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UNP No. 84
Título : Para exorcizar el olvido
Autor : UN Periódico
Sección: Entrevista
Fecha : Noviembre 27 de 2005

La Gran Orden del Ministerio de Cultura, otorgada en abril anterior, resume el reconocimiento que muchos le hacen como contemporáneo del porvenir.

Para exorcizar el olvido

Una tarde, la del viernes 21 de octubre, el maestro Rafael Humberto Moreno dio la última entrevista, a UN Periódico. En ella dejó percibir que sus días le alcanzarían para escribir algunas más de sus inefables letras. Sin embargo dejó estas palabras, que serán publicadas en su versión completa en un libro de entrevistas al autor que prepara la Universidad Nacional.

Entre los narradores colombianos de las últimas décadas y de mayor recepción literaria, descolla R.H. Moreno-Durán (Tunja, 1946-Bogotá, 2005), autor de varios libros de ensayo sobre literatura nacional y europea, de destacadas novelas y libros de cuento, de una pieza dramática, de una biografía literaria, de una consolidada tipología femenina definida como Meninas, Mandarinas y Matriarcas, de recreaciones de mujeres ficticias de la literatura universal y del reconocido programa Palabra Mayor que incluye entrevistas a grandes autores de la literatura iberoamericana. Con motivo de la valoración múltiple Fantasía y verdad publicada por Unibiblos, el autor dialogó con Juan Gabriel Vásquez y Luz Mary Giraldo sobre sus años de formación en la Universidad Nacional, el oficio de escritor, la importancia de la lectura, sus años en Barcelona, la literatura de hoy y las condiciones de la crítica contemporánea.

Amante de la vida y de la literatura, responde al tipo de escritor que desde el culto a la palabra y el conocimiento se compromete críticamente ante la sociedad y la historia. De amplia cultura, pluma incisiva y juguetona, prodigiosa memoria e inteligencia pronta, en su obra confluyen el gramático que domina el idioma, el escritor iconoclasta y burlón, y el pensador que reflexiona en cada página de sus ficciones, ensayos o conversaciones, dejando ver la sintonía del escritor que lee o el lector que escribe, lo que desde su erudición "se aproxima a la sabiduría", como lo reconociera Noé Jitrik en el homenaje que le rindió su Alma máter en las Primeras Jornadas de Literatura y Escritura Iberoamericana, coordinadas por la Escuela de Cine y Televisión y el Departamento de Literatura.

Luz Mary Giraldo: Empecemos por la historia de lector y escritor. Usted concede un valor fundamental a la época de estudiante en la Universidad Nacional, ¿qué hay de ese periodo, de las lecturas de entonces, de los primeros escritos?

Rafael Humberto Moreno: Yo creo que todos los escritores sin habernos puesto de acuerdo, empezamos a descubrir que había algo muy atractivo, adictivo casi, en cierto tipo de lecturas que nadie nos recomendaba y que uno encontraba por su cuenta: Stevenson, Julio Verne, por ejemplo, pero eran lecturas que uno hacía entre novia y novia, fiesta y fiesta, en el bachillerato. El bachillerato lo hice en seis colegios diferentes, sin perder ningún año, pero no me sentía cómodo en ninguno de ellos. Este cambio continuo me permitió comparar sistemas de educación, en el caso de la literatura constatar formas de enseñanza diferentes: si un profesor le ponía una mística extraordinaria y era maravilloso, otro hacía de ella una verdadera costura. Llego a la universidad a estudiar una carrera que nada tiene que ver con la literatura, el Derecho, y me da todo en el sentido de que me enseñó a leer a través de unos profesores iconoclastas; creo que los más iconoclastas son los de derecho, ni siquiera los de filosofía (al fin y al cabo ellos mismos decían que la ley está para violarla). Recuerdo a algunos de ellos con mucho cariño; un profesor que cambiaba de Justiniano y el Código Civil y daba un salto maravilloso a Joyce; o analizaba cómo se veía el problema del derecho en Kafka o por qué el noventa por ciento de escritores eran abogados. Uno empezaba a descubrir a fondo a Goethe, como abogado, juez, poeta, dramaturgo y científico. Yo me decía: "el derecho lo es todo".

Yo me hice lector en la Universidad gracias a que la Facultad de Derecho tenía su propia biblioteca, pero había una biblioteca central y al mismo tiempo otras bibliotecas en las otras treinta o cuarenta carreras de la universidad. Libro que no estaba en mi facultad o en la central lo encontraba en las otras. Me hice lector en la universidad y me hice escritor leyendo las malas cosas que algunos compañeros escribían.

LMG: En la Universidad confluyen la literatura, la historia, las ideas políticas. Ha sido termómetro de los acontecimientos del país y del mundo, así se deja ver en Juego de damas, su primera novela.

RHM: Los que tuvimos la suerte de vivir del 65 al 70, la Revolución cubana, Vietnam, la minifalda, la píldora anticonceptiva, el boom, encontramos muchas cosas. Si yo tenía alguna reserva con el nouveau roman que me parecía muy aburrido, llegaba el boom para salvarme la vida porque me descubre grandes autores y a los que a su vez éste descubre: Filiberto Hernández y el mismo Borges. Por todos esos escritores empecé a hacerle trampa al derecho y a leer robándole tiempo al derecho, leyendo uno o dos libros simultáneamente. Aquí viene la novela, una muy particular. Un día entré a la cafetería y había cuatro o cinco tipos de cuarto o quinto año de Derecho a punto de irse a las manos porque no se ponían de acuerdo sobre si la mejor novela era Ulises. Yo nunca había oído hablar de Ulises y me dije: "ese libro tiene que ser importante", y cuando terminó el conflicto le pregunté a uno de ellos si me lo podía prestar y sin problema lo hizo sin saber quién era yo. Lo devoré y a los quince días, cuando lo devolví me dijo: "¡sobreviviste!"; el libro tenía muchas cosas que no entendía, pero descubrí una faceta diferente de la literatura, entonces empecé a alternar literatura de creación.

Bajo el marco de la valoración crítica del autor de Femina suite, Germán Espinosa, Rafael Gutiérrez Girardot, Juan Goytisolo o Raymond Williams, entre más de veinte intelectuales, fueron convocados en Fantasía y verdad. Valoración múltiple, el último libro sobre Moreno-Durán.

Juan Gabriel Vásquez: ¿Qué dejó esa etapa?

RH: La Universidad fue la mayor proveedora de ensayo, precisamente por estos profesores iconoclastas que me ayudaron a pensar cuestionando las verdades establecidas. Nunca olvidaré la rabia que me dio cuando hablando de Sartre con un profesor de filosofía, me dijo: "para hablar de filosofía tenemos que hablar de filósofos serios y Sartre no lo es"; en ese entonces yo adoraba a Sartre y la afirmación del profesor me molestó mucho. Años después comprendí que tenía razón. Sartre era un militante muy genial con sus obras de teatro que para mí es lo que sobrevive; pero todo lo demás. reintenté leer Los caminos de la libertad y no, ideologismo indigesto. El profesor tenía la razón, pero entonces estaba tocando uno de mis ídolos. Frente a muchos filósofos que nos vendía París, los profesores tenían la misión de decir: "¡ojo!, ese es un charlatán", y eso era muy importante para quienes creíamos en llegar al conocimiento a través de la insolencia y el escepticismo, eso me lo enseñó la Universidad.

LMG: Hay un ensayo sobre Lautreaumont que se identifica como su primer texto. Luego vienen De la barbarie a la imaginación y Juego de damas, lo que indica que desde el comienzo cabalga entre el ensayo y la ficción.

RHM: Como casi toda mi generación, yo sentía que algo se estaba moviendo en el mundo, que iban a cambiar las cosas. El poeta Lautreaumont de alguna forma propugnaba una rebelión contra lo absoluto, pero lo absoluto eran categorías que ya habían manejado Sartre, Camus, una cantidad de gente; era el rebelde que a los veinte años había escrito una obra impresionante.

Cómo no sentir la sensación de militancia política teniendo a los troskistas, comunistas, ortodoxos, línea Moscú, línea Pekín, cubanos, en fin. Los veía y los distinguía por los grupos; ahí descubrí al joven rebelde pero ya no en el sentido de Lautreaumont sino aterrizado en una realidad tan terrible como Colombia entre 1965 y 1970, cuando surgen dos grupos guerrilleros, Farc y Eln. Uno no puede ser indiferente a eso. Yo vi cómo muchos compañeros míos cayeron. Menciono ese lustro porque no todo el mundo ha tenido la fortuna de tener como profesor a Camilo Torres Restrepo, o a Martha Traba que nos lleva a Mario Vargas Llosa, a Juan García Ponce a dictar conferencias, a Marcuse, el otro pontífice del movimiento contestatario traducido por García Ponce; ese privilegio lo hemos tenido muy pocos, con autores que estuvieron al alcance de la mano.

 

Ahí entendí que se estaba moviendo algo, pero lo que más se movía y cambiaba eran las muchachas, las jóvenes, las minifalderas, todas inteligentísimas, bellas, destructoras de hombres, número uno de su carrera. Ahí pensé: "este personaje no ha sido tratado por la literatura colombiana"; desde María hacia acá no veía a esa mujer por ningún lado y sigo sin verla. No estaba en Lizarazo, en García Márquez que era la moda, en Cepeda Samudio, no estaba en los cosmopolitas; ahí me dije: "esa mujer es nueva y va ser mía". Descubrí que tampoco estaba el movimiento estudiantil como tal, vinculado a la liberación femenina, ambos relacionados a los movimientos políticos que se estaban abriendo camino en el mundo. De ahí nació Juego de damas. Las tres columnas de Juego de Damas, que siguen rigiendo mi vida.

En estos momentos, octubre de 2005, lo que estoy escribiendo está regido por un criterio cronológico, por eso cuando viene la caída del Muro de Berlín en 1989, Juego de Damas se había publicado catorce años antes y en la novela esto se anticipaba: ya había guerrilleros absolutamente arrepentidos, escépticos, enmarihuanados que preferían la marihuana al monte, decepcionados, cuando aquí todo el mundo empezaba a irse para el monte engañado por la falsa ideología. Hay una serie de cosas que yo no entiendo por qué los demás no siguieron en sus historias, muy respetables, del campo, de los bares, de las prostitutas, el tránsito del campo a la ciudad, la violencia con mayúscula, pero mi violencia era la que yo estaba viviendo, si estoy en el 73 era la del 73. Eso se lo debo a la Universidad porque en ese caldo de cultivo era donde conocía todo.

JGV: Cuando llega a Barcelona termina Juego de Damas, ¿cómo afectó el alejamiento del caldo de cultivo para la escritura de los otros dos volúmenes de la Trilogía, que comparten el mismo clima y dan una unidad de ambiente total?

RHM: Porque, como en el poema de Kavafis, la ciudad, en este caso la Universidad no me abandonó nunca. Yo me fui del país por las buenas, sin resentimiento ni nostalgia, ni deudas pendientes, lo que me permitía trabajar sin rabia, que es el problema de muchos escritores al convertir el exilio de sus países en verdaderas batallas campales y luchas que transmiten -así tengan la razón- a sus novelas en puro resentimiento; la novela no es para tumbar gobiernos, ni para sacar a la gente de la cárcel, en lo posible es para meter al autor a la cárcel, es lo que casi siempre ocurre. Además ningún escritor nació para ser la Madre Teresa de Calcuta ni para reivindicar a nadie, un escritor no tiene por qué ser Simón Bolívar o el Ché Guevara. La escritura es diversión, arte, profundidad, si no puede aportar algo en esos temas muy bien, si mi lector se divierte bien, si enriquezco la tradición de la que formo parte o sea la tradición española, hispanoamericana, colombiana, me siento bien, el mismo conocimiento que me enseña el estar trabajando permanentemente sobre la realidad de mi país, de mi continente en el mundo.

Luz Mary Giraldo y Juan Gabriel Vásquez, amigos y colegas, hicieron la última entrevista al escritor colombiano en la que, como siempre, hizo uso de su agudo sentido del humor para confesar las cosas por hacer y las ya hechas.

Me fui en barco y a los seis meses de llegar de Colombia éste se incendió en el Puerto de Barcelona y como no tenía ninguna necesidad de regresar, esto permitió que me olvidara de Colombia en el sentido doméstico, cotidiano. Colombia estaba conmigo todos los días por la prensa, la prueba es que muchos de mis libros son "colombianos". Para descansar de eso aparece Metropolitanas, mi primer libro de cuentos (como se dice en algún momento de la Trilogía: "Monsalve se tuvo que ir a Europa y por allá está escribiendo un libro sobre mujeres"). Entre un libro y otro descubrí algo que para mí ha sido muy importante: que estaba escribiendo una especie de panel colombiano sobre el siglo XX; cuando se publicó hace dos años con motivo de no sé qué centenario de Bogotá, mis dos novelas: Los felinos del canciller, sobre la Atenas latinoamericana o sea finales del XIX y comienzos del siglo XX y El caballero Invicta, sobre la época de Pablo Escobar, el apagón de Gaviria y todo el final del siglo XX, vi el acierto de mi editor al meter en un solo volumen los dos libros porque sirven de arco a toda mi obra. Sin darme cuenta he escrito un fresco balzaciano o pruostiano sobre Colombia, Corea, los años sesenta, los ochenta.

JGV: Los escritores somos gente supersticiosa, de seguir rutinas y horarios, Hemingway escribía de pie y tajaba un determinado número de lápices diarios antes de ponerse a escribir, porque eso lo ayudaba a concentrarse, García Márquez con sus rosas amarillas. ¿Rafael Humberto qué manías tiene?

RHM: Varios escribían de pie, como Óscar Wilde, otros en la cama y no salían de ella, como Onetti. Yo soy maniaco, trabajo de sol a sol, nunca con luz artificial porque ésta siempre fue para leer, después de las diez de la noche. No puedo sentarme a trabajar si hay algo abierto, una ventana, una puerta, si no está hecha la cama, si no hay un orden absoluto. Si empiezo a escribir y escucho ruidos o si el cuadro está torcido me levanto a enderezarlo, si encuentro algo que está sucio me pongo a limpiarlo y se me va todo el día en esas cosas que son pendejadas pero determinan el día.

LMG: ¿Música?

RHM: Al comienzo aprendí a escribir con música porque aprendí a leer con ella, cuando yo supe que por más fascinante que fuera Beethoven no me interrumpía un fragmento de la Montaña Mágica, entendí que son compatibles aunque diferentes. La música me va entrando por algún lado, el silencio absoluto me vuelve nervioso, es como si hubiera algo, como si algo va a pasar, entonces prefiero la música clásica.

JGV: ¿Cuál es el estado de la crítica, visto con la perspectiva de un libro que se acaba de publicar con las críticas de su obra a lo largo de los últimos treinta años?, ¿cómo se ha transformado ese oficio en Colombia?

RH: Aquí hay una especie de proceso paralelo de descomposición de criterios: de la facilidad, de lo inmediato, de la lectura superficial, de la falta de profundidad; yo no creo que para escribir una reseña se necesiten cinco páginas. Recuerdo cuando Borges escribió por primera vez una reseña de Hermann Broch que ocupó media página en una revista; con ella nos reveló a un extraordinario escritor. O sea, no es cuestión de espacio. No existe un sujeto llamado crítico; las mejores críticas en Colombia las siguen haciendo los propios creadores, lo mismo que en otros ambientes los hacen los pintores o los cineastas; el oficio de crítico especializado ha ido desapareciendo.

JGV: ¿El creador literario, novelista, cuentista, tiene elementos de juicio de los que el crítico carece?, es decir el hecho de que en Colombia las mejores críticas las estén haciendo los creadores, no es muy distinto de lo que ha pasado en otros momentos del siglo XX. Las críticas de Virginia Wolf eran las mejores de su momento; el mejor crítico sigue siendo Eliot.

RHM: En Colombia podemos comprobarlo con el mismo García Márquez. Antes del éxito fulminante de Cien años de soledad y de la universalización de su obra y una especie de dedicación casi exclusiva de la creación. Era un excelente crítico; las críticas de cine y de libros de La jirafa o de los periódicos de la costa o las de La razón lo dejan a uno sorprendido del gran criterio que tenía. Héctor Rojas Herazo, maestro de la prosa, autor de tres obras magistrales y que curiosamente nunca escribió cuento, fue uno de los críticos más brillantes que he leído en mi vida. Los dos tomos que publicó Eafit en Medellín muestran su lucidez, sentido del olfato extraordinario. Eso mismo pasaba con contemporáneos de Buenos Aires, La Habana o México. Creo que hay un problema de formación; me parece que el escritor, por lo menos de las dos últimas generaciones en Colombia, ha despreciado olímpicamente la crítica, no porque no le den la oportunidad.

Ésta es una generación que se dedicó exclusivamente, entre comillas, a crear, a soñar, a divagar y no a reflexionar. La ausencia de reseña crítica corre pareja con la ausencia de ensayo; Colombia es un país de grandes y extraordinarios ensayistas y lo demuestra Mito que es la gran generación de críticos, reseñistas y ensayistas; uno encuentra un artículo de Martha Traba de veinte líneas, absolutamente contundente sobre Bacon o cualquiera de los grandes pintores del siglo XX, pero también un artículo de veinte páginas; eso solo lo da la formación; un crítico no se improvisa. Un crítico corre parejo con el gran creador. Es el caso de Octavio Paz, el gran poeta a quien su prosa le ayudó a su carrera. Su gran prosa tanto en ensayo extenso como en reseñas breves, Lezama Lima, Borges, Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar. Lo que ha ocurrido en Colombia en los últimos veinte años, pero no solamente en Colombia, es que la minicrítica está haciendo una carrera tan nefasta como el minicuento que es donde hay verdaderas perlas, pero no todo es calidad. Me parece que el problema es el sujeto crítico, si el sujeto crítico no existe, no existen resultados, se impide una lectura del producto estético.