El sida y el paludismo condenan a África al doble de gastos en sanidad comparado con el resto de países en desarrollo.

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Sin saber como solucionar el problema del sida, no se puede pensar en un desarrollo sostenible en África.

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Sobre El regalo de morir: la tragedia del sida en África

El efecto del VIH/sida sobre el futuro de las nuevas generaciones en África. Una mirada polémica desde la teoría económica sugiere que, a pesar de las características inhumanitarias de la crisis, hay aspectos económicos que pueden considerarse “positivos”. Mirar el problema de África solo en términos de ingreso es equívoco, dice Javier Birchenall, economista de la Universidad de Chicago, pues se desconoce la pérdida emocional y de bienestar de la población, aspectos que no tienen precio.

Nelly Mendivelso,
Unimedios

¿Cuál es el futuro que le espera a África? Es la gran incertidumbre actual. Las cifras señalan un panorama desalentador: la mitad de la población africana, más de 300 millones de personas, vive en condiciones de extrema pobreza, con el equivalente, o menos, a un dólar de Estados Unidos al día. Esto, aunado al bajo nivel de educación y salud, entre otras carencias, parece poco ante el peor mal: el sida, símbolo de la exclusión africana de la globalización económica y al tiempo el gran desafío al que este continente tendrá que enfrentarse en las décadas venideras.

Expuesta tal realidad, nada fácil resulta aventurarse a descifrar lo que va a ocurrir en el futuro de este continente. Sin embargo, un polémico pronóstico, que para nada emplea los artilugios de la quiromancia, sugiere que los efectos positivos del sida serán mayores que los negativos. Sumas, restas y análisis de la teoría económica llevan a esta conclusión: entre menos personas sobrevivan a la enfermedad más recibirán ingresos.

Alwyn Young, economista de la Universidad de Chicago, lo vislumbra así en su estudio El regalo de morir: la tragedia del sida y el bienestar de las futuras generaciones. Pensando en África en términos solo de ingreso, pero no de bienestar, Young se vale de herramientas de la teoría económica, como el análisis de producción, para tratar de entender “qué ocurre con un recurso escaso, como la tierra o el capital, si se tiene que dividir entre más o menos personas”.

Young encuentra que el sida puede generar beneficios económicos a los sobrevivientes, tal como ocurrió en Inglaterra, durante la peste negra; en India, durante la epidemia de influenza, en 1917, y en Irlanda, durante la hambruna, entre otros casos en los que el ingreso de los sobrevivientes aumentó.

Los controvertidos análisis de Young han llamado la atención de expertos como Javier Birchenall, PhD. de la Universidad de Chicago y profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de California, Santa Bárbara, que analiza el problema de una manera distinta y considera que no es posible evaluar los efectos del sida si se deja de lado el hecho de que genera un gran sufrimiento y altas tasas de mortalidad: “si los costos se tienen en cuenta, el sida es una tragedia, porque el valor de las vidas perdidas por causa de la epidemia (aun en perspectivas económicas) es mucho mayor que los posibles ingresos que los sobrevivientes recibirán. Este punto es la principal razón por la que el análisis de Young carece de validez, si se quiere pensar en términos de política económica y de bienestar”.

Estos puntos de vista fueron planteados por Javier Birchenall durante el ciclo de conferencias Teoría de Crecimiento y Evolución Poblacional: Nuevos aportes desde la Macroeconomía Dinámica, adelantado por el Doctorado en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Birchenall exploró aspectos históricos del crecimiento económico de países ricos y los límites actuales del desarrollo en países pobres. Efectos como el del VIH/sida sobre el desarrollo de África permitieron retroceder décadas para ver, en un panorama complejo, por qué el desarrollo de este continente se estancó.

Las herencias de África

Terminada la segunda guerra mundial, la gran incertidumbre en el orden económico global era saber cuál continente de los que aun faltaban por desarrollarse (África, Asia y América Latina) seguía en turno a Europa y a Estados Unidos, que ya habían consolidado su riqueza. “El mayor optimismo estaba puesto en África, pues sus naciones acababan de ganar la independencia”, explica el congoleño Mbuyi Kabunda Badi, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Basilea, Suiza.

Para ese momento, 1960, África tenía el mismo nivel de PIB que el sureste asiático. Varios expertos, partiendo del análisis de los importantes recursos humanos y naturales de los que fue dotada África (tierras vacías, recursos minerales con un suelo y subsuelo riquísimos, el dinamismo de la población, con cerca del 50% menores de 15 años, y las inéditas capacidades de adaptación de los pueblos africanos), presagiaron el desarrollo para este continente y la catástrofe para Asia. Ambas regiones representaban respectivamente el 4% del comercio mundial. No obstante, África hoy representa el 1% y Asia, el 25%. Uno de cada dos africanos es pobre frente a uno de cada 25 asiáticos.

¿Qué ocurrió? Según el profesor Kabunda, “las herencias precoloniales y coloniales han influido en el desarrollo de ambas partes”. Al contrario de Asia, África no tiene una larga tradición de Estado (el fracaso del desarrollo ha sido siempre el fracaso de Estado, dice) y además sufrió la agresión esclavista.

En África las infraestructuras creadas por los colonizadores fueron hacia afuera (puertos, aeropuertos y carreteras vinculados con las minas y las plantaciones para la exportación), mientras que en Asia, la colonización creó infraestructuras de producción adaptadas a necesidades y demandas locales. Además, en el periodo poscolonial, los africanos desarrollaron sociedades de consumo (en África se consumen las riquezas y las élites exportan los recursos), mientras que los asiáticos producen las riquezas y las élites invierten en lo local, explica el profesor Kabunda Badi.

A la gestión y al mal gobierno se suma el hecho de que “en África, la falta de democracia y de respecto a los derechos humanos, así como las torpes y elitistas políticas de desarrollo, excluye la participación popular”. La realidad de África es que hoy es dependiente de la economía internacional. Y las consecuencias de esto son: una excesiva carga de deuda externa, con programas de ajuste estructural de las instituciones financieras internacionales, que ha añadido miseria a la austeridad y ha profundizado la pobreza de los pueblos del continente. Todo esto explica por qué África perdió los mercados que tenía asegurados en 1960 y la consiguiente pérdida de cualquier peso en la economía mundial.

Como si fuera poco, el sida aparece en África. El caso más severo del mundo: “de los 42 millones de seropositivos que existen, 30 millones están es este continente. Esto genera graves consecuencias económicas y sociales, como la media de expectativa de vida que, de 51 años en el 2000 pasó a 47 años en la actualidad. Otra consecuencia se relaciona con el desarrollo del continente a largo plazo, pues afecta negativamente justo a la población económicamente activa y en edad de procreación (15 a 49 años).

Escenarios posibles

Las propuestas para tratar el problema no se han hecho esperar. Se plantea un “big push” o una reforma a todos los sectores (salud pública, educación, agricultura, gobierno) a partir de un programa de inversión cuyo dinero provendría de ayuda humanitaria. A este los críticos no le auguran éxito debido a una posible desviación de fondos. También se prevé producir cambios en los esquemas de gobernabilidad e institucionalidad para lograr un manejo transparente de los dineros “que han de llegar”, si así fuere o, mejor, tratar de generar fondos en los mismos países, con lo que se podrían controlar los problemas de corrupción y de otra índoles que se derivan de la ayuda internacional.

En este contexto surge la valoración del profesor Young, que intenta revelar escenarios posibles y trata de entender cuál sería el futuro de las siguientes cinco generaciones en África, y el efecto del sida en esa proyección. Ante la certeza de estar frente a un problema económico y de bienestar, Young es contundente al decir: “si tan solo miráramos el asunto en términos de ingreso, se podría predecir que…”.

La teoría económica tiene un claro fundamento: si se incrementa el número de individuos, la riqueza por cada uno de ellos disminuye; al contrario, si se disminuye el número, la riqueza aumenta. Así, a pesar de todas las características negativas que AFPconlleva la crisis humanitaria que vive África, hay aspectos económicos que pueden considerarse “positivos” o, preferiblemente, menos perjudiciales.

Como el sida es una enfermedad asintomática y dura latente mucho tiempo, pueden transcurrir seis o siete años sin que la persona se entere del padecimiento. Por eso, las estimaciones de Young están hechas para los casos reportados y los resultados sugieren que los beneficios que se darían desde el punto de vista económico, por el incremento de la mortalidad, tan solo cobijarían a las dos generaciones siguientes. “Si el sida continúa como va, se contempla un efecto negativo para la tercera generación”, afirma Young.

¿Pero qué pasaría si el sida se elimina?

Si la enfermedad se elimina “van a darse pérdidas económicas para las dos primeras generaciones. Si la gente que está enferma no muere, se podrían experimentar problemas en el mercado laboral ante la mayor oferta, lo que conduciría a menores salarios o ingresos. Lo positivo se daría a partir de la tercera, cuarta y quinta generación, que al parecer experimentarían ganancias”, asegura el estudio de Young. Las explicaciones sugieren, por ejemplo, que debido al sida, hombres y mujeres van a tener un menor contacto sexual y, por consiguiente, en la mayoría de casos, se producirá una reducción en el número de hijos. Las mujeres africanas tienen en promedio entre 6 y 8 hijos: “si una familia reduce ese número a cuatro, las posibilidades de brindarles educación aumentarían, así como el que esos menores, cuando sean adultos, aspiren a mejores ingresos y, por ende, a un mejor bienestar. Ello tomaría un largo periodo” señala el análisis económico.

De presentarse una alta tasa de mortalidad a causa del virus, el análisis permite vislumbrar otro aspecto negativo. El número de hijos sin padre aumentaría. Y se sabe que los huérfanos tienen menores niveles de educación. Ello reduciría el bienestar de las familias africanas en el futuro. De hecho, de los 13 millones de niños huérfanos que ha dejado el sida en el mundo, 11 están en África.

Según Birchenall, en ningún escenario es posible igualar ingreso con bienestar y, por esa razón, mayor ingreso no representa una “mejora” en las futuras generaciones africanas. “Este es un caso en el que el análisis económico genera una respuesta no adecuada”, puntualizó.

Las estimaciones del “valor estadístico de la vida”, un concepto sobre el que Birchenall trabaja actualmente, sugieren que los individuos están dispuestos a pagar altas sumas de dinero por reducir la probabilidad de morir. “Cuando los padres toman medidas para asegurar que sus hijos no sufran accidentes o cuando los motociclistas deciden usar casco para protegerse están tomando decisiones que sugieren que el valor estadístico de la vida es muy elevado. Este tipo de estimaciones muestra que así como la gente está dispuesta a pagar por reducir el riesgo de contraer cáncer, las familias en África están dispuestas a pagar por reducir el riesgo del sida. Cuando la disponibilidad de pagar se toma en cuenta, el sida en África es una mala inversión social: genera beneficios para unos pocos que sobreviven, pero para la sociedad tiene costos que exceden los posibles beneficios”, enfatiza Birchenall.

Una pandemia que se extiende

Ahora bien, parte del problema del sida en África es determinar si es más costoso proveer información y condones, por ejemplo, con el fin de prevenir la enfermedad o si se deben entregar tratamientos. Hasta el momento es claro que la prevención es una alternativa, pero parece que no ha sido tan efectiva como se esperaba.

El profesor Kabunda explica que la expansión del sida en África se debe a la combinación de varios factores, que van desde la falta de información y prevención, hasta la fuerte movilidad masculina, pasando por la dependencia económica de la mujer (es frecuente la prostitución en las grandes carreteras que atraviesan el continente y alrededor de los campos de trabajadores de las minas y plantaciones).

A ello deben añadirse las relaciones sexuales intergeneracionales, hasta la proliferación de conflictos armados en donde los militares, cinco veces más contaminados que los civiles, utilizan la violación como arma de guerra.

En Sudáfrica y Botsuana, entre otros países, los hombres se están relacionando con mujeres vírgenes para, según declaran ellos mismos, curarse del virus del sida. Al mismo tiempo, las asociaciones locales de lucha contra el sida intentan informarles sobre la irracionalidad de esta práctica.

El no acceso de los africanos a los medicamentos antiretrovirales (ARV), concentrados en el Norte por evidentes razones comerciales, explica también la expansión de la pandemia. Eso, además de la defensa de las industrias o multinacionales farmacéuticas y de las grandes potencias de la propiedad intelectual y de las leyes comerciales”, agrega el profesor Kabunda. Sólo el 1% de los enfermos de sida (10% de adultos) tienen acceso a los medicamentos.

A estas posibles causas de la persistencia de la enfermedad, Maguemati Wabgou, profesor asociado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Colombia, les agrega el impacto del bajo nivel de educación de las poblaciones africanas, como elemento que refuerza su falta de información y de acceso a los recursos existentes. Según Maguemati, “se sabe que las multinacionales están explotando y exportando buena parte de estos recursos hacia el Norte y el retraso del sistema educativo tiene sus raíces en el Estado africano, representado por sus líderes, que han incumplido su deber con la educación”.

El resultado económico del estudio de Young, que se aparta de los juicios de valor sobre las culturas africanas, señala que el hecho de que en muchos casos se dé un beneficio se presenta porque la escasez de mano de obra hace el trabajo más costoso, y por eso suben los salarios. “Si se mira a través del caso inglés o indio, el africano sugiere también posibles beneficios”, dice Birchenall.

Según Maguemati Wabgou “el análisis de Young desborda los límites de la economía y roza con el cinismo intelectual. Además de que ignora los costos demográficos en términos de desarrollo humano del continente”.

Mientras los estudiosos intentan revelar escenarios posibles frente al futuro de África y análisis como el de Young generan todo tipo de reacciones, lo cierto es que allí la pobreza persiste más que en ninguna otra región del mundo. “Estoy seguro de que nadie podría pensar que el sida es la solución a este problema. Pero de lo que sí estoy convencido es de que sin saber cómo solucionar el problema del sida no se puede pensar en un desarrollo sostenible en África”, concluye Birchenall.

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