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UNP No. 84
Título : El estado de bienestar y el levantamiento de las banlieus
Autor : Darío Acevedo Carmona
Sección: Internacional
Fecha : Noviembre 27 de 2005

Luego de tres semanas de disturbios a las afueras de París, los reclamos de los banlieues son respondidos por el gobiernos francés con una campaña publicitaria para no afectar el turismo.

El estado de bienestar y el levantamiento de las banlieus

Contraponer a los disturbios en Francia el fracaso del modelo planteado en el estado de bienestar, es desviar y simplificar las equivocaciones en la política de migración y el comportamiento discriminatorio, que, según el autor de este análisis, están en la base de la tensión.

Darío Acevedo Carmona
Profesor de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín; docente invitado del Instituto de Altos Estudios para América Latina.

Contraponer a los disturbios en Francia el fracaso del modelo planteado en el estado de bienestar, es desviar y simplificar las equivocaciones en la política de migración y el comportamiento discriminatorio, que, según el autor de este análisis, están en la base de la tensión.

Los levantamientos de las banlieus en Francia y otros países europeos nos recuerda que las realidades de miseria se dan también, aunque en menor escala, en el primer mundo. Pero esa constatación no puede servir, como pretenden algunos columnistas vengativos, para sacar conclusiones ligeras y simples como las que aseguran que el modelo de estado de bienestar en Europa se ha agotado.

Si en la coyuntura de los trágicos atentados del 11 de septiembre en los Estados Unidos se criticó con razón la posición de cierta intelectualidad de izquierda europea que encontró razonable tal atentado, o por lo menos lo justificó como una reacción a la política imperialista norteamericana; lo razonable ahora no es tomar una especie de venganza y renegar de lo europeo, o sostener que el modelo de bienestar es una farsa, y expresar cierta alegría perversa y sardónica con los problemas que enfrentan varios países con masas de jóvenes que se sienten rechazados.

Salir a batir palmas por los hechos de vandalismo ocurridos, no solo es inicuo sino que revela un sentimiento primario que obnubila el necesario reconocimiento histórico a los aportes que a la cultura occidental ha realizado Europa, con todas sus complejidades y contradicciones internas incluidas. Por supuesto que no está fuera de lugar recordarle a ciertos sectores políticos franceses sus inconsecuencias cuando se refieren a las realidades del tercer mundo.

Recepción no integración

Es pertinente preguntarnos: ¿el levantamiento de los pobladores de las banlieus es el signo del fracaso del modelo de desarrollo de la posguerra? Esto es por lo menos lo que se desprende de las lecturas que algunos analistas hacen de los hechos ocurridos en este otoño en París y otras localidades de Francia y Europa. Y, tanto aquellos que desde América o desde la "derecha" pasan una especie de cuenta de cobro, como quienes desde Europa usan la pluma para darse golpes tardíos de pecho, echan por la borda toda la herencia de la modernidad y de la cultura occidental ante una dificultad que, en todo caso, puede ser superada en el mediano plazo con las herramientas institucionales legadas por esa modernidad.

Los que tiran toda la herencia por la ventana, en actitud avergonzada, obran de modo simplista y cómodo, demasiado irresponsable. Un fenómeno como el que se ha venido apreciando, en el que están involucradas, no las masas de migrantes, sino la de sus hijos, no da para pensar en términos tan categóricos sino para reflexionar acerca de las fallas, omisiones, equívocos y errores cometidos por sucesivos gobiernos, de izquierda y de derecha en el tratamiento de la integración de culturas foráneas necesarias para su desarrollo. Estos hechos también dan para realizar una mirada crítica a los elementos de la cultura cotidiana en la que afloran conductas de exclusión y racismo.

La discriminación laboral, en salud y otros servicios sociales a los hijos de los migrantes cuestiona el modelo de estado bienestar en Europa.

Los norteamericanos, que en buena medida, como cualquier zona del llamado primer mundo, presentan los mismos conflictos, han demostrado una mayor eficacia en la adopción del fenómeno migratorio que los franceses y los europeos en general, que se han conformado con la recepción mas no con la integración. Ello es síntoma de una política que suponía que el modelo de estado de bienestar se extendería por obra y gracia de la inercia a todos quienes fuesen habitantes de la nación, y que no tenía en cuenta que en el marco de esas migraciones había agentes y realidades sumamente conflictivos, en la medida en que se ponían en contacto no sólo estructuras sociales sino también de tipo nacional, racial y religioso.

No es lo mismo una masa de migrantes cristianos a una nación cristiana, que la de una masa de musulmanes y negros a una nación blanca y católica. Si los mecanismos de integración han fracasado, lo que se está revelando no es una falla en el modelo de desarrollo del estado de bienestar adoptado por la mayoría de países europeos de la posguerra, sino la irresponsabilidad de haberse negado a adoptar una política clara en materia de migraciones que permitiese no solo el cubrimiento de áreas "sucias" de la economía sino la educación y socialización, en suma, la integración de los nuevos habitantes, y en cambio haber confiado ese proceso a las fuerzas de la evolución.

Discriminación: ¿los costos de la migración?

Es claro que los países adelantados arrastran consigo una discriminación que puede estar en la base de los conflictos actuales. En ella ha habido descuido en la proyección de políticas de integración y formalización de esas comunidades que llegan a las metrópolis en busca de oportunidades y que solo encuentran allí el trabajo "sucio", el malpago o la exclusión total. Sin embargo, el desafío de las migraciones es de tan altos costos que ningún gobierno se ha querido plantear seriamente el problema por temor a ser culpado de racista. Las consecuencias están a la vista con la insurrección espontánea de los jóvenes de las banlieus que, por ahora, no son presa exclusiva de los predicadores del fanatismo religioso musulmán, pero que lo podrían llegar a ser en cosa de instantes si no hay una reacción adecuada del estado.

 

Lo que está en cuestión, por tanto, no es como alegremente pregonan los hacedores de catástrofes, el modelo de estado de bienestar o el capitalismo o la globalización, no es que los mecanismos estatales hayan fallado, sino que la inclusión de nuevas realidades en el desarrollo no se ha realizado con los procedimientos adecuados. En esa falla hay tanta responsabilidad de las derechas como de las izquierdas, si nos atenemos a lo que afirma buena parte de los analistas en el sentido de que esto se ha fraguado en los últimos 30 años. Por tanto, el conflicto podría tener más relación con deficiencias en políticas corrientes en materia educativa, de salud y de empleo que no contemplaron el problema de una migración indiscriminada y masiva que hizo fracasar todo el dispositivo estatal existente, que con una política expresamente racista.

En ninguna parte del mundo encontramos países en los que la exclusión y la discriminación no figuren de manera lacerante. Por supuesto, si las democracias más avanzadas no reaccionan con sensatez y realismo, sus enemigos, o sea, los extremistas que explotan la crisis con referentes religiosos, aprovecharán para sembrar la duda sobre las ventajas de la sociedad liberal y democrática de Occidente.