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Las celebraciones del 9 de abril posteriores a los hechos de 1948 tienen actores y sentidos políticos y simbólicos diversos, de acuerdo a la coyuntura de cada época.

Conmemorar el 9 de abril: la batalla de los sentidos

¿Qué ha pasado los 9 de abril después del de 1948? Una mirada a la forma como se ha rememorado este hecho, permite reconocer su uso y disputa como capital político y simbólico.

Por Vladimir Melo Moreno*

La conmemoración de eventos como los sucedidos el 9 de abril de 1948, el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y los siguientes levantamientos populares, suelen ser espacios de disputa social y política por el sentido del pasado y por la memoria misma. La primera conmemoración en 1949 y las que le han seguido hasta hoy así lo corroboran.

El 2 de abril de 1949 los conservadores realizaron una manifestación anticipándose a la primera conmemoración de los gaitanistas. En ésta celebraron la victoria de las autoridades en los levantamientos, condenaron la actitud de los liberales y proclamaron la candidatura de Laureano Gómez a la presidencia para 1950.

El partido liberal, por su parte, organizó una manifestación que movilizó a toda su base, en un acto coordinado que tuvo diversas expresiones –misas, desfiles, concentración en el Parque Nacional, marcha de antorchas de las mujeres–. Más de 100.000 personas, calculó la prensa liberal, participaron en Bogotá, cuyo discurso principal anunció una retoma del poder por parte de los liberales en las venideras elecciones de 1950.

Este primere evento revela a grandes rasgos los elementos que caracterizan las conmemoraciones de los 9 de abril a través de los años. No existió un discurso único sobre los protagonistas y los hechos. Su sentido era un terreno de disputa como lo fueron, igualmente, el carácter del aniversario, las prácticas posibles y quiénes eran los llamados a conmemorar.

Las condiciones y las formas de la recordación varían con las cadencias del sistema político y del conflicto armado. De esta forma, es posible hacer una caracterización general de las conmemoraciones del 9 de abril en tres grandes periodos: La Violencia (1949-1957), el Frente Nacional “largo” (1958-1978) y el pos Frente Nacional (1979-1998).

Durante La Violencia la conmemoración liberal o popular del 9 de abril fue restringida. En fechas cercanas a ésta las medidas de estado de sitio se incrementaban. Así, por ejemplo, en 1953 solo se permitió el ritual del duelo católico y la visita silenciosa y personal a la tumba de Gaitán. Existía un terror en la élite, especialmente la conservadora, respecto a la fecha. Como si se tratara de un deja vú, la posibilidad de que una manifestación se llegara a transformar en levantamiento popular estaba siempre presente; tal era el poder que se le confería a la fecha y a la memoria de los hechos. Y con cierta razón, pues la conmemoración de 1949 les había “confirmado” la capacidad movilizadora de la memoria.

De otro lado, en este periodo se constituyó una contraconmemoración. Se trató de la celebración de la élite conservadora lo que podríamos llamar el reverso del 9 de abril, es decir “la revolución del orden”: el triunfo del presidente Mariano Ospina Pérez y del Ejército Nacional en el aplastamiento de los levantamientos “de claro origen comunista”. No obstante, aunque este tipo de contracelebración se prolongó por más de 20 años, no es un elemento que perdure en la memoria general sobre el 9 de abril.

Así mismo, es durante La Violencia cuando se instalan las representaciones más comunes del 9 de abril: desde “el día de la locura colectiva o la barbarie” –visión propia de la élite liberal y conservadora–, y “el día de la revolución frustrada” –de la izquierda–, hasta el popular y concluyente “día en que murió la esperanza”. Igualmente, la representación del 9 de abril como inicio de La Violencia es un producto temprano. Por ejemplo, en las primeras conmemoraciones los conservadores le dan el significado de “primer golpe” y, a todos los hechos violentos posteriores, el de respuesta. Pero además, entre los liberales de provincia el 9 de abril es fundacional en aquellas regiones, como Tolima, donde la “violencia no comienza sino llega”.

Vitrina útil

Durante el Frente Nacional las expresiones del 9 de abril se libraron de las restricciones para la escenificación en la arena pública. Las manifestaciones multitudinarias se transformaron en tribunas para la competencia de sentidos aprovechadas por distintos sectores políticos. Esta es quizás la principal característica de las conmemoraciones de este periodo.

En este contexto, la práctica conmemorativa se convertía en una tribuna liberal oficialista en donde se fogueaban viejos y jóvenes políticos. Pero no solo los oficialistas instrumentalizaban la fecha. Simultáneamente, los que se consideraban verdaderos voceros del movimiento popular (Anapo, Moir, MRL del pueblo, Partido Comunista) trataban de reapropiarse de lo que consideraban la “legítima herencia” democrático- revolucionaria de Gaitán. Durante este periodo lo que estaba en juego en la conmemoración era la pregunta: ¿quién representa al pueblo y sus legítimas aspiraciones, como lo hizo Gaitán?

El año de 1978 ilustra esta disputa. Al día siguiente, el 10 de abril, la prensa registró dos hechos distintos de la política colombiana cuyo vínculo era precisamente la conmemoración. El primero fue la irrupción nocturna del grupo guerrillero M-19 en la casa-museo, la tumba de Gaitán, donde dejaron volantes y pintadas las paredes con consignas alusivas a Gaitán, la movilización popular y, por supuesto, al propio M-19. El segundo fue la finalización de la segunda gira nacional de campaña del candidato liberal a la presidencia Julio César Turbay, evento realizado en Girardot, donde estuvo acompañado por Gloria Gaitán –hija del caudillo asesinado– en un acto que incluyó la conmemoración de los hechos del 9 de abril. El evento fue denunciado por El Siglo –diario conservador– con el titular “Turbay usa la memoria de Gaitán para hacer política”.

Así, en las conmemoraciones del 9 de abril no siempre se aludieron a los mismos contenidos ni participaron los mismos protagonistas. Esto rompe con la idea de la conmemoración del 9 de abril como expresión típica de la generación “nueveabrileña”, y como patrimonio exclusivo del Partido Liberal. De esta forma, podría decirse que el 9 de abril se proyecta como una ventana temporal convertida en el espacio público desde el cual diferentes sectores políticos se volvían visibles alrededor del evento.

¿Memoria en declive?

Las dos últimas décadas del siglo XX atestiguan el declive de las manifestaciones conmemorativas del 9 de abril: en términos cuantitativos son cada vez menos masivas, y en lo simbólico, menos imaginativas. De hecho, se multiplica el material reciclado en prensa.

La rememoración hoy tiende a ser marginal. Probablemente la ampliación de la galería de magnicidios, desde el asesinato de Jaime Pardo Leal, pasando por la nefasta campaña electoral de 1990, dejan al 9 de abril sin el mismo poder explicativo de hace 20 ó 30 años y sin la misma capacidad de interpelación a las generaciones actuales. Por otra parte, la indiferencia al discurso gaitanista y la imagen de Gaitán hoy puede responder, en forma especular, a la progresiva marginalidad del discurso de lo social en la política colombiana, especialmente a comienzos del nuevo milenio.

En suma, el análisis de las conmemoraciones y de la política de la memoria en general se constituye en una oportunidad para ampliar la interpretación de los conflictos políticos y sociales pasados y presentes, dándole cabida incluso a las voces no hegemónicas. La conmemoración nos dice mucho sobre las transformaciones de sentido del evento conmemorado, pero también, sobre las transformaciones del contexto que sirve de marco a la conmemoración.

(*)Estudiante de la Maestría en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales. (Iepri) de la Universidad Nacional de Colombia. Estas reflexiones están inspiradas en la investigación “Memorias en transición: conmemoraciones del 9 de abril” tesis de la Maestría en Estudios Políticos que el autor adelanta en el Iepri-UN.