Los rostros del secuestro son anónimos para la sociedad, pero muy reales y concretos para los familiares.

Foto: Archivo

 

 

Entre el horror y la esperanza

El proceso que viven los secuestrados y sus familiares durante el secuestro y después de la liberación es el objeto de este estudio. Aunque la persona sea devuelta a su hogar, dicen los investigadores, no por ello desaparecen las secuelas, que a veces llevan incluso a la disolución de la familia.

Carmen Elvira Navia,
Profesora Asociada, Departamento de Psicología, Universidad Nacional de Colombia

Con mucha frecuencia los hechos violentos y traumáticos que ocurren a nuestro alrededor son reportados en términos de cifras y estadísticas. Nos informan sobre el incremento o descenso en el número de asesinatos, de violaciones, secuestros o bajas en la guerra, pero con muy poca frecuencia escuchamos lo que significa padecerlos, sobre la experiencia de quienes los han vivido, las consecuencias biológicas, psicológicas y sociales que generaron y los recursos que, de manera creativa, desarrollan las víctimas para manejarlos y dar sentido a algo que pareciera no tenerlo.

Con el propósito de adentrarnos en el mundo de la víctima, desarrollamos, con 72 familias víctimas de secuestro extorsivo económico, una investigación orientada a determinar los efectos psicológicos individuales, las consecuencias sobre el medio familiar y el proceso que viven secuestrados y familiares durante el cautiverio y después de la liberación1. Para ello se tomaron 18 familias que habían padecido o estaban padeciendo el cautiverio de un ser querido y 54 más, divididas en tres grupos según los meses de liberación (2-4; 5-8 y 9-15). Participaron 213 personas, 55 ex secuestrados y 153 familiares de diversas regiones del país, con quienes se realizaron entrevistas familiares y pruebas psicológicas para determinar nivel de malestar psicológico, índices de estrés postraumático, mecanismos de afrontamiento y funcionamiento familiar.

En tanto que el secuestro es una experiencia inesperada que amenaza la integridad física del individuo, que desafía las formas habituales de manejo del entorno y genera una respuesta emocional de temor, desesperanza y horror, consideramos que cae en lo que se conoce como evento traumático. Sin embargo, en contraste con otros incidentes traumáticos que resultan puntuales y de corta duración, el secuestro es un suceso complejo en el que pudieron identificarse dos momentos: el cautiverio y la adaptación posterior, diferenciables no solo en términos fenomenológicos, sino en función de los índices de perturbación psicológica.

Durante el cautiverio, la persona retenida y su familia son expuestas al trauma crónico inflingido por un captor que busca someter a sus víctimas mediante el ejercicio de un control despótico sobre todos los aspectos de sus vidas. “Mediante amenazas y agresiones físicas o verbales que minan la dignidad humana, el secuestrador manifiesta su poder sobre la víctima y la hace sentir que no tiene autonomía. Al mismo tiempo, el captor se presenta como el salvador y la persona de quien se depende para subsistir o salvar al ser querido, pues busca que tanto la familia como el secuestrado se rindan a sus pies, por el temor y la necesidad de ellos. Es un tire y afloje entre agresiones orientadas a minar la dignidad e integridad personales y acercamientos “amistosos” en los que el captor se muestra como aliado” (Sometimiento y libertad). En este sentido, al tiempo que los secuestrados, las familias padecen lo que denominamos un “cautiverio virtual”. No hay barrotes y no han sido retenidas, pero viven encerradas por las amenazas de un captor que aparece y desaparece a lo largo de la negociación.

Como lo afirma una de las familiares, el cautiverio es un periodo caótico. Es como “estar en una montaña rusa”, un sube y baja constante entre la esperanza y el desespero. Y, evidentemente, en comparación con el periodo posterior a la liberación, los familiares que vivían el cautiverio de uno de sus seres queridos mostraron mayor frecuencia de trastorno de estrés postraumático (39,1% durante el cautiverio frente a 19,6% en familiares después de la liberación y 29,1% en ex secuestrados). Durante este convulsionado periodo las familias desarrollan múltiples estrategias para afrontar la situación: el apoyo espiritual es la más frecuente. Algunos ponen todo en manos de un ser superior y otros buscan fortaleza en él. No obstante, el mecanismo de afrontamiento que los datos indican como más útil para disminuir la perturbación psicológica es percibir la situación como un negocio que está en sus manos manejar y pensar en un desenlace positivo. A diferencia de otro tipo de secuestros, como el político, o de hechos traumáticos, como el abuso infantil, en los secuestros extorsivos económicos la subsistencia y liberación del secuestrado dependen de la capacidad de negociación de la familia, y aquellas que logran captar el papel que cumple la negociación en el desenlace de la situación, manejan mejor el evento y sus efectos traumáticos.

La liberación marca el final de este periodo y es vivida por familias y secuestrados como una “resurrección”. Una segunda oportunidad que les da la vida. Después de este feliz reencuentro, en el que todo sufrimiento parece haber cesado, las familias se ven abocadas a manejar los efectos de la experiencia. Algunas familias simplemente retoman la vida y continúan su existencia sin mayores cambios (43,40%) mientras que otras entran en crisis (56,60%) y es necesario resocializar al secuestrado, reconstruir las relaciones familiares, elaborar las pérdidas económicas generadas por el pago del rescate y tomar decisiones con respecto al futuro, en especial en lo referente a la seguridad de la familia. Aunque muchos logran superar el evento sin presencia de patología, los datos indican que 19,6 % de los familiares y 29,1 % de los ex secuestrados presentaban síndrome de estrés postraumático y más de la mitad, síntomas de depresión, ansiedad fóbica y obsesión. Igualmente, los datos no mostraron diferencias en los índices de patología entre los tres grupos posteriores a la liberación, lo que indica que las dificultades psicológicas, tanto en términos de estrés postraumático como de índices de malestar psicológico tienden a mantenerse. Por otro lado, los datos del estudio permiten concluir que, en la parte psicológica, el secuestro afecta por igual a secuestrados y familiares. No se encontraron diferencias significativas ni en el índice de estrés traumático (M = 26,62 para familiares y M = 29,53 para ex secuestrados) ni en el de malestar psicológico general (M = 61,54 para familiares y M = 62,30) para ex secuestrados).

Durante el cautiverio, a la vez que se fortalece la comunicación familiar, aumenta el conflicto. Aunque la familia se une para apoyarse en la espera y realizar la negociación, surgen discrepancias con respecto a la forma de manejar la ausencia del ser querido y a la negociación del rescate. Después de la liberación, muchas familias usan esa segunda oportunidad que les da la vida para “resarcir los errores del pasado” y construir relaciones familiares de mayor empatía y respeto (52,8%). No obstante, algunas se disuelven y otras continúan recriminándose por lo sucedido (18,2%).

La pérdida de la confianza hacia el entorno fue una de las consecuencias que se reportó con mayor frecuencia. Las familias se sienten vulnerables, temerosas de quienes los rodean, sin saber a ciencia cierta quién es enemigo y quién amigo, y abandonadas por un Estado que no ofrece apoyo ni garantías de seguridad y, además, en un país en el que reina la impunidad. En ese estado de soledad y desconfianza, la familia se convierte en el único medio confiable y seguro.

El trauma y la violencia nos confrontan con la impotencia del ser humano para predecir y manejar las situaciones del entorno y, en algunos casos, con la capacidad destructora del ser humano hacia otro ser humano. Tal vez por ello a veces quisiéramos, como quienes han sido víctimas, hacer caso omiso de estas situaciones y negar sus nefastas consecuencias. Anestesiarnos frente a estos hechos no los hará desaparecer. Aunque es necesario continuar trabajando por conocer las experiencias de las víctimas y desarrollar formas de intervención que les permitan manejar su sufrimiento, también resulta imprescindible luchar por erradicar estos hechos violentos, cuya prevención está en nuestras manos.

 


1 Proyecto auspiciado por la Fundación País Libre y Colciencias.

 

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