Desde su vinculación como estudiante, Patiño nunca dejó de ser de la UN.

Foto: Archivo / Unimedios

 

 

El reformador

La Reforma Patiño no sólo es conocida y recordada por aquellos que hace 40 años hacían parte de la Universidad Nacional de Colombia como profesores o estudiantes, sino por todos aquellos que a lo largo de todos estos años han deseado acercarse a la historia de la universidad colombiana y a lo que la Reforma Patiño ha significado como guía y ejemplo de lo que debe ser una universidad.

VJ Romero,
Unimedios

Muchos no lo recuerdan, pero este hombre de 77 años (fue rector a los 37), de habla lenta, pero segura, es uno de los colombianos, más allá del hecho de que haya nacido en San Cristóbal, Venezuela, que más aportes le ha hecho a la educación en Colombia. Empezó a estudiar medicina en la Universidad Nacional de Colombia, pero a causa, o gracias al Bogotazo tuvo que salir y terminar sus estudios en la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale.

De regreso a Colombia, se vinculó –y él siente que nunca se ha desvinculado– a la Universidad Nacional. Y hasta ahí, esa sería la biografía de un profesor común y corriente. Pero para este médico las cosas no han sido así de simples. El gobierno conservador de Guillermo León Valencia y su ministro liberal e intelectual Pedro Gómez Valderrama lo llamaron a que –y esta no es solo una expresión de cliché– le sirviera al país en la Rectoría de la Universidad Nacional de Colombia. Él aceptó con conocimiento de causa. Sabía que la Universidad, al igual que el resto de la educación, estaba en su peor momento. Por lo menos hasta ese aciago 1964.

¿Cómo era?

“Se hallaba –nos cuenta él mismo– en una situación casi sin precedentes en toda su historia. Estaba muy mal de presupuesto. Los conflictos ocurrían permanentemente. Ni el gobierno ni la sociedad la respetaban. No se le daba el apoyo que requería: la Universidad se veía rezagada. Al mismo tiempo, las universidades privadas florecían y parecía que la Universidad Nacional estaba perdiendo su preponderancia como la institución número uno de educación superior del país”.

Y desde que llegó allí se puso a trabajar. “Entonces, lo primero fue el diagnóstico, que para mí era fácil, porque la conocía bien desde mi posición como profesor de la Facultad de Medicina. Luego, se elaboró un ambicioso Plan de Desarrollo. Fortalecí la oficina de planeación, que, aunque había sido creada por Mario Laserna durante su rectoría, prácticamente había desaparecido. La fortalecí con profesores de tiempo completo prestados de las facultades. Trabajábamos de siete de la mañana a siete de la noche. Así se hizo un plan de desarrollo basado en un liderazgo que ejercía la oficina de planeación con planteamientos muy objetivos y muy bien definidos, basados en estudios sólidos. Una doctrina y un programa: lograr la integración de la Universidad para convertirla en un efectivo instrumento de desarrollo social y económico para el país”.

Con prisa y sin pausa, adelantó la que ha dado en llamarse la Reforma Patiño. 34 facultades dispersas y pantagruélicas las transformó en 11. Con la participación y el apoyo de docentes y estudiantes, con el apoyo del gobierno, que incrementó tres veces el presupuesto de la Universidad, y con préstamos internacionales intentó hasta donde pudo modernizar el alma máter de los colombianos. Creó departamentos, construyó institutos, importó intelectuales (caso Marta Traba) y se rodeó o, mejor, lo rodearon los más duros intelectuales de la época (Camilo Torres Restrepo y Orlando Fals Borda, entre otros), que no sólo eran profesores, sino estudiantes. Y con todo ello y ellos reorientó los destinos de la Universidad Nacional.

Intentó adelantar 13 proyectos de ampliación físuca, nos cuenta, y de ellos sólo uno no se pudo cumplir: el del hospital universitario de la ciudad universitaria, que nunca tuvo mucha acogida. Todo lo demás, hoy puede verse: la Biblioteca Central; el edificio de la administración, que hoy ocupa la Facultad de Enfermería; el Auditorio, hoy llamado León de Greiff; los laboratorios, los museos, el Centro Estudiantil con una amplia cafetería y las residencias estudiantiles (hoy cerrados), todas esas fueron construcciones que se hicieron como parte de la reforma.

La reforma

Y con esa multitud, que de alguna manera podría acusarse como precursora del mayo francés, reencausó los destinos de la que hasta ahora es y seguirá siendo la más importante universidad de Colombia. “Yo creo –dice Patiño– que hice todo lo que pude por la Universidad. Yo jamás en mi vida le he dedicado tanto esfuerzo físico, intelectual y emocional a algo como la reforma. Fue una tarea titánica. Había unas fuerzas de oposición muy grandes. Los partidos políticos estaban polarizados. Yo tenía gran apoyo del partido liberal en sus diarios El Tiempo y El Espectador, y fuertes críticas en los periódicos conservadores. De manera que yo hice todo, le dediqué todo mi esfuerzo con el concurso de gente muy valiosa”.

Entre esos que recuerda se encontraban los miembros del Consejo Superior Estudiantil, que fueron los mismos que lo agasajaron cuando salió de la Rectoría. “Entre ellos, un personaje al que llamábamos el “negro” Castillo, que fue el estudiante de Derecho que dirigió la asonada contra el Presidente Lleras, y otros que hoy son personajes: Antonio Hernández Gamarra, el Contralor General de la República, era uno de los más vociferantes estudiantes de la época; José Fernando Isaza, Presidente de la CGA y de la Fundación Mazda y hoy Rector de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, y César Hoyos, Magistrado del Consejo de Estado, entre muchos otros.

La reforma se movió en distintas direcciones, pero tenía un norte claro. Y a pesar de todo, pude decirse que llegó al puerto hacia el que se dirigía. No obstante, cuando ya casi todo estaba hecho, este demiurgo, José Félix Patiño Restrepo, que era amigo muy cercano del nuevo Presidente de la República, Carlos Lleras Restrepo, se vio abocado a renunciar a la Rectoría.

Su salida

Pero lo que había que hacerse ya estaba hecho. El presidente Lleras le aceptó la renuncia y el rector se fue a otros ámbitos que lo reclamaban. Entre otros: la Dirección Ejecutiva de la Federación Panamericana de Asociaciones de Facultades de Medicina. Él mismo nos cuenta: “la personalidad del doctor Lleras era muy diferente a la del doctor Valencia. Su concepción de la que debería ser la actitud del gobierno frente a la Universidad era muy distinta. Yo sabía que íbamos a tener un problema. Me veía en la encrucijada de tener que elegir entre mi lealtad, por una parte, con el presidente Lleras, por quien profesé gran admiración, o mi lealtad completa con la reforma y con la política que había instaurado en la Universidad. Unos meses después de su posesión, fui a su despacho en la Presidencia y le manifesté: ‘doctor Lleras, yo creo que debo retirarme de la Universidad. Ya se cumplieron los propósitos que teníamos. La reforma va viento en popa, las construcciones se están iniciando’. Él me respondió: ‘¿pero cómo va dejarme solo? Ni más faltaba. Usted es el único que puede manejar esa institución’. A pesar de eso, comprendí que tarde o temprano íbamos a tener conflicto. Poco tiempo después se reunió en Colombia la Primera Conferencia Panamericana de Educación Médica. El presidente Lleras la inauguró. Allí me eligieron Director Ejecutivo de la Federación Panamericana de Facultades de Medicina, que es una institución muy importante del sector académico. Entonces regresé y pregunté al doctor Lleras: ‘¿qué hago?’ Él me dijo: ‘acepte, porque esa es una posición para Colombia muy importante. Así sí le acepto que se retire de la Universidad’. Y esa fue realmente la causa de mi retiro de la Universidad Nacional.

Lo visitamos en su oficina de la Universidad de los Andes y nos contó su historia. Está complacido de todo lo que ha hecho por la Universidad y sabe –porque de verdad lo sabe– que la reforma, como él, sigue viva y presente en la Universidad Nacional de Colombia.

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