcanzó a evaluar las graves consecuencias de las medidas restrictivas expedidas del Gobierno. Sin duda, el estado de sitio alteró el normal desarrollo profesional del periodismo, obstaculizó la investigación y "ordenó las versiones" al tenor de las fuentes gubernamentales y militares.

Esta circunstancia potenció el periodismo de comunicados, pronunciamientos oficiales, ruedas de prensa y entrevistas pactadas. En consecuencia se contaminó la información. Pocas voces se levantaron contra el manejo informativo del Gobierno, y la prensa quedó al vaivén de los acontecimientos que se sucedían uno tras otro, sin contexto, sin contraste de fuentes, sin equilibrio.

Igual sucedería unos días después con la tragedia de Armero. Ningún medio demostró estar preparado. La descoordinación fue general. Ni la Defensa Civil ni los bomberos, por mencionar algunos organismos de socorro, contaron con voceros para enfrentar a los periodistas que llegaban al lugar a buscar información. Cada quien hizo lo que pudo. En medio de los heridos aparecía un periodista que simplemente preguntaba: "¿dónde se encontraba cuando llegó la avalancha?"; o, "¿cómo se siente?" En algunos momentos los periodistas atropellaron a las víctimas, perdieron el respeto por el dolor ajeno, y la cacería se concentró en tener la foto o imagen más espectacular.

El afán por nuevas historias, casi todas separadas y pequeñas, alejó a la prensa del hecho central. La radio quiso ir más allá de las noticias y dedicó espacio a las crónicas que, como en la televisión y prensa, buscaban remover el corazón, ir al sentimiento sin ahondar en causas y consecuencias del desastre.

¿Lecciones aprendidas?

Estas rutinas profesionales evidencian la ausencia de seguimiento y análisis luego de superar las coyunturas noticiosas. En el caso del Palacio de Justicia, por ejemplo, el Acta del Consejo de Ministros tiene reserva temporal que no sobrepasa los cuatro años y, sin embargo, vino a ser conocida veinte años después. Sólo un medio de comunicación, de poca cobertura, accedió a transmitir las delicadas afirmaciones ante la Corte Suprema del General Víctor Delgado Mallarino, director de la Policía en 1985, acerca del operativo y la responsabilidad del presidente Belisario Betancur.

La cobertura de la toma del Palacio de Justicia y la avalancha que sepultó a Armero es básicamente la misma. Lo que cambia es determinar cuál es la responsabilidad humana. Sobre esto la prensa no puede quedarse a mitad de camino o distraer la atención pública de la cuestión central. ¿Quién o quiénes responden? Este mismo enfoque se puede aplicar en la reciente historia de Estados Unidos con los ataques del 11 de septiembre a las Torres Gemelas y, cuatro años después, las inundaciones que produjo Katrina en Nueva Orleans.

La experiencia que podemos aprovechar aquí no constituye necesariamente un abecé para futuras coberturas de catástrofes y actos terroristas, pero sí debería servir para pensar otra vez en el papel de la prensa y su misión frente a la sociedad y a la historia.

Si los medios quieren dejar huella deben invertir recursos humanos y dinero en fortalecer las unidades de investigación. Hoy las redacciones crecen en sus secciones de farándula y espectáculo, pero no en la contratación y estímulo de periodistas dedicados a profundizar en los hechos de cada día, en el seguimiento de temas de fondo que necesita conocer el público. Pese a muchos esfuerzos, aún existe en la prensa una tendencia hacia la plena confiabilidad de los datos suministrados en boletines oficiales, particularmente cuando provienen de las Fuerzas Armadas y de los organismos de seguridad.

La especulación informativa, el afán de la chiva y la difusión de datos sin confirmar son prácticas que desde la década del ochenta han hecho carrera en el periodismo colombiano. La veracidad debe primar sobre la rapidez. La prisa por transmitir se convierte en opinión interesada. La imparcialidad debe estar basada en criterios profesionales, por encima de opiniones e intereses ajenos a la información. Hoy se carece de elementos informativos y se dispone de mucha opinión.

Otro hábito de la prensa para no repetir tiene que ver con el tratamiento a las víctimas de hechos violentos o desastres naturales. Se debe establecer un límite para respetar el dolor ajeno. Este criterio profesional debe ser incluido en los códigos profesionales, tal como aparece en los estándares de calidad de grandes cadenas de televisión como CBS, NBC y ABC. Por desgracia, hoy muchos periodistas repiten esta práctica. Si erupciona el Volcán Galeras esperemos que la prensa no repita situaciones parecidas, porque 20 años deberían ser suficientes para aprender la lección.